Sacarse la armadura

guerrera

Mi amiga es fuerte y aguerrida. Mi amiga me dice: “Ay no llorís, por fa”, cuando yo me emociono como las mensas y se me llenan los ojos de lágrimas. Mi amiga siempre está contenta y pareciera que nada la derrotara. Mi amiga es intrépida, atrevida y nunca me ha dicho que le tiene miedo a algo. Hace poco, mi amiga fuerte me mandó este texto. Y yo recordé que ya somos muchas las guerreras que de a poco nos vamos sacando la armadura. Y que eso es lo más valiente que una guerrera puede hacer: quedar desnuda.

Este es el texto de mi amiga:

“Una vez me encerré. Fue hace muchos años y aunque no recuerdo el momento o situación exacta, no me permití sentir más dolor. No estaba triste, no lloraba, no tenía más pena. Así fue y me resultó. Agradezco ese momento porque me permitió pasar a través de situaciones muy intensas sin desmoronarme. Fue así como me convertí en una buena amiga, una buena profesional, una buena hermana, una buena tía y una buena hija. Puse una barrera entre la tristeza y yo. No fui más vulnerable y nunca dejé que nadie viera lo que realmente me pasaba, ni siquiera yo. Lo hice para protegerme. Eran mis sentimientos o yo. Elegí lo segundo y así me salvé. Me mantuve cobijada en la razón y, sobre todo, en el humor. Ese fue mi gran compañero. Me pude reír de mi desgracia, salí adelante a punta de ironía y humor negro. Era una pesimista muy optimista, una porrista de mi vida. No había nadie que lo hiciera por mi, nadie en quien depositar el dolor o por lo menos así lo creía. Nunca me ha gustado molestar y desde niña aprendí a ser emocionalmente autónoma. Así fue como yo misma me hice cargo de mí. También de unos cuantos más: mi energía podía cargar con problemas ajenos, podía aconsejar sabiamente a otros y lo disfrutaba.

Hoy voy camino a desprenderme de los últimos botones de ese chaleco antibalas en que se trasformó mi alma. Estoy recorriendo esa ruta y me siento bien. Dejo atrás los muros y me libero de mi misma con la misma alegría de siempre, pero ahora sabiendo que soy fuerte, que alguna vez tuve que protegerme y lo logré. Me siento orgullosa porque sobreviví. No ha sido fácil y sé que este camino va a estar lleno de emociones, de esas que no me gustan, pero que ahora estoy dispuesta a enfrentar. Así ahora me permito llorar, decir lo que me pasa, hablar sin miedo, enfrentar mis penas y, con eso, querer sin límites. Me quiero y me conozco y estoy lista para dejar que otros lo hagan, que otros ahora me mimen. Me da miedo, mucho miedo, porque eso me hace vulnerable. La exposición nunca ha sido lo mío, pero estoy dispuesta a enfrentar ese miedo a la cara y enseñarle quien manda, como hace muchos años lo obligué a esconderse”.

Éste es mi cuerpo

Mi cuerpo vivió por años en silencio. Vivió quieto, tranquilo, sin molestarme ni hacer ruido, calladito y operativo en sus rincones, como una secretaria vieja y eficiente que pasa desapercibida en una oficina ochentera. Mi cuerpo estuvo mudo casi 30 años. Y quizás fue así porque durante ese tiempo tan mío no era. Yo no lo escuchaba y él intentaba no darme problemas extra. Mi cuerpo se las arreglaba por su cuenta. Cuando mi cuerpo no era mío o yo aún no había llegado a habitarlo, era un cuerpo grande, inmenso, carnoso, fuerte, atlético, ágil y rápido. Era un todoterreno que corría, comía de todo, resistía la falta de sueño, las jornadas extensas, los deportes extremos, el cigarrillo y el café de mis interminables horas de escritura, mis antojos de pizza o galletas con quesito crema o los sushis del peruano que estaba debajo de mi departamento. Ese cuerpo, era el envase de una vikinga. De la vikinga rubia, que tenía una mata de pelo gruesa e infinita, las mejillas coloradas y la cara redondita y rebosante, de la vikinga de muslos gorditos que se rozaban bajo el entrepierna y  de la guatita de Coné que permanecía impertérrita sobre el ombligo.

Cuando mi cuerpo no era mío, se alimentaba de todo y no fallaba nunca. O casi nunca, si no fuera por 1. La vez que me dio una sinusitis espantosa que no me dejaba leer, pensar, estudiar, que me hacía sentir una radio sorround permanente entre los ojos, palpitando en mis sienes, pero que en definitiva no me hizo dejar de fumar. (Cuando me operaron y me sacaron los cornetes nasales, fumé con las narices tapadas de gasa, parapetada en la ventana de mi pieza hospitalaria). 2. La lesión que me dobló en dos de miedo, que me hizo preguntarme si podría ser madre algún día, si había una madre en mí, si no sería eso la señal de todo el dolor previo que enfrentaron las mujeres de mi familia, si no era la marca indeleble de una estirpe que luchó en contra del abandono y el desamor y que luego, años después, confirmé que claro que lo era cuando una bruja sabia me lo dijo: “Un karma de tu ancestralidad femenina”. Y  3. La vez que volando en la fiebre de la influenza, con los huesos adoloridos y arropada bajo tres frazadas, tuve que escribir la entrevista de un periodista estrella que para mí no tenía mucho de lo uno ni de lo otro, pero que escribía contra el tiempo, contra el delirio del virus. Cuando apreté el botón enviar del mail, tuvieron que llevarme hecha un bulto a otra casa donde pasé semanas recuperándome, pero a medio morir saltando.

Luego, volví a ser la vikinga de siempre.

Eso, hasta que poquito antes de cumplir los 30, empezó a ocurrir la mutación. Y  empezó con la adolescencia. Estaba de vacaciones en Cuba, a mis 29, cuando la vi: una espinilla muy grande al costado de una ceja. Cuando regresé a Chile, tenía un par más. Semanas más tarde, parecía una chiquilla de 13 años que odia mirarse en el espejo: mi cara era un sarpullido y yo, vanidosa, partí al doctor. Anticonceptivos me dio el médico. Ellos taparon mi segunda pubertad hasta que aún con 30 años, desperté. Y mi alma, que dormía a pierna suelta, que estaba en una especie de coma, volvió de un sopetón a refugiarse en mi cuerpo y ahí se quedó, parapetada en su origen, en silencio y respirando, asustada, cansada de vagar por rincones que nunca le habían correspondido, reconectándose con sus raíces. Entonces, solo entonces, empecé a habitar mi cuerpo o mi cuerpo volvió a ser mío. Entonces, y solo entonces, mi cuerpo empezó a hablar por todos esos años de silencio. Y empezó a ajustarse a quien era verdaderamente yo, sin los escudos de vikinga, sin la armadura que necesité durante todo el tiempo anterior para subsistir y salir relativamente ilesa de las circunstancias. Mi cuerpo comenzó a despojarse del traje de guerrera de a poco y entonces, solo entonces, comencé a mutar.

