Escribir desde el silencio

 

silencio

Hace poco recordé esto: cuando era niña una vez anduve a caballo a pelo bajo la luz de la luna. Me gustó. Me sentí libre. No me gustaba el campo, tampoco el silencio, menos la oscuridad. Pero en ese recuerdo estaba  una de las cosas que más me gustaban en la vida: la velocidad. Siempre me pensé así: veloz, ruidosa, en actividad constante. Yo era una ciudad, un alboroto, una fiesta.

Siento que he tenido dos vidas y ésta que tengo ahora, que empezó hace poco, añora todo lo que antes no añoré: silencio, calma, ternura. A veces me cuesta escribir por eso: estoy buscando una manera de hacerlo desde allí, desde un lugar de quietud que de tan quieto  sea curioso traducir en palabras. Las palabras han sido mi refugio, no quiero ofenderlas, las amo tanto que a cada una la pondría con letras hechas a mano por las paredes de mi casa, sobre todo las palabras Nostalgia, Libélula, Alborear. Solo quiero encontrar las palabras que puedan describir bien el silencio. Las palabras que puedan asemejarse un poco a una respiración. Estoy aprendiendo a vivir/escribir de otra manera. Porque sin vida no hay escritura y para mí, sin escritura tampoco hay vida. Es solo que hoy quiero que mis palabras salgan de este jardín que se ha ido formando dentro de mí. Que broten tan indómitas y perfectas como los dedales de oro y las hortensias que tengo alojados en el pecho. Que sean delicadas y precisas, como una bailarina. Vivir en paz. Escribir en paz. Busco los senderos que me llevan a casa.

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La viejita que amaba los libros

 

abuela

Una bibliotecaria me contó sobre la viejita que amaba los libros. Era una señora de melena corta, vestida siempre de un solo color – algunos días azul, otros verde, otros lila – que se aparecía por la biblioteca todos los martes muy temprano en la mañana. Exploraba las estanterías. Leía los nuevos títulos con la cabeza inclinada y los lentes colgando de la punta de la nariz. Y luego le preguntaba qué novedades tenía. Cada martes se llevaba el límite de los libros que se podían prestar a la semana: dos.

No importaba cuán extensos fueran los títulos que después metía en una bolsa azul y se llevaba a casa. Sin falta, a la semana siguiente, la viejita que amaba los libros aparecía temprano por la biblioteca y devolvía sus préstamos forrados en un plástico grueso. “Así no se echan a perder”, decía. “La gente no sabe cuidar los libros”. ¿Los había leído? Sí, los había leído todos, siempre, me contó la bibliotecaria. “Nadie leía como ella”, dijo. Después me dijo que la podía imaginar acurrucada en su cama de una plaza después de almuerzo, leyendo y leyendo, con los lentes en la punta de la nariz, vestida como siempre, de un solo color.

Y sí, la viejita que amaba los libros almorzaba y se recostaba a leer tardes enteras. Hablaba con los libros en voz alta. Sus preferidos eran las novelas históricas, pero nunca pudo con estos raros autores jóvenes. La viejita que amaba los libros anotaba todos los títulos que leía al año en un cuaderno. También poseía una linda biblioteca en una de las piezas de su departamento. Pero ya no compraba tanto: los libros eran caros y ellas leía de manera tan voraz que prefería gastar la platita de su pensión en protegerlos, llevarlos a forrar en un local del centro donde ya la conocían de memoria. Apenas se podía el peso de los libros. Y tenía los dedos enroscados por la artrosis. Pero allá partía la viejita que amaba los libros caminando por el centro a forrar sus libros amados.

Luego se detenía en un quiosco a comprar Sudokus (de los difíciles, con pléyades), se compraba unas gomitas o un chocolate Orly (ahora ya le daba lata comer comida de verdad y cocinar), un paquete de cigarrillos (fumaba escondida por la ventana aunque a sus conocidos les había dicho que dejó de fumar el 2013) y volvía a su departamento para embarcarse en una nueva lectura. En secreto, la viejita que amaba los libros era un poco garabatera (bastante, en realidad), veía Pasapalabras aunque odiaba a Julián Efelbein (razón por la cual no estaba dispuesta a inscribirse como participante en el programa, aunque de seguro ganaría todo el pozo porque todo lo contestaba bien) y creía en todo lo que decían los noticiarios, especialmente en los temas de seguridad ciudadana. Por eso la viejita que amaba los libros no usaba redcompra, salía sin documentos y prefería esa bolsa azul antes que cualquier cartera. ¿Cómo sabes tanto de ella?, me preguntó la bibliotecaria sorprendida. Porque la viejita que amaba los libros es mi mamá, le contesté yo.

