EXPO NOVIOS
Comenzó la cuenta regresiva.
Anoche Ritiqui se ha casado con la linda Naty.
Yo tengo un ramo de flores plásticas y blancas que la novia lanzó a través del mapa.
Un remolino en la garganta.
Un novio imaginario que se me cuela en sueños.
Una marcha nupcial en los oídos.
Y un abrazo atrapado dentro del cuerpo
para mi primer amigo que nos hace esta gracia.

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SERVICIO DE INUTILIDAD PÚBLICA
Se buscan con urgencia adolescentes entre 14 y 18 años (que aun estén en el colegio) pro activos, que hagan cosas, que bailen, canten, tengan una historia que contar, que tengan una familia extraña, que hayan enfrentado un momento heavy en sus vidas, que no estén de acuerdo con el sistema, que piensen algo especial sobre su futuro, el país, que opinen, escriban, tomen fotos, pinten el mono o rayen las paredes. Si usted es un adolescente y alguno de estos datos le calzan, sea buenito y escriba a pepitavalenzuela@gmail.com contándome en tres líneas que es lo especial que tiene que contar y con algun telefono donde pueda ubicarlo. Gran oportunidad gran para hacer cosas por la patria.
pd: disculpen la escasez de Grandes Exitos, pero estoy abducida por todo julio. Después les cuento sobre estos extraterrestres y esta nave espacial. Si alguien conoce a alguien de la Nasa, pídale ayuda por mí.

ABEJAS SIN POLEN
Los ojos de papá siempre miraron hacia adentro. Eran como dos pelotitas oscuras escondidas detrás de unas inmensas ojeras. Eran ojos perdidos, ojos bajo las llaves de unas pestañas tupidas y negras, ojos muertos. Pocas veces logré verlos. Papá era un hombre silencioso y tan avergonzado de sus ausencias que esquivaba la mirada. Nunca supe de qué color los tenía. Las contadas ocasiones en las que pude observarlos, se veían distintos. Algunas veces café, otras amarillos o tan negros como dos abismos sin fondo.
Hace poco y después de muchos años, cambiando la radio de mi auto me encontré con una canción que me removió la memoria. Aquellos ojos verdes, de mirada serena, dejaron en mi alma, intensa sed de amar. Me estacioné en la calle, subí el volumen y esa melodía me llevó hacia un tiempo que tenía olvidado. Era la misma sensación que tuve cuando le compré a mamá un perfume que me había encargado y la vendedora me roció un poco en la muñeca. Cuando llegué a casa con el regalo, le pregunté a mamá por qué ese olor me era familiar. “Porque lo usé mientras te daba pecho”, me contestó ella sin inmutarse.
Ahora sé que mamá tampoco tuvo suerte enfrentando esos ojos. Siempre me dijo que los míos verde musgo los había sacado de su madre, mi abuela, la orgullosa dueña de un par de esmeraldas brillantes que siempre opacaron a su única hija. Cuando era niña, mamá no podía entender la mala suerte de haber salido tan morena como el abuelo teniendo una madre que causaba estragos en el pueblo con esos ojos gélidos. “¿Esta es tu hija?, le preguntaban incrédulas sus amigas del Club. Mamá, asomaba detrás de sus faldas con el terror de la frase que seguía. “Ah, se nota que se parece el papá”. De poco le servía el consuelo de su padre cuando se acordaba de esos episodios: “Nosotros somos feos, pero gustadorcitos”. Por más que mi mamá se miraba al espejo, no se encontraba el gusto del que le hablaban.
Mi vieja estuvo varios años de su infancia convencida de que su madre veía todo azul. Por eso la perseguía por la casa de Tomé mostrándole manzanas, juguetes y vestidos para que ella le contestara de qué color los veía. Pero por más que la abuela le demostraba que distinguía perfectamente el rojo del verde, del morado y del amarillo, mamá pensaba que se trataba de una trampa. Y lo era. Por lo menos eso de que los azules de la abuela eran tan poderosos que traspasaron a través de dos generaciones hasta llegar a mí. Sólo que mamá no lo supo hasta dos años antes de que la abuela muriera.
Mi nana fue quien le dio la primera señal. “Dígale a su mamá que le cuente la verdad”, le susurró un día cuando se iba con una bolsa de sábanas sucias de vuelta a su casa. A mamá se le clavó esa duda como un alfiler en el pecho. Se dio media vuelta y vio a su madre con ochenta y un años y dos preinfartos a cuestas. De la rubia coqueta encaramada en tacones altísimos, sólo quedaban los ojos fieros y celestes. La abuela apenas caminaba, usaba unas pintoras floreadas y se le escapaban los recuerdos. Ahora sorbía una sopa ruidosamente mientras miraba la tele con unos anteojos gruesos. El último diagnóstico de los doctores había sido irrevocable: en cualquier minuto su corazón dejaría de latir y no había nada que hacer al respecto. Mientras la miraba terminar la sopa sin sal que tenía enfrente, mamá sintió en la guata que sí existía una verdad por revelar. Y que no podía dejar que la abuela se muriera sin habérsela confesado.
Siempre pensé que este trozo de texto sería el primer capítulo de mi novela. Hasta ahora, eso es un sueño, porque la historia que sigue es real y dolorosa y porque soy muy N.N en el mundo editorial. Pero ahí está mi esta hojita huacha, recordándome que tengo una misión pendiente, aunque me dé susto, no me la crea y me tire al suelo de vez en cuando. Comenten ustedes, qué les parece este inicio de caída libre.
Y lo otro: este viernes prometo un nuevo Grandes Exitos. Y de ahí en adelante, cada viernes. Pero comprendan que este aterrizaje ha sido raro, lleno de sorpresas y cosas por descubrir. Deme tiempo de digerir un poco.