Empecé a perder pelo. Se me caía el pelo como quien se deshoja en otoño. Por meses, temporadas, por mucho tiempo. Pelo en todos lados, pelo a pesar de las cremas, las vitaminas, los doctores, las pastillas de melissa y el aloe vera. Empecé a perder uñas. Se me deshojaban las uñas como quien iba botando capas, una por una, lentamente, sin retorno, de manera irremediable, hiciera lo que yo hiciera, se me deshojaban las uñas.  No me crecían y las que crecían, se descascaraban. Seguí perdiendo peso. En la balanza todo parecía estar bien, pero lo cierto es que frente al espejo y la mirada atónita de quienes me rodeaban, yo adelgazaba y adelgazaba comiendo exactamente lo mismo de siempre. Pero como ser delgada en este mundo es muy bien visto, todos estaban muy contentos por mí, menos yo. Yo era una vikinga aterrorizada de estar transformándose en una bailarina. Tenía pavor de presenciar una transformación que no tenía explicaciones ni diagnósticos a pesar de los cientos de exámenes y especialistas. Y yo necesitaba a mi vikinga de vuelta. ¿Y si no eres una vikinga? ¿Y si ése era solo un disfraz que escondía a la verdadera Pepa, más flaquita, más vulnerable, más frágil? ¿Yo vulnerable? Yo no era vulnerable. O eso era lo que creía. Yo me miraba en el espejo y no me reconocía.

Y de tanto no reconocerme, se me revolvió el estómago, el hogar, el centro. Y de un día para otro empecé a inflarme, inflarme mucho, inflarme tanto que creía que un día saldría volando por la ventana y flotaría por Santiago hasta la galaxia sideral. La bailarina flotaba y yo solo quería a mi vikinga. Dejé mi casa. Llegué a una casa nueva. Cuando puse todo en orden en mi casa nueva, entonces  la mutación apretó el acelerador. Mi cuerpo, cuando ya supo que estábamos muy a salvo, literalmente se desplomó. De un día para otro, empezó a rechazar varios alimentos que antes si toleraba. Le pateaban las harinas blancas, las leches, las galletas, los procesados, casi todo. ¡No quiero comer de eso!, me decía y me amenazaba con llevarme volando por los cielos si seguía alimentándome porfiadamente. De un día para otro, tampoco quiso avanzar más. Mientras corría, me llegó un dolor en la pierna izquierda y entonces todo cambió. Quedé coja. Coja por muchos meses. Dolor, lentitud obligada durante una eternidad, rehabilitación. Mientras, seguía perdiendo peso. Seguía deshojándome. Y ahora no podía correr. Caminaba con dificultad. Comía como pajarito. Los exámenes solo arrojaban pistas, no certezas. Nada grave, dijeron los médicos. Pero mi cuerpo, que ahora era mío, que sabía que yo ya había regresado a habitarlo, estaba en la UTI, descansando por todo el tiempo que no me dio problemas y se las arregló por su cuenta. A esas alturas, yo sentía que me estaba muriendo lentamente sin poder hacer nada para revertirlo.

Odié mi cuerpo, pero ya estaba dentro de él y no había posibilidad de retorno. ¿Sobrevivimos para venir a morirte ahora?, le decía. Lo odiaba con ganas. Pero una vez que una vuelve al origen es imposible regresar a la vida en coma. Odié eso también. Odié mi cuerpo, haber despertado, haber emprendido un viaje difícil, bonito, intenso que por si fuera poco, me había dejado magulladuras dolorosas en el envase. Odié mi nueva casa pensando que era la yeta de mi cuerpo aunque no tenía ni pito que tocar. Estuve en resistencia durante un tiempo. Eres mi cuerpo, pero no me gustas. Eres mío, pero estoy enojada contigo por este desplome. Él seguía durmiendo y yo lloraba porque al parecer, la vikinga todoterreno había quedado para siempre atrás.

Hasta que una se aburre hasta de sus quejidos. Porque no te queda otra que habitar tu cuerpo, cada día, cada minuto,  e intentar cuidarlo esté como esté. No hay posibilidad de desdoblamiento. Entonces de a poco, empecé a comer solo lo que él me aceptaba. Empecé a comprarle cosas que no le caían mal. Me detuve y dejé de caminar más de la cuenta. Pedí ayuda cuando me sentía incapaz. Entré a yoga para hacerme un cariño y adiestrar a mi mente saturada para que se llevara mejor con este envase nuevo que había aparecido. En las noches, me metía a la tina para darle alivio a mi pierna. Y mis articulaciones que empezaron a manifestarse, inflarse después de caminatas intensas, a reclamar descanso, como si fuera una abuelita. A veces seguía llorando, en resistencia, pero de a poquito el agua que es muy sabia, fue arrastrando esa rabia e impotencia por la cañería. Entonces mi cuerpo despertó por unos segundos de su siesta y me mostró con claridad lo que sucedía: esto no era un boicot. No era un chiste de mal gusto de su parte, mucho menos una venganza. Este era verdaderamente él: un cuerpo fue fuerte mientras duró la guerra, pero que ahora estaba cansado. Un cuerpo que ahora podía mostrar una fragilidad nunca antes pudo mostrarse porque no tuvimos tregua. Este era mi cuerpo, sin la armadura. Este era mi cuerpo, cansado. Este era mi cuerpo, en tregua. Este era mi cuerpo, sin estar de turno en la urgencia. Este era mi cuerpo, sin la alerta permanente de amenaza. Este era mi cuerpo desnudo que se mostraba tal y como era frente a mí. Este era mi cuerpo pidiéndome que ahora me hiciera cargo de él porque ya no podía hacerlo por su cuenta. Era mi cuerpo que volvía a mí, para que funcionáramos como un todo.