Lo que murmuran las plantas

palntas

Encontré un Café al que voy a escribir algunos días de la semana. Es un Café escondido, tiene una ventanita interna llena de maceteros con plantas verdes. Las plantas me cuentan historias. Murmuran cuentos secretos que yo escucho con atención. Me gusta particularmente una que tiene las hojas como campanas. Son instrumentos camuflados sobre la tierra de hojas. Fui al Café hoy y trabajé poco. En vez de eso me dediqué a escribirle una carta a alguien que quise mucho. Escribí de corrido y se me cayeron algunas lágrimas. Pero fue emoción, no tristeza. Menos mal que nadie subió al segundo piso donde estaba escondida escribiendo y llorando sin servilletas a la vista.

Mandé mi carta casi por error, soy muy torpe con esto de las nuevas tecnologías. La mandé y a los segundos supe por internet que Javiera Suárez había partido. Me dio mucha tristeza al principio. Después pensé que estaba de regreso en casa y me alegré porque alcanzó a cumplir su sueño de ser madre y conoció el amor incondicional. También recordé la clave que se llevó a la tristeza: que la gente que amamos en realidad nunca se va, así como la persona a quien le había escrito esa carta. Yo sueño con quienes ya no están. En sueños me visitan y me cuentan de ellos. Dormimos. A veces estos sueños vienen a despertarnos, a recordarnos que este viaje es solo un retorno. Somos amor, nos olvidamos, volvemos al origen. De eso más o menos se trata la vida. Era tan simple y lo descubrí hace tan poco. La vida se encarga de ponernos distractores y voladores de luces. Desvíos y espejismos. Después tenemos que soplar la neblina como si fuera la vela de cumpleaños más poderosa de todas. Soplar con fuerza para despejar la visión. Silenciar el mundo externo, afinar el oído y escuchar de nuevo lo que murmuran las plantas que parecen campanas sobre la tierra de hojas.

Andar lento

lento

Hoy vi en el escaparate de una librería el nuevo libro de Patricia May. Se llama Ando Lento. Quise comprarlo y entré a verlo a la librería. Lo estaba hojeando cuando vi a mi amiga Aulis buscándome en la galería. Salí sin verlo bien. Con mi amiga Aulis compartimos una experiencia única, que pocas personas entienden. Por eso cuando nuestros ojos verdes se encuentran, se dicen todas esas verdades que de tan grandes, son las más sencillas. No fue casualidad: Aulis me habló de una entrevista que le habían hecho a Patricia May en la radio por su libro Ando Lento. Me reí. Le dije que lo había estado mirando en la librería recién. Ella prometió enviarme el audio de la entrevista. Le dije a Aulis que querían publicar mi libro de regreso a casa pero que no estaba segura de hacerlo. No quiero escribir más de mí, le dije. Pero no es sobre ti si ayudas a otras personas, me respondió ella. Por la tarde voy al parque y edito los textos de otras mujeres para otro libro. Me sorprendo porque el dolor emocional y los laberintos mentales son uno de los temas que más se repiten. No me acordaba de eso. Tengo que escribir el libro. Publicarlo. Salgo al aire libre. Aulis me mandó el audio de la entrevista. “Porque ando lenta y despierta, te veo y reconozco el alma, tu luz, detrás de tus disfraces”. Y describe cómo andar lento le permite conectarse con el entorno que la rodea, con esa felicidad de estar presente y saber que allí todo es perfecto.  Atravieso el parque, la noche está fría y perfecta. Escribo en una micro, en un cuaderno. Escucho a Patricia May en mis audífonos. Termino de escribir esto en medio del bandejón central de una gran avenida de la ciudad que me vio nacer. Estoy detenida en el tiempo. Ando lento. Y lo amo.

Sacarse la armadura

guerrera

Mi amiga es fuerte y aguerrida. Mi amiga me dice: “Ay no llorís, por fa”, cuando yo me emociono como las mensas y se me llenan los ojos de lágrimas. Mi amiga siempre está contenta y pareciera que nada la derrotara. Mi amiga es intrépida, atrevida y nunca me ha dicho que le tiene miedo a algo. Hace poco, mi amiga fuerte me mandó este texto. Y yo recordé que ya somos muchas las guerreras que de a poco nos vamos sacando la armadura. Y que eso es lo más valiente que una guerrera puede hacer: quedar desnuda.