OJOS DE PAPEL

Pato dobla papeles. Convierte un cuadrado de colores en un rinoceronte, un toro o un oso polar. Tiene su casa tapizada de animalitos de papel de distintos tamaños que lo escoltan como un ejército de lustre. Pato me escribó durante los dos años que escribí Grandes Exitos en la Zona. Todos los días, sagradamente. Sí, es freak, medio loco e incluso pasa por psico. Pero Pato me mandaba sus figuritas donde yo estaba incluida, con alguna frase que alguna vez tuve en la punta de lengua y que no pude vomitar. Y yo, metida en el diario, en un lugar frío y oscuro llamado Siberia, me conmovía. Y me preguntaba cómo tanta paciencia con alguien que no siempre le contestaba sus correos, como yo.
En el verano conocí a Pato. Claro, gracias a mamá que tiene una bocota enorme y jamás procesó el hecho de que yo escribía la columna con un seudónimo. Mamá tenía una amiga que hacía origami, una amiga que la invitó a una exposición de papeles vivos. Mamá fue y conoció a Pato, el anónimo amigo del cual yo le había hablado. Piola como ella sola, mamá abrió rauda su agenda. Le mostró una foto mía al Pato, le dio mi nombre de carné y le contó toda mi vida y obra. También, por supuesto, le dio mi teléfono y mi dirección. “Pase a tomar once, mijito”, le dijo mi vieja. Así es que un par de días después, apareció Pato en mi departamento. Con una carpeta llena de papeles lustre y un oso polar de papel que bauticé como Lucas. Con él, hice un pingüino y una garza. Mamá, también. Luego, me dejó un manual básico de origamis y se fue. Y cada día, como siempre, siguió mandándome sus mails con animalitos sabiondos que conocían frases orientales y lúcidas. Hasta que hace dos semanas, cuando terminó mi columna en la Zona, me mandó un regalo final. Uno que guardo en mi computador, a pantalla completa, para no olvidarme que alguna vez escribí a pedacitos la historia de mi vida.