Eso hice entonces: tomé a mi cuerpo en brazos, a este nuevo cuerpo frágil que me costó tanto aceptar, reconocer como mío, y empecé a cuidarlo escuchando solo la voz de mi intuición. Todavía no tengo un diagnóstico ni una causa médica aparente para lo que me sucede, lo que sigue sucediendo y lo que ya no sé si se detendrá. Sigo sin poder comer de todo y no he podido volver a correr ni hacer deportes fuertes, como los practicaba antes. Solo puedo estar en yoga porque mi cuerpo, aún me duele. He visto todo tipo de médicos y sanadores. Algunas cosas me han ayudado un poquito, pero nada ha sido determinante hasta ahora. Ahora la vikinga es un recuerdo lejano y cuando me miro en el espejo veo a otra persona. A una bailarina deshojada. A una mujer más frágil que tuvo que aprender a ir más lento, a vivir a otro ritmo, a cuidarse, a abstenerse, a decir que no, a cocinarse sus propias recetas. Ahora cuando me miro en el espejo veo un cuerpo nuevo, sin disfraces ni escudos. Un cuerpo debilitado que duele, reclama, un cuerpo delicado que ya no me acompaña a todas, pero que espero me acompañe en la aventura que viene y que soñé durante tantos años. Pero aprendí a hacerme cargo de él. Y de a poco, a quererlo. A respetarlo tal y como es. A aceptar que no es el mismo, que quizás nunca lo será, que tiene sus fallas, pero así debo amarlo y acunarlo lo que más pueda. Porque sea como sea, esté como esté, éste es mi cuerpo. Mi cuerpo que regresó de la guerra con múltiples heridas. Mi cuerpo que a pesar de eso, no me abandonó. Y enclenque y todo, está aquí, conmigo, por primera vez, todo en uno.

 

Castigo para los acosadores

PIROPO

Pasé casi toda mi vida dándole vuelta a este asunto. Estuve más de 30 años preguntándome por qué en este país era tan normal, tan permitido, tan común, tan natural, que los hombres se sintieran con el derecho de mirar, acosar, silbar, mijitear, insultar, salivar, tocar, apretar a las mujeres en la calle, entre muchas de otras cosas que me parecían atroces y que ellos se sentían con derecho a hacer. Estuve mucho tiempo diciendo que lo que vivíamos las mujeres en la vía pública en Chile era violento, asqueroso, sancionable, que nosotras no nos merecíamos ese trato indigno, humillante, aterrador. Muchas veces me contestaron que era una tonta grave, que eso, toda esa violencia sexual, todo ese ninguneo hacia lo femenino, esa agresión, ese machismo sin restricciones, era parte de nuestra cultura, es más, era una parte graciosa, picarona, chistosita, propia de nuestra simpatiquísima identidad. A mí nunca me divirtió.

Muchas veces las propias mujeres me dijeron que ellas “necesitaban” de los piropos para levantar su autoestima: solas delataban cuán frágil era ese amor propio que necesitaba de la violencia de hombres anónimos para crecer. Muchas veces me dijeron que había que tomárselo con humor e incluso, que me tenía que sentir halagada. Bonito: yo tenía que estar agradecida del viejo de terno que me agarró el poto en el Paseo Ahumada, también del degenerado que me tocó la vagina mientras yo bajaba con jumper del metro a los 10 años, de los cientos de tipejos que me salivaron al oído, de los puercos que me dijeron que me chuparían cositas de mi cuerpo, de los caballeros que podrían haber sido mis bisabuelos que me miraron como si yo fuera desnuda por la calle, de los obreros de la construcción que me hicieron sentir que no era una persona sino un bistec, de los intentos de hombres que intentaron puntearme en el metro o en la micro, de los jardineros, guardias, vagos, ejecutivos, jubilados, estudiantes, ciclistas y una larga lista que sin conocerme, se sintieron con el derecho de fisgonearme, decirme cuán apetecible les parecía a sus ojos en el lenguaje que se les dio la gana, acercarse, levantar las cejas, poner caras triple x sin que les diera ni el mínimo pie para ello, de invadir mi metro cuadrado, de insultarme, de agredirme, de hacerme sentir vulnerable, vulnerable, aterrada y claro, malagradecida porque yo no sentía ni la más mínima cuota de agradecimiento por eso que me hicieron.

Pasé muchos años de mi vida preguntándome por qué era yo la que supuestamente estaba mal si lo sensato era lo contrario. Por qué ellos tenían el derecho a aplastarnos día a día, minuto a minuto, en total impunidad, incluso con la licencia de que el mundo lo encontrara gracioso y cultural. Hasta que ahora, a mis 34 años, cuando por fin veo que no era la única. Que muchas sentimos lo mismo, por años, décadas, quizás por siglos. Y ahora, después de tantas vueltas, de tantas excusas para justificar lo injustificable, al fin va el proyecto de ley para sancionar el acoso callejero al congreso. Me saco el sombrero con lo que han hecho las chicas del Observatorio Contra el Acoso Callejero y desde ya les digo: acá estoy para lo que necesiten, cuenten conmigo para lo que quieran, al igual que todas las organizaciones que trabajan en pos de los derechos de género. Aquí estoy, dispuesta y feliz de trabajar por las mujeres. Me saco el sombrero porque ellas, finalmente, equilibraron las cosas, las pusieron en perspectiva y visibilizaron un tema que hasta ahora, muchos se niegan a considerar un problema. El machismo, que de tan machista, se niega a agachar el moño. He visto, leído y escuchado cómo han peleado con argumentos y sin violencia contra cada tontera que se esgrime sobre el tema. He visto cómo han explicado, con peras y manzanas, a animadores retrógrados que encuentran que igual el piropo debe mantenerse como parte del emblema nacional, por qué el acoso y el piropeo callejero es violencia contra la mujer. He mirado cómo contestan a una sarta de brutalidades con calma, con solidez, datos, estudios y cifras por qué esto no puede continuar, por qué ya era hora de que entrara un proyecto de ley que regulara y sancionara esta violencia antes permitida de una vez por todas.