Este es el texto de mi amiga:

“Una vez me encerré. Fue hace muchos años y aunque no recuerdo el momento o situación exacta, no me permití sentir más dolor. No estaba triste, no lloraba, no tenía más pena. Así fue y me resultó. Agradezco ese momento porque me permitió pasar a través de situaciones muy intensas sin desmoronarme. Fue así como me convertí en una buena amiga, una buena profesional, una buena hermana, una buena tía y una buena hija. Puse una barrera entre la tristeza y yo. No fui más vulnerable y nunca dejé que nadie viera lo que realmente me pasaba, ni siquiera yo. Lo hice para protegerme. Eran mis sentimientos o yo. Elegí lo segundo y así me salvé. Me mantuve cobijada en la razón y, sobre todo, en el humor. Ese fue mi gran compañero. Me pude reír de mi desgracia, salí adelante a punta de ironía y humor negro. Era una pesimista muy optimista, una porrista de mi vida. No había nadie que lo hiciera por mi, nadie en quien depositar el dolor o por lo menos así lo creía. Nunca me ha gustado molestar y desde niña aprendí a ser emocionalmente autónoma. Así fue como yo misma me hice cargo de mí. También de unos cuantos más: mi energía podía cargar con problemas ajenos, podía aconsejar sabiamente a otros y lo disfrutaba.

Hoy voy camino a desprenderme de los últimos botones de ese chaleco antibalas en que se trasformó mi alma. Estoy recorriendo esa ruta y me siento bien. Dejo atrás los muros y me libero de mi misma con la misma alegría de siempre, pero ahora sabiendo que soy fuerte, que alguna vez tuve que protegerme y lo logré. Me siento orgullosa porque sobreviví. No ha sido fácil y sé que este camino va a estar lleno de emociones, de esas que no me gustan, pero que ahora estoy dispuesta a enfrentar. Así ahora me permito llorar, decir lo que me pasa, hablar sin miedo, enfrentar mis penas y, con eso, querer sin límites. Me quiero y me conozco y estoy lista para dejar que otros lo hagan, que otros ahora me mimen. Me da miedo, mucho miedo, porque eso me hace vulnerable. La exposición nunca ha sido lo mío, pero estoy dispuesta a enfrentar ese miedo a la cara y enseñarle quien manda, como hace muchos años lo obligué a esconderse”.

Éste es mi cuerpo

Mi cuerpo vivió por años en silencio. Vivió quieto, tranquilo, sin molestarme ni hacer ruido, calladito y operativo en sus rincones, como una secretaria vieja y eficiente que pasa desapercibida en una oficina ochentera. Mi cuerpo estuvo mudo casi 30 años. Y quizás fue así porque durante ese tiempo tan mío no era. Yo no lo escuchaba y él intentaba no darme problemas extra. Mi cuerpo se las arreglaba por su cuenta. Cuando mi cuerpo no era mío o yo aún no había llegado a habitarlo, era un cuerpo grande, inmenso, carnoso, fuerte, atlético, ágil y rápido. Era un todoterreno que corría, comía de todo, resistía la falta de sueño, las jornadas extensas, los deportes extremos, el cigarrillo y el café de mis interminables horas de escritura, mis antojos de pizza o galletas con quesito crema o los sushis del peruano que estaba debajo de mi departamento. Ese cuerpo, era el envase de una vikinga. De la vikinga rubia, que tenía una mata de pelo gruesa e infinita, las mejillas coloradas y la cara redondita y rebosante, de la vikinga de muslos gorditos que se rozaban bajo el entrepierna y  de la guatita de Coné que permanecía impertérrita sobre el ombligo.

Cuando mi cuerpo no era mío, se alimentaba de todo y no fallaba nunca. O casi nunca, si no fuera por 1. La vez que me dio una sinusitis espantosa que no me dejaba leer, pensar, estudiar, que me hacía sentir una radio sorround permanente entre los ojos, palpitando en mis sienes, pero que en definitiva no me hizo dejar de fumar. (Cuando me operaron y me sacaron los cornetes nasales, fumé con las narices tapadas de gasa, parapetada en la ventana de mi pieza hospitalaria). 2. La lesión que me dobló en dos de miedo, que me hizo preguntarme si podría ser madre algún día, si había una madre en mí, si no sería eso la señal de todo el dolor previo que enfrentaron las mujeres de mi familia, si no era la marca indeleble de una estirpe que luchó en contra del abandono y el desamor y que luego, años después, confirmé que claro que lo era cuando una bruja sabia me lo dijo: “Un karma de tu ancestralidad femenina”. Y  3. La vez que volando en la fiebre de la influenza, con los huesos adoloridos y arropada bajo tres frazadas, tuve que escribir la entrevista de un periodista estrella que para mí no tenía mucho de lo uno ni de lo otro, pero que escribía contra el tiempo, contra el delirio del virus. Cuando apreté el botón enviar del mail, tuvieron que llevarme hecha un bulto a otra casa donde pasé semanas recuperándome, pero a medio morir saltando.