Y claro, me he escandalizado con lo que mucha gente aún piensa al respecto porque la verdad, no sé si yo tengo la paciencia zen, la dulzura, la cabeza fría para sostener un diálogo explicativo con gente pegada en el siglo 15 que justifica la agresión. Yo simplemente me escandalizo con los que a estas alturas del partido siguen creyendo que es parte de nuestra idiosincrasia: puede serlo, pero es una parte cavernícola, violenta y vergonzosa de nuestra idiosincrasia. Igual que como antes el patrón de fundo golpeaba a sus empleados  o los profesores les pegaban con varillas a los alumnos hasta hacerlos sangrar o los curas eran intocables aunque fueran pedófilos puertas adentro: era parte de nuestra idiosincrasia pero era una parte tan mala que tuvimos que regularlas legalmente para que cambiaran y nos hicieran evolucionar. Yo me escandalizo también con las mujeres que siguen defendiendo el piropo porque les hace “bien” a su pequeño ego. Un ego no se construye por lo que otros digan de ti, sino por lo que tú ves y valoras de ti misma. Si necesitas de lo que piensa un tipo cualquiera de la calle para sentirte mejor, necesitas de ayuda profesional. Me escandalizo con los que porfiadamente intentan establecer clases de piropos y acosos: los permitidos y los no permitidos. Los feos y los simpáticos. ¿Por qué aunque sea un “Uy, qué linda”, yo, mujer, me lo tengo que bancar, lo tengo que escuchar, de la boca de un hombre que no conozco, en la calle, cuando voy a mi trabajo, quizás pensando en mil cosas, quizás cuando estoy en problemas o sufriendo o preocupada de otros temas? ¿Por qué yo tengo que aceptarlo porque es clasificación “piropo inocente”? ¿Yo voy por la calle lanzándole adjetivos gratuitos a la gente que no conozco? ¿Puedo entonces ir desde ahora caminando y diciendo: Hola, guatón, hola señora arrugada, cómo está miss botox, cómo le va paticorto, qué tal pelado enano? ¿No? ¿Por qué no si yo tengo que escuchar al menos 3, 4 veces al día: uy, qué rica, qué linda en este país (o uy, qué pesada, fea de mierda cuando contesto y me enojo frente al acoso)?  ¿Y cuando deje de ser bella entonces me dirán: uy, qué feíta, qué vieja? Yo me escandalizo también con esa gente que construye falacias y encuentra pésimo que se legisle sobre el piropo cuando aún hay otros temas de vital importancia sobre los que no hemos hablado: aborto, abuso de isapres y afps y toda la larga lista de pendientes que tenemos. Entonces no sancionemos los lanzazos porque hay niños que mueren por balas locas en las poblaciones. Entonces dejemos que a las mujeres las violen porque es más urgente vigilar que no nos maten. Así no se piensa, pues. Una cosa no quita la otra. Y sí, sería ideal avanzar también en otros temas, pero acá no importa el orden. Lo primordial es avanzar. Avanzar en todos los temas que importan y este tema es importante aunque intenten bajarle el perfil. Nos importa a las mujeres y debiera importarles a todos los hombres por sus madres, esposas, hijas, hermanas. Importa por el futuro de las niñas, importa porque es un tipo de violencia, importa porque habla del respeto por los derechos humanos, importa porque no es posible que mientras hablamos de paridad en el poder, miles de chicas y mujeres en un día son toqueteadas en el transporte público, importa porque nos hará más respetuosos, desarrollados e iguales en nuestros derechos y deberes, importa para quienes quieran un país mejor donde sus hijas, nietas y bisnietas no sean violentadas a diario. Quienes digan que es una tonterita o esto tiene última prioridad en la lista es porque 1. Es acosador, 2. No respeta a las mujeres y no le importa no respetarnos, 3. Nunca ha vivido la experiencia (muchos hombres que creen que esto pasó una vez en la vida de cada una y que exageramos: bueno, no creernos es subestimarnos y faltarnos el respeto de nuevo), 4. No entiende nada de nada nomás.

Yo me escandalizo porque aún el machismo es tan grande y masivo que sale de la boca de hombres y mujeres que no se dan cuenta de lo que dicen, incluso de muchas mujeres instruidas, que se consideran feministas. La cultura del no respeto a la mujer está tan arraigada  en nuestra sangre que confunde el discurso, atenúa asuntos graves, intenta emparejar un tema que no tiene justificación alguna. Hay cosas que no tienen matices y este es uno de ellos. También pasa en países del primer mundo, me dijo una amiga. Sí, pasa. Pero pasa menos. Infinitamente menos. Y que pase menos tampoco significa que esa dosis sea aceptable. Cualquier dosis es mala. Cualquier dosis de agresión gratuita a una mujer por el hecho de ser mujer es mala. Y ya era hora de que de a poco, a tropezones, peleando con los retrógrados de siempre, derribando las paredes porfiadas, duras, dogmáticas y dictatoriales del machismo chileno, podamos decirlo e instaurarlo como la gran realidad que es: el acoso callejero es violencia contra la mujer y merece sanciones. No se hace, caballero. Es más que feo, es y será desde ahora, un delito. Es una vergüenza, sí, pero también, espero que pronto sea, una falta legal y punible. Las mujeres de este país lo merecemos. Por todos los años que aguantamos sin poder hacer nada al respecto. Por toda la violencia que hemos experimentado en carne propia. Porque ya era hora de decir basta. Porque merecemos el mismo respeto y paz que cualquier otro ser humano.

Gringos rosados

GRINGO

Muchos gringos rosados arriba de las reposeras. Muchos gringos redondos y rosados tostándose al sol. Allá lejos está el mar turquesa y más cerca, las piscinas gigantescas, las piñas coladas y los mojitos y los gringos rosados que invaden todo. El animador morenísimo y bronceado que es un poco más bonito que los otros mexicanos y que se pasea, arrancando de un acoso imaginario. Una pareja de japoneses mayores que fueron a ver el mar, las piscinas y decidieron sentarse a leer en sus ipads en la terraza de la pieza con vista a las palmeras con cocos (y unos bichos que parecen guarenes pero bien peinados) Un matrimonio canadiense que están muy morenos y tienen los dientes muy blancos y sus cuerpos tonificados a pesar de sus tres hijos que están congelándose en su país, cerca de unos lagos. Tres parejas de novios de Chicago que se lanzan una pelota de rugby de allá y para acá y que cada tarde ponen unos parlantes al lado de la piscina desde donde sale música country, cada canción idéntica a la otra. Una señora de grandes aros y piernas de elefante que todos los días luce un traje de baño hecho de un estampado hermoso: guindas sobre fondo calipso, negro naranja y fucsia, todo en franjas. La pareja del viejito mexicano pelado y platudo y su novia varios años menor que tiene una cinturita de avispa y unas pechugas que parecen pelotas de basquetbol y que le deben estar moliendo la espalda. La señora de 51 años con su regio brushing que se parece a Jane Fonda. El animador que viaja corriendo hasta Playa del Carmen al carnaval del pueblo donde las chicas pegan una por una las lentejuelas a sus trajes para salir a  bailar al escenario y ganar un concurso de comparsas. Los reyes y reinas, muchos reyes y reinas: de la tercera edad, de la diversidad sexual, de las capacidades especiales, de los niños, los reyes de reyes. Juntos bailan arriba del escenario y animan a los locales de Playa que en su gran mayoría trabaja en los hoteles, en los resorts, en los restaurantes turísticos, atendiendo a los gringos rosados. Los gringos rosados que se emborrachan y se andan haciendo los simpáticos porque creen que en el tercer mundo el todo incluido es literalmente todo incluido, aunque ni locos se portarían como se portan acá en sus países.  Entonces gritan, beben hasta en el transporte público y te dicen: “Hola amigou, hola amigau” sin saber que para nosotros ellos no son amigos, ni nada, solo gringos rosados cuyo comportamiento muchas veces da vergüenza ajena. Los animadores entonces bailan al borde de la piscina del resort. Aplauden. Cantan. Un día tras otro, como monitos de feria. Y los gringos rosados arriba de sus reposeras se van poniendo fucsias, morados, rojos, como plásticos fluorescentes.