Luego, volví a ser la vikinga de siempre.

Eso, hasta que poquito antes de cumplir los 30, empezó a ocurrir la mutación. Y  empezó con la adolescencia. Estaba de vacaciones en Cuba, a mis 29, cuando la vi: una espinilla muy grande al costado de una ceja. Cuando regresé a Chile, tenía un par más. Semanas más tarde, parecía una chiquilla de 13 años que odia mirarse en el espejo: mi cara era un sarpullido y yo, vanidosa, partí al doctor. Anticonceptivos me dio el médico. Ellos taparon mi segunda pubertad hasta que aún con 30 años, desperté. Y mi alma, que dormía a pierna suelta, que estaba en una especie de coma, volvió de un sopetón a refugiarse en mi cuerpo y ahí se quedó, parapetada en su origen, en silencio y respirando, asustada, cansada de vagar por rincones que nunca le habían correspondido, reconectándose con sus raíces. Entonces, solo entonces, empecé a habitar mi cuerpo o mi cuerpo volvió a ser mío. Entonces, y solo entonces, mi cuerpo empezó a hablar por todos esos años de silencio. Y empezó a ajustarse a quien era verdaderamente yo, sin los escudos de vikinga, sin la armadura que necesité durante todo el tiempo anterior para subsistir y salir relativamente ilesa de las circunstancias. Mi cuerpo comenzó a despojarse del traje de guerrera de a poco y entonces, solo entonces, comencé a mutar.

Empecé a perder pelo. Se me caía el pelo como quien se deshoja en otoño. Por meses, temporadas, por mucho tiempo. Pelo en todos lados, pelo a pesar de las cremas, las vitaminas, los doctores, las pastillas de melissa y el aloe vera. Empecé a perder uñas. Se me deshojaban las uñas como quien iba botando capas, una por una, lentamente, sin retorno, de manera irremediable, hiciera lo que yo hiciera, se me deshojaban las uñas.  No me crecían y las que crecían, se descascaraban. Seguí perdiendo peso. En la balanza todo parecía estar bien, pero lo cierto es que frente al espejo y la mirada atónita de quienes me rodeaban, yo adelgazaba y adelgazaba comiendo exactamente lo mismo de siempre. Pero como ser delgada en este mundo es muy bien visto, todos estaban muy contentos por mí, menos yo. Yo era una vikinga aterrorizada de estar transformándose en una bailarina. Tenía pavor de presenciar una transformación que no tenía explicaciones ni diagnósticos a pesar de los cientos de exámenes y especialistas. Y yo necesitaba a mi vikinga de vuelta. ¿Y si no eres una vikinga? ¿Y si ése era solo un disfraz que escondía a la verdadera Pepa, más flaquita, más vulnerable, más frágil? ¿Yo vulnerable? Yo no era vulnerable. O eso era lo que creía. Yo me miraba en el espejo y no me reconocía.

Y de tanto no reconocerme, se me revolvió el estómago, el hogar, el centro. Y de un día para otro empecé a inflarme, inflarme mucho, inflarme tanto que creía que un día saldría volando por la ventana y flotaría por Santiago hasta la galaxia sideral. La bailarina flotaba y yo solo quería a mi vikinga. Dejé mi casa. Llegué a una casa nueva. Cuando puse todo en orden en mi casa nueva, entonces  la mutación apretó el acelerador. Mi cuerpo, cuando ya supo que estábamos muy a salvo, literalmente se desplomó. De un día para otro, empezó a rechazar varios alimentos que antes si toleraba. Le pateaban las harinas blancas, las leches, las galletas, los procesados, casi todo. ¡No quiero comer de eso!, me decía y me amenazaba con llevarme volando por los cielos si seguía alimentándome porfiadamente. De un día para otro, tampoco quiso avanzar más. Mientras corría, me llegó un dolor en la pierna izquierda y entonces todo cambió. Quedé coja. Coja por muchos meses. Dolor, lentitud obligada durante una eternidad, rehabilitación. Mientras, seguía perdiendo peso. Seguía deshojándome. Y ahora no podía correr. Caminaba con dificultad. Comía como pajarito. Los exámenes solo arrojaban pistas, no certezas. Nada grave, dijeron los médicos. Pero mi cuerpo, que ahora era mío, que sabía que yo ya había regresado a habitarlo, estaba en la UTI, descansando por todo el tiempo que no me dio problemas y se las arregló por su cuenta. A esas alturas, yo sentía que me estaba muriendo lentamente sin poder hacer nada para revertirlo.