Taller de escritura Memorias

Hasta ahora, he hecho tres talleres de memorias y autobiografía. Los tres fueron el 2014: dos privados, otros en centro Gabriela Mistral, GAM. Los tres resultaron experiencias preciosas tanto para mí como para mis alumnos (según lo que ellos mismos dicen después. Muchos dicen que es un regalo para el corazón) Cerramos nuestros talleres con una lectura de los mejores textos donde cada participante invita a sus más cercanos, a quienes quieren que los escuche. Una fue en la biblioteca del Gam, la otra en la preciosa librería Lolita de Pancho Mouat (www.librerialolita.com) Y quienes van y escuchan, terminan conmovidos, reflexionando, contentos, recordando cuán poderosa es la palabra. Más aún la escrita. Quedan poquitos cupos, pero aún están a tiempo para inscribirse. Más información acá:

TALLER MEMORIAS MARZO

El quiosco de Juanito

JUANITO 1 Juanito 3 JUANITO 2

Juanito es uno de los hombres más buenos que yo conozco. Y a Juanito lo conozco mucho. Lo conozco desde que tengo uso de razón y él me conoce a mí desde que antes de haber nacido, cuando era una pelota en la panza de mi mamá. Por eso sé que Juanito es bueno y que es muy trabajador. Se ha pasado toda mi vida – 34 años – y mucho más que eso sentado arriba de su banca de madera, metido dentro de su quiosco, en Marcoleta con Lira, justo debajo de mi torre de infancia , justo en el barrio donde crecí y me convertí en una mujer hecha y derecha del Bronx. Se ha pasado todos estos años y varios milenios, vendiendo chocolates, revistas, encendedores y diarios a los habitantes de las torres, a las enfermeras de la Católica, a sus médicos pecho de paloma que a veces aterrizan en la tierra. Se la ha pasado llevando a domicilio sus diarios y revistas y cositas ricas a los abuelitos que ya no pueden bajar a pasear. Se la ha pasado trabaja que trabaja de 9 a 9, todos estos siglos, para abastecer a su mamá, a su esposa y sus hijos que ahora ya son cabros grandes que de tanto en tanto lo van a ayudar. Se la ha pasado adentro de esa caja metálica toda la eternidad y Juanito no conoce más vida que ésa.

Por eso hoy, cuando fui a visitarlo, estaba sentado con sus revistas y dulces y bebidas afuerita de su quiosco. Se lo había clausurado un inspector municipal y Juanito estaba literalmente en la calle, pero trabajando, porque así es él: un hombre de trabajo. Se me partió el corazón verlo ahí, así, sin su quiosco. ¿Qué había pasado? Juanito cometió el pecado mortal de enfermarse hace unos años. Le dio depresión después de que enfermara y muriera un hermano y su mamá y de acumular algunas deudas: hubo un largo tiempo en el que su quiosco no rindió tanto porque el hospital de la Católica construyó por todas las calles habidas y por haber del barrio (por 10 años) y nadie pasaba por allí a comprar golosinas ni cigarros. Entonces Juanito tuvo que hacer más plata. Arrendó su quiosco, cosa que no se podía, pero él necesitaba hacer para subsistir, y él, mientras, tomó el trabajo de nochero en mi antigua torre San Borja. Así podría pagar sus deudas.  Y así lo hizo. Hacía poco había regresado a su negocito. Pero lo pillaron que lo había arrendado por un tiempo. Y que no tenía patente. Y no sé qué otras huifas más que solo el sistema entiende e impone sin ver a las personas, al quiosquero, al hombre trabajador y bueno, a mi Juanito. Entonces lo clausuraron. Le pusieron un gran sticker en la puerta del lugar donde ha visto el mundo los últimos cuarenta y tantos años y lo dejaron en la calle, sin poder trabajar.

Y por eso esta mañana a mí se me rompió el alma. Porque Juanito me cuidó cuando era niña. Me dio muchos dulces y superochos gratis. Los mejores consejos que hayan salido desde un quiosco. Me guardó las revistas donde publicaba. Me promocionaba con las viejas de las torres cuando escribía. Me vio crecer y cumplir mi sueño de transformarme en escritora. Cuando le fui a dejar mi primer libro, Juanito lloró. Yo también lloré con él. Porque Juanito es mi amigo, mi amigo del alma. Y por eso le escribo esta crónica. Para que el sistema se apiade y recupere su quiosco. Para que el mundo sepa que dentro de esa caja metálica está el mejor tipo del mundo. Para decirle a Juanito cuánto lo quiero.