Odié mi cuerpo, pero ya estaba dentro de él y no había posibilidad de retorno. ¿Sobrevivimos para venir a morirte ahora?, le decía. Lo odiaba con ganas. Pero una vez que una vuelve al origen es imposible regresar a la vida en coma. Odié eso también. Odié mi cuerpo, haber despertado, haber emprendido un viaje difícil, bonito, intenso que por si fuera poco, me había dejado magulladuras dolorosas en el envase. Odié mi nueva casa pensando que era la yeta de mi cuerpo aunque no tenía ni pito que tocar. Estuve en resistencia durante un tiempo. Eres mi cuerpo, pero no me gustas. Eres mío, pero estoy enojada contigo por este desplome. Él seguía durmiendo y yo lloraba porque al parecer, la vikinga todoterreno había quedado para siempre atrás.

Hasta que una se aburre hasta de sus quejidos. Porque no te queda otra que habitar tu cuerpo, cada día, cada minuto,  e intentar cuidarlo esté como esté. No hay posibilidad de desdoblamiento. Entonces de a poco, empecé a comer solo lo que él me aceptaba. Empecé a comprarle cosas que no le caían mal. Me detuve y dejé de caminar más de la cuenta. Pedí ayuda cuando me sentía incapaz. Entré a yoga para hacerme un cariño y adiestrar a mi mente saturada para que se llevara mejor con este envase nuevo que había aparecido. En las noches, me metía a la tina para darle alivio a mi pierna. Y mis articulaciones que empezaron a manifestarse, inflarse después de caminatas intensas, a reclamar descanso, como si fuera una abuelita. A veces seguía llorando, en resistencia, pero de a poquito el agua que es muy sabia, fue arrastrando esa rabia e impotencia por la cañería. Entonces mi cuerpo despertó por unos segundos de su siesta y me mostró con claridad lo que sucedía: esto no era un boicot. No era un chiste de mal gusto de su parte, mucho menos una venganza. Este era verdaderamente él: un cuerpo fue fuerte mientras duró la guerra, pero que ahora estaba cansado. Un cuerpo que ahora podía mostrar una fragilidad nunca antes pudo mostrarse porque no tuvimos tregua. Este era mi cuerpo, sin la armadura. Este era mi cuerpo, cansado. Este era mi cuerpo, en tregua. Este era mi cuerpo, sin estar de turno en la urgencia. Este era mi cuerpo, sin la alerta permanente de amenaza. Este era mi cuerpo desnudo que se mostraba tal y como era frente a mí. Este era mi cuerpo pidiéndome que ahora me hiciera cargo de él porque ya no podía hacerlo por su cuenta. Era mi cuerpo que volvía a mí, para que funcionáramos como un todo.

Eso hice entonces: tomé a mi cuerpo en brazos, a este nuevo cuerpo frágil que me costó tanto aceptar, reconocer como mío, y empecé a cuidarlo escuchando solo la voz de mi intuición. Todavía no tengo un diagnóstico ni una causa médica aparente para lo que me sucede, lo que sigue sucediendo y lo que ya no sé si se detendrá. Sigo sin poder comer de todo y no he podido volver a correr ni hacer deportes fuertes, como los practicaba antes. Solo puedo estar en yoga porque mi cuerpo, aún me duele. He visto todo tipo de médicos y sanadores. Algunas cosas me han ayudado un poquito, pero nada ha sido determinante hasta ahora. Ahora la vikinga es un recuerdo lejano y cuando me miro en el espejo veo a otra persona. A una bailarina deshojada. A una mujer más frágil que tuvo que aprender a ir más lento, a vivir a otro ritmo, a cuidarse, a abstenerse, a decir que no, a cocinarse sus propias recetas. Ahora cuando me miro en el espejo veo un cuerpo nuevo, sin disfraces ni escudos. Un cuerpo debilitado que duele, reclama, un cuerpo delicado que ya no me acompaña a todas, pero que espero me acompañe en la aventura que viene y que soñé durante tantos años. Pero aprendí a hacerme cargo de él. Y de a poco, a quererlo. A respetarlo tal y como es. A aceptar que no es el mismo, que quizás nunca lo será, que tiene sus fallas, pero así debo amarlo y acunarlo lo que más pueda. Porque sea como sea, esté como esté, éste es mi cuerpo. Mi cuerpo que regresó de la guerra con múltiples heridas. Mi cuerpo que a pesar de eso, no me abandonó. Y enclenque y todo, está aquí, conmigo, por primera vez, todo en uno.