(Acá está el link de otra cosita que escribí sobre mi amigo Juanito el 2008, cuando me cambié de casa, pero no de barrio.

https://pepavalenzuela.wordpress.com/2008/03/07/136/ )

AL MEDIO

El miércoles 4 de febrero cumplo 34. 34 es para mí una mitad. como estar en el medio de la vida. por eso, escribí este asunto.

torres

Al medio

Yo fui niña de torre San Borja. Niña de centro que se desbocaba corriendo cuando iba al parque. La niña que veía verde y se volvía loca. La niña que se inventaba amigos imaginarios intrépidos como el lobo feroz. La niña que les dijo a sus padres que ellos no se querían antes de que ellos se dieran cuenta. La niña que se bañaba en las pozas de Curanipe, que se aburría en residenciales de Pelluhue, que se preguntaba qué se sentiría tener un hermano o una hermana (años más tarde lo descubrí) y que jugaba al tombo. Tombo contra la pared de la torre. Estaba la Catalina, sentada bajo un laurel. A gamba la botella de litro de Coca Cola en el local de Don Esmerildo. ¿Por qué a la abuela le quedan las canas moradas cuando va a la peluquería Juanita? Fui la niña cuica del barrio porque tenía nanita, porque la abuela me daba plata para comprarme papas fritas en un local donde almorzaban los doctores de la Católica, porque me ponían vestidos con vuelos y sombreros. Parecía una señora chica. Yo odiaba esos vestidos y las blondas, solo me gustaba un bolsito transparente de plástico que tenía. Y las carteras. Y correr por las escaleras. Y subir al último piso donde decían que se habían tirado los suicidas. Los suicidas de las torres, los más asegurados de todos. Vi a varios: uno volando, a otro en el piso, siempre desnudos, deshojados.

Me gustaba pintarle los ojos a mi abuela. E ir al colegio donde tenía amigos. Porque fui hija única que por ser única pudo ir a colegio caro y cuico. Y allí, en el colegio caro y cuico, había algo que encajaba, pero algo que no. De algún modo yo no era igual que mis compañeritos que iban a Miami de veraneo, que los que tenían mansión en Santa María de Manquehue, que los que tenían esos papás que hablaban con papa en la boca. No, yo era distinta, yo iba a las protestas con mi nana al centro, a mí me mojaba el zorrillo por metiche, nunca fui más feliz que cuando nos mangueréabamos en la casa de mi nana en Peñalolén con los chiquillos y me secaba tirada de guata sobre el pavimento caliente, yo leía cosas y le escribía a Lagos felicitándolo por decirle al Mamo que era un asesino, como correspondía. Yo hacía salto largo y jockey en el colegio, pero en el barrio me colgaba de las micros en patines. Yo cachaba a esas duplas de mamás e hijas que se habían quedado para siempre cuidándose la una a la otra, al guatón cochino del segundo piso que metía putas centroamericanas a su oficina, al administrador que tenía la pura cara de gil nomás.

Yo aprendí unos garabatos irreproducibles de la boca de mi nana. Yo repetía “Juan Pico” cuando alguien era demasiado copuchento y nunca dije pirulín ni cosita. Yo aprendí a decir pico y zorra en edad preescolar. Pero en el colegio cuico, pasaba piola. Me camuflaba bien por tener los ojitos claros, porque aprendí inglés como cuete y me sacaba muy buenas notas.  En resumidas cuentas, era la cuica del barrio y la cuma del colegio. No era de aquí ni de allá. Estaba en el medio. En el Bronx. En las torres San Borja, la Rusia soviética santiaguina. Supongo que estar ahí, en el medio, me sirvió para ser periodista. Para estar un día aquí y al otro acá. Para  meterme a pata en una pobla donde caían niños muertos por balas locas. Para decirle a un pelao que me mostró su pistola mientras reporteaba: “Y a vos quién te metió ficha”, tal como me había enseñado mi nanita: “A choro, chora y media”. Para entrevistar a millonarios en sus mansiones de lujo o estar hospedada en el Ritz de Abu Dabi hablando con jeques que ofrecieron muchos camellos por mi mano. Para ser una lady bilingüe un rato y una comando al otro. Después una se da cuenta de que la que está ahí no es una. Es un personaje. La reportera del crimen. La corresponsal aguerrida que alguna vez quiso hacer el curso de guerra y mandarse a cambiar a Afganistán. La que hace reír a sus entrevistados con su agudeza, la que tiene las patas para preguntarles lo que nadie se atreve, incluso la seductora, ji ji ji, ja, ja, ja. Pero la que llega a casa es otra. Ésa, es mucho más tímida. Más insegura. Más temerosa. Ésa, no se abre con facilidad. Esa no es una Beyoncé latina (jura que mata, decía mi nana también cuando una se creía la muerte) No, ésa tiene miedo. No de los peligros del mundo externo, sino de sus propios fantasmas. Frente a ellos, no hay chora y media que valga.

Crecí escuchando qué suerte, eres inteligente y bonita. Porque acá la fea tiene que ser inteligente. Y la bonita, tonta. Las mujeres no tenemos permiso para tener más de una gracia en terreno machista. (No sabían que además yo era chúcara. Y con eso quedé descalificada de varios juegos) El único que me dijo la verdad fue mi ginecólogo. Me dijo: “Ser bonita e inteligente en este país se paga caro”. Así fue. Los hombres que se acercaron a mí por linda, se asustaron cuando vieron que pensaba. Los que se acercaron sabiendo que pensaba, quisieron competir conmigo. Mientras, yo lo único que quería eran mañanas de desayunos con bandeja en la cama, no echar carreritas. ¿A quién le interesa competir con una tejedora de palabras? Sí, se paga caro. Y yo pagué con años sintiéndome fuera de lugar. Sintiéndome un bicho raro que debía cambiar. Sintiéndome inapropiada. Ahora que sé que soy apropiada, al menos para mi mundo, pago con soledad.  La soledad de estar en el medio. La soledad de no ser la mujer siempre perfecta, la acogedora, maternal, dulce, dueña de casa, atendedora, sonriente y que no discrepa. La soledad de no ser tampoco una yegua competitiva que solo quiere triunfar, congelar óvulos o inseminarse cuando tenga un minuto libre en su agenda, la que quiere ascender a “jefa”. La soledad de no ser la jovencita de la película ni la señora sabia. La soledad de no haber estado nunca dispuesta a callar esta bocota. La bocota que dice: Juan Pico cuando alguien es copuchento. Que dice: este es un país machista mientras se le reduce el mercado cada vez más. Que dice: No me conformo con algo a medias. Que dice: tampoco quiero el sueño estándar de casita, dos niños, patio, perro, nana con delantal, cuatro por cuatro que sería capaz de matar a un roniceronte en la carretera y viajes 2 por 1 de Lan porque me muero del aburrimiento. Que piensa ahora, que vive en Providencia, que la comuna es too much for her, que es más sencillita para sus cosas. Esta bocota mía que como si no le bastara, tiene que escribir para expresarse. Porque la linda escribe.