 

Castigo para los acosadores

PIROPO

Pasé casi toda mi vida dándole vuelta a este asunto. Estuve más de 30 años preguntándome por qué en este país era tan normal, tan permitido, tan común, tan natural, que los hombres se sintieran con el derecho de mirar, acosar, silbar, mijitear, insultar, salivar, tocar, apretar a las mujeres en la calle, entre muchas de otras cosas que me parecían atroces y que ellos se sentían con derecho a hacer. Estuve mucho tiempo diciendo que lo que vivíamos las mujeres en la vía pública en Chile era violento, asqueroso, sancionable, que nosotras no nos merecíamos ese trato indigno, humillante, aterrador. Muchas veces me contestaron que era una tonta grave, que eso, toda esa violencia sexual, todo ese ninguneo hacia lo femenino, esa agresión, ese machismo sin restricciones, era parte de nuestra cultura, es más, era una parte graciosa, picarona, chistosita, propia de nuestra simpatiquísima identidad. A mí nunca me divirtió.

Muchas veces las propias mujeres me dijeron que ellas “necesitaban” de los piropos para levantar su autoestima: solas delataban cuán frágil era ese amor propio que necesitaba de la violencia de hombres anónimos para crecer. Muchas veces me dijeron que había que tomárselo con humor e incluso, que me tenía que sentir halagada. Bonito: yo tenía que estar agradecida del viejo de terno que me agarró el poto en el Paseo Ahumada, también del degenerado que me tocó la vagina mientras yo bajaba con jumper del metro a los 10 años, de los cientos de tipejos que me salivaron al oído, de los puercos que me dijeron que me chuparían cositas de mi cuerpo, de los caballeros que podrían haber sido mis bisabuelos que me miraron como si yo fuera desnuda por la calle, de los obreros de la construcción que me hicieron sentir que no era una persona sino un bistec, de los intentos de hombres que intentaron puntearme en el metro o en la micro, de los jardineros, guardias, vagos, ejecutivos, jubilados, estudiantes, ciclistas y una larga lista que sin conocerme, se sintieron con el derecho de fisgonearme, decirme cuán apetecible les parecía a sus ojos en el lenguaje que se les dio la gana, acercarse, levantar las cejas, poner caras triple x sin que les diera ni el mínimo pie para ello, de invadir mi metro cuadrado, de insultarme, de agredirme, de hacerme sentir vulnerable, vulnerable, aterrada y claro, malagradecida porque yo no sentía ni la más mínima cuota de agradecimiento por eso que me hicieron.

Pasé muchos años de mi vida preguntándome por qué era yo la que supuestamente estaba mal si lo sensato era lo contrario. Por qué ellos tenían el derecho a aplastarnos día a día, minuto a minuto, en total impunidad, incluso con la licencia de que el mundo lo encontrara gracioso y cultural. Hasta que ahora, a mis 34 años, cuando por fin veo que no era la única. Que muchas sentimos lo mismo, por años, décadas, quizás por siglos. Y ahora, después de tantas vueltas, de tantas excusas para justificar lo injustificable, al fin va el proyecto de ley para sancionar el acoso callejero al congreso. Me saco el sombrero con lo que han hecho las chicas del Observatorio Contra el Acoso Callejero y desde ya les digo: acá estoy para lo que necesiten, cuenten conmigo para lo que quieran, al igual que todas las organizaciones que trabajan en pos de los derechos de género. Aquí estoy, dispuesta y feliz de trabajar por las mujeres. Me saco el sombrero porque ellas, finalmente, equilibraron las cosas, las pusieron en perspectiva y visibilizaron un tema que hasta ahora, muchos se niegan a considerar un problema. El machismo, que de tan machista, se niega a agachar el moño. He visto, leído y escuchado cómo han peleado con argumentos y sin violencia contra cada tontera que se esgrime sobre el tema. He visto cómo han explicado, con peras y manzanas, a animadores retrógrados que encuentran que igual el piropo debe mantenerse como parte del emblema nacional, por qué el acoso y el piropeo callejero es violencia contra la mujer. He mirado cómo contestan a una sarta de brutalidades con calma, con solidez, datos, estudios y cifras por qué esto no puede continuar, por qué ya era hora de que entrara un proyecto de ley que regulara y sancionara esta violencia antes permitida de una vez por todas.

Y claro, me he escandalizado con lo que mucha gente aún piensa al respecto porque la verdad, no sé si yo tengo la paciencia zen, la dulzura, la cabeza fría para sostener un diálogo explicativo con gente pegada en el siglo 15 que justifica la agresión. Yo simplemente me escandalizo con los que a estas alturas del partido siguen creyendo que es parte de nuestra idiosincrasia: puede serlo, pero es una parte cavernícola, violenta y vergonzosa de nuestra idiosincrasia. Igual que como antes el patrón de fundo golpeaba a sus empleados  o los profesores les pegaban con varillas a los alumnos hasta hacerlos sangrar o los curas eran intocables aunque fueran pedófilos puertas adentro: era parte de nuestra idiosincrasia pero era una parte tan mala que tuvimos que regularlas legalmente para que cambiaran y nos hicieran evolucionar. Yo me escandalizo también con las mujeres que siguen defendiendo el piropo porque les hace “bien” a su pequeño ego. Un ego no se construye por lo que otros digan de ti, sino por lo que tú ves y valoras de ti misma. Si necesitas de lo que piensa un tipo cualquiera de la calle para sentirte mejor, necesitas de ayuda profesional. Me escandalizo con los que porfiadamente intentan establecer clases de piropos y acosos: los permitidos y los no permitidos. Los feos y los simpáticos. ¿Por qué aunque sea un “Uy, qué linda”, yo, mujer, me lo tengo que bancar, lo tengo que escuchar, de la boca de un hombre que no conozco, en la calle, cuando voy a mi trabajo, quizás pensando en mil cosas, quizás cuando estoy en problemas o sufriendo o preocupada de otros temas? ¿Por qué yo tengo que aceptarlo porque es clasificación “piropo inocente”? ¿Yo voy por la calle lanzándole adjetivos gratuitos a la gente que no conozco? ¿Puedo entonces ir desde ahora caminando y diciendo: Hola, guatón, hola señora arrugada, cómo está miss botox, cómo le va paticorto, qué tal pelado enano? ¿No? ¿Por qué no si yo tengo que escuchar al menos 3, 4 veces al día: uy, qué rica, qué linda en este país (o uy, qué pesada, fea de mierda cuando contesto y me enojo frente al acoso)?  ¿Y cuando deje de ser bella entonces me dirán: uy, qué feíta, qué vieja? Yo me escandalizo también con esa gente que construye falacias y encuentra pésimo que se legisle sobre el piropo cuando aún hay otros temas de vital importancia sobre los que no hemos hablado: aborto, abuso de isapres y afps y toda la larga lista de pendientes que tenemos. Entonces no sancionemos los lanzazos porque hay niños que mueren por balas locas en las poblaciones. Entonces dejemos que a las mujeres las violen porque es más urgente vigilar que no nos maten. Así no se piensa, pues. Una cosa no quita la otra. Y sí, sería ideal avanzar también en otros temas, pero acá no importa el orden. Lo primordial es avanzar. Avanzar en todos los temas que importan y este tema es importante aunque intenten bajarle el perfil. Nos importa a las mujeres y debiera importarles a todos los hombres por sus madres, esposas, hijas, hermanas. Importa por el futuro de las niñas, importa porque es un tipo de violencia, importa porque habla del respeto por los derechos humanos, importa porque no es posible que mientras hablamos de paridad en el poder, miles de chicas y mujeres en un día son toqueteadas en el transporte público, importa porque nos hará más respetuosos, desarrollados e iguales en nuestros derechos y deberes, importa para quienes quieran un país mejor donde sus hijas, nietas y bisnietas no sean violentadas a diario. Quienes digan que es una tonterita o esto tiene última prioridad en la lista es porque 1. Es acosador, 2. No respeta a las mujeres y no le importa no respetarnos, 3. Nunca ha vivido la experiencia (muchos hombres que creen que esto pasó una vez en la vida de cada una y que exageramos: bueno, no creernos es subestimarnos y faltarnos el respeto de nuevo), 4. No entiende nada de nada nomás.