La niña del medio, bonita e inteligente de Torre San Borja, escribe. Y eso la convierte en una subversiva. En una loca. En una rara. En un cacho. “Aquí no vas a encontrar a nadie. Tienes que buscarte un extranjero”, me repiten cada día más. Me lo dicen hasta los hombres. Me lo dicen en serio. ¿Un extranjero? Al menos no entendería cuando yo digo: Juan Pico. Pero no puede ser muy nórdico ni muy austral. Tendría que ser alguien del medio. Alguien que entienda lo que significa vivir así, haciendo equilibrio entre dos mundos de manera vitalicia. Alguien que lo entienda y lo acepte. Que me mire y que sepa que no soy la reportera del crimen. Ni la cuica del Bronx. Ni la cuma de Provi. Ni la loca. Ni una Beyoncé latina. Ni una hocicona desenfrenada. Que lo vea y no me haga daño al descubrirme desnuda.

Porque al final una es una cebolla que se va deshojando. Que se va desprendiendo. De roles, de personas, de situaciones, de historias. De todas las etiquetas, de cosas que algún día sentiste te identificaban desde la médula hacia afuera. De todo eso te vas despojando o te lo despojan, así es la cosa. O sueltas o te lo quitan. Todo para que al final uno llegue al centro. Y se mire así, despojada, piluchita, haciendo equilibrio en el medio para mantener la cabeza y el corazón independientes. Para no amarrarse ni cazarse con un bando. Para seguir siendo el bicho raro que no encaja. Porque a veces es mejor no encajar que encajar en mundos que no te hacen sentido solo para sentir que perteneces y que no estás solo. Porque a veces es mejor entrar aquí, entrar allá y poder salir para regresar a tu propia isla. Esa que está en medio del mar. En la mitad del mapa. En el Bronx del universo.

Presentación Iquique: la imagen de la mujer en los Medios

jehndelu

Acá les dejo la presentación que hice en Iquique sobre la imagen de la mujer en los medios de comunicación. A ver si reflexionamos sobre este tema como corresponde. De nuevo, gracias Pedro y chicos de Plan de Vuelo http://www.plandevuelo.cl por la invitación. Fue un honor.

Primero quiero darles las gracias a Pedro y Plan de Vuelo por invitar a esta reportera femenina y feminista para hablar de un tema que me interesa mucho: cómo son mostradas las mujeres en los medios de comunicación. Una de las primeras cosas que les pregunté una vez que me invitaron, era si podía hacer una presentación un pelito puntuda. Me dieron permiso, lo que demuestra que los chicos de Plan de Vuelo no son machistas ni yo, al pedir permiso, tan chúcara.

Bueno, a lo que vinimos: ¿Cómo somos representadas las mujeres en los medios? Creo que bajo el efecto clásico de los medios: como un espejo de lo que pasa en la realidad. Y a grandes rasgos, lo que pasa en la realidad es esto: a pesar de que hace rato las mujeres hemos expandido nuestra presencia en todas las áreas de la vida pública, hasta la Presidencia, los resabios de un machismo aún poderoso, insisten en querer reducirnos a los viejos estereotipos de lo que los machistas creen o quieren que aún seamos las mujeres: el primero: la mamá-dueña de casa. El segundo, la mujer objeto o mujer trofeo o mujer gomero. Y el tercero, la triunfadora profesional que en general es mostrada como una yegua sin sentimientos. La ambición solo es buena cuando está encarnada en una versión masculina.

Para que no se diga que la afirmación de esta expositora es hormonal, vamos a los ejemplos.

La publicidad es el reino de todo tipo de estereotipos, incluidos en los que somos encasilladas las mujeres: en un comercial de sopa, suegra y nuera esperan al hombre que las une y hablan de prepararle algo rico al “regalón”. Ahí está la dueña de casa que no tiene nada más que hacer que cocinar y esperar al esposo. Lo mismo pasa en un comercial de Mabe que muestra a una multimujer, pero solo puertas adentro. Y en el comercial de Ariel donde Catherine Fullop afirma que 9 de 10 mujeres que probaron ese detergente lo prefieren. Es decir, solo nosotras lavamos ropa. O quizás ellos no usan detergente. También está la mujer objeto, mostrada solo como un cuerpo. Está en los comerciales de cerveza Cristal, de galletas Tritón, en uno de Pepsi en el que las mujeres o partes de su anatomía solo participan como un adorno para vender. Ampliamente difundido está el estereotipo de la mujer como alguien cambiante, histérica, caprichosa, hormonal, sin control sobre ella misma. Mientras el hombre tiene carácter, la mujer es una neurótica que no sabe lo que quiere o que dice A, cuando quiere decir B: ahí está el comercial de Ladysoft y su traductor de mujeres, uno de BCI donde unos ejecutivos se convierten en novias gritonas cuando no entienden algo que les explica una ejecutiva masculinizada y exitosa, el de yogurt Next que afirma: “las mujeres somos un poco inconsistentes” mientras comen algo que dijeron que no iban a comer y el famoso spot de Axé con la canción la Donna e mobile, que básicamente quiere decir que la mujer es una loca que en un segundo te come a besos y al siguiente, te tira un zapato por la cabeza.

Un estudio de representación de lo femenino en Televisión abierta de la escuela de publicidad de la Universidad Diego Portales arrojó cifras interesantes que ratifican el sexismo  y la tiranía de la publicidad con las mujeres, al promover como deseables patrones  casi imposibles de alcanzar. Veamos: el 41% de las mujeres que aparecen en comerciales son rubias, 95% tienen la piel blanca, el 89% son delgadas. En paralelo, en la vida real, el 65% de las mujeres chilenas tienen sobrepeso. El 99% de las mujeres en televisión son abc1 o c2 mientras que en la realidad solo el 22% de la población pertenece a estos segmentos socioeconómicos. El 81% de ellas en spots son adultas jóvenes. ¿Dónde están las abuelas, las mujeres mayores, las niñas, las morenas, las de clase media o baja, los cuerpos reales? El mensaje para nosotras es: Sé otra, yo te ayudo a verte más joven, a ser más delgada, a ser una buena dueña de casa, mamá y objeto de deseo para el hombre. El mensaje para ellos es: sé tú mismo. Yo te ayudo a ser más tú.