Yo me escandalizo porque aún el machismo es tan grande y masivo que sale de la boca de hombres y mujeres que no se dan cuenta de lo que dicen, incluso de muchas mujeres instruidas, que se consideran feministas. La cultura del no respeto a la mujer está tan arraigada  en nuestra sangre que confunde el discurso, atenúa asuntos graves, intenta emparejar un tema que no tiene justificación alguna. Hay cosas que no tienen matices y este es uno de ellos. También pasa en países del primer mundo, me dijo una amiga. Sí, pasa. Pero pasa menos. Infinitamente menos. Y que pase menos tampoco significa que esa dosis sea aceptable. Cualquier dosis es mala. Cualquier dosis de agresión gratuita a una mujer por el hecho de ser mujer es mala. Y ya era hora de que de a poco, a tropezones, peleando con los retrógrados de siempre, derribando las paredes porfiadas, duras, dogmáticas y dictatoriales del machismo chileno, podamos decirlo e instaurarlo como la gran realidad que es: el acoso callejero es violencia contra la mujer y merece sanciones. No se hace, caballero. Es más que feo, es y será desde ahora, un delito. Es una vergüenza, sí, pero también, espero que pronto sea, una falta legal y punible. Las mujeres de este país lo merecemos. Por todos los años que aguantamos sin poder hacer nada al respecto. Por toda la violencia que hemos experimentado en carne propia. Porque ya era hora de decir basta. Porque merecemos el mismo respeto y paz que cualquier otro ser humano.

Gringos rosados

GRINGO

Muchos gringos rosados arriba de las reposeras. Muchos gringos redondos y rosados tostándose al sol. Allá lejos está el mar turquesa y más cerca, las piscinas gigantescas, las piñas coladas y los mojitos y los gringos rosados que invaden todo. El animador morenísimo y bronceado que es un poco más bonito que los otros mexicanos y que se pasea, arrancando de un acoso imaginario. Una pareja de japoneses mayores que fueron a ver el mar, las piscinas y decidieron sentarse a leer en sus ipads en la terraza de la pieza con vista a las palmeras con cocos (y unos bichos que parecen guarenes pero bien peinados) Un matrimonio canadiense que están muy morenos y tienen los dientes muy blancos y sus cuerpos tonificados a pesar de sus tres hijos que están congelándose en su país, cerca de unos lagos. Tres parejas de novios de Chicago que se lanzan una pelota de rugby de allá y para acá y que cada tarde ponen unos parlantes al lado de la piscina desde donde sale música country, cada canción idéntica a la otra. Una señora de grandes aros y piernas de elefante que todos los días luce un traje de baño hecho de un estampado hermoso: guindas sobre fondo calipso, negro naranja y fucsia, todo en franjas. La pareja del viejito mexicano pelado y platudo y su novia varios años menor que tiene una cinturita de avispa y unas pechugas que parecen pelotas de basquetbol y que le deben estar moliendo la espalda. La señora de 51 años con su regio brushing que se parece a Jane Fonda. El animador que viaja corriendo hasta Playa del Carmen al carnaval del pueblo donde las chicas pegan una por una las lentejuelas a sus trajes para salir a  bailar al escenario y ganar un concurso de comparsas. Los reyes y reinas, muchos reyes y reinas: de la tercera edad, de la diversidad sexual, de las capacidades especiales, de los niños, los reyes de reyes. Juntos bailan arriba del escenario y animan a los locales de Playa que en su gran mayoría trabaja en los hoteles, en los resorts, en los restaurantes turísticos, atendiendo a los gringos rosados. Los gringos rosados que se emborrachan y se andan haciendo los simpáticos porque creen que en el tercer mundo el todo incluido es literalmente todo incluido, aunque ni locos se portarían como se portan acá en sus países.  Entonces gritan, beben hasta en el transporte público y te dicen: “Hola amigou, hola amigau” sin saber que para nosotros ellos no son amigos, ni nada, solo gringos rosados cuyo comportamiento muchas veces da vergüenza ajena. Los animadores entonces bailan al borde de la piscina del resort. Aplauden. Cantan. Un día tras otro, como monitos de feria. Y los gringos rosados arriba de sus reposeras se van poniendo fucsias, morados, rojos, como plásticos fluorescentes.

Taller de escritura Memorias

Hasta ahora, he hecho tres talleres de memorias y autobiografía. Los tres fueron el 2014: dos privados, otros en centro Gabriela Mistral, GAM. Los tres resultaron experiencias preciosas tanto para mí como para mis alumnos (según lo que ellos mismos dicen después. Muchos dicen que es un regalo para el corazón) Cerramos nuestros talleres con una lectura de los mejores textos donde cada participante invita a sus más cercanos, a quienes quieren que los escuche. Una fue en la biblioteca del Gam, la otra en la preciosa librería Lolita de Pancho Mouat (www.librerialolita.com) Y quienes van y escuchan, terminan conmovidos, reflexionando, contentos, recordando cuán poderosa es la palabra. Más aún la escrita. Quedan poquitos cupos, pero aún están a tiempo para inscribirse. Más información acá:

TALLER MEMORIAS MARZO