Miremos los contenidos. Sabemos que en Morandé con Compañía de Mega las mujeres son arroz graneado, un acompañamiento bonito y con poca ropa o la vieja fea de quien se ríen por ser vieja y por ser fea. La novedad fue que el estereotipo traspasó este año a la cobertura del Mundial cuando desde el canal 13 mandaron a JhendelYn Nuñez como notera. Jhendelyn no solo ocupó pase de prensa que dejó afuera de la cobertura a un periodista deportivo, sino que le hizo un flaco favor al género al confirmar que las fortalezas de una mujer son un cuerpo bonito, saltarín y semidesnudo. En la televisión, también encontramos una suerte de machismo de animador. Hace pocos días en Mucho Gusto de Mega, Lucho Jara defendía el arte de piropear a las mujeres en la calle sin escuchar ni media palabra de lo que decía la encargada del Observatorio contra el Acoso Callejero que entrevistaban en un móvil. Hace un mes, en el mismo programa, tenían este tema de debate: Sepa qué tipo de mujeres evitar. ¿No hubiera sido mejor plantear el tema Qué tipo de personas evitar? ¿O es muy tonto lo que estoy diciendo? A Sergio Lagos una vez que le preguntaron si había machismo en la televisión, respondió: “Leen todos los libros de autoayuda, tienen mujer presidenta, juegan fútbol. Los hombres debemos mantener un poco de supremacía”. Fue en broma, pero no causó mucha gracia. Después le preguntaron qué aportaban las mujeres en televisión y dijo: sensualidad, ganas, belleza y amor.

El machismo incluso se cuela en medios femeninos que supuestamente defienden los derechos de las mujeres. En una revista en la que trabajé, alguna vez tuve que pelear por la publicación de la foto de una entrevistada. Era un reportaje sobre un crimen. La chica era la mejor amiga de la asesinada y era primera vez que hablaba con un medio. Era una exclusiva. Pero mi editora no quería poner su foto. Dijo que la chica era muy “fea y gorda” como para publicarla. Le reclamé que no se trataba de las páginas de moda, sino de reportajes. Y que en la realidad había más personas gordas y feas de lo que en sus páginas querían admitir. Esa contradicción se repitió varias veces allí: por un lado abogaban por nuestros derechos, pero por otro, promovían imágenes de modelos escuálidas, una estética aspiracional e imposible de lograr sin caer en la anorexia.

Tenemos mujeres en el poder que aparecen de tanto en tanto en los medios. Pero no siempre son abordadas desde ese espacio de poder que ganaron de manera legítima. Sobre todo durante la primera campaña, a Bachelet le preguntaron o comentaron aspectos suyos que no eran tema con ningún candidato varón: su peso, sus tenidas, su apariencia. Patricio Navia tituló una de sus columnas sobre ella: “¿Da el ancho?”, en clara alusión a su figura. Felipe Kast remató: “el ancho da, pero la altura no”. Con Camila Vallejos fue lo mismo: su belleza fue tema mediático muchas veces, igual que los intentos por convertirla en simple mujer objeto, a pesar de su demostrada capacidad y preparación.  Recordemos una portada de The Clinic donde Camila aparecía con un peto rojo, mostrando el ombligo. El titular decía: Todos con la Roja. La cantidad de bullying que recibió por su apariencia, incluso cuando se supo de su embarazo, solo son expresiones del machismo imperante que no entiende que una mujer pueda ser inteligente y bonita al mismo tiempo. Menos, que ser bonita no sea su fortaleza.

El semanario The Clinic merece punto aparte. Su eslogan Firme Junto al Pueblo parece entender que el pueblo está solo compuesto por hombres. Un día pueden hablar de femicidio, condenando la violencia machista, pero después pueden sacar un artículo como Cinco Lugares la raja para mirar culos en Santiago o Vocabulario Femenino: lo que en realidad las mujeres quieren decir, que usa la misma lógica del comercial de Ladysoft: las mujeres somos contradictorias, hormonales, locas que no sabemos expresarnos con claridad y necesitamos traductor masculino. Es decir, un traductor claro y consistente.

Vamos a los noticiarios: allí las mujeres aparecemos pocas veces como protagonistas de las noticias. Mayoritariamente  somos mostradas como víctimas de violencia. Lo esperanzador es que cada vez hay más mujeres consultadas como fuentes expertas y que hoy las reporteras cubren todo tipo de  hechos, incluso tragedias. Para el terremoto de 2010 vimos a algunas, como Soledad Onetto en terreno. Las reporteras y conductoras de noticias son inteligentes, informadas, opinantes y agudas. Y tienen el espacio en los medios para mostrarse así. Pero también son exigidas para que aparezcan muy bien vestidas, maquilladas, atractivas, flacas. Es válido hacerse esta pregunta si Monserrat Álvarez, Constanza Santa María, Soledad Onetto, Consuelo Saavedra conducirán los noticiarios cuando envejezcan. ¿Estarían allí si engordaran? Yo sinceramente espero que sí. Igual que varios conductores hombres que están en pantalla y que son mayores, tienen sobrepeso y no son tan agraciados. Para quedar informado, el público no necesita modelos ni eternos jóvenes. En ese sentido, es refrescante la presencia de Beatriz Sánchez en pantalla,  en Hora 20 de La Red: fue recientemente premiada como la mejor conductora de noticias de la televisión y no cumple con esta imposición de la delgadez, juventud extrema ni atractivo de modelo.

Al comienzo lo decía: desde hace mucho que las mujeres estamos en todas las áreas y somos mucho más que tres o cuatro arquetipos. Pero aún demasiados medios nos siguen mostrando así, más veces de las que quisiéramos y necesitáramos como sociedad para evolucionar, ser menos estigmatizadores y apostar más por la integración, el respeto y la paridad. En parte, porque es el reflejo del machismo que aún queda. Pero por otro lado, porque los medios y las agencias de publicidad siguen siendo manejados principalmente por hombres. Un dato: solo 4% de las creativas de agencias de publicidad son mujeres.

Sin embargo, hay luces prometedoras. Una de ellas, es que hay más mujeres en el ámbito público, por lo tanto, con presencia en los medios. Diputadas, senadoras, alcaldesas, ministras, dirigentas estudiantiles y sociales, hoy marcan presencia en sectores que antiguamente eran exclusivamente masculinos. Pero también hay cada día más mujeres al mando de distintos medios de comunicación. Y eso mejora las cosas, como lo que hizo este año la revista Ya del diario El Mercurio. En enero, decidieron  no retocar más las fotografías de sus entrevistadas con photoshop. Lo resolvieron después de preguntarse lo siguiente: “Si no se puede comer ni envejecer, ¿qué libertad le estamos planteando a las mujeres?”. La respuesta fue clara y valiente. No es fácil tomar una decisión así de arriesgada: no sólo las marcas quieren avisar al lado de rostros eternamente jóvenes y cuerpos delgados, sino que los propios equipos de revistas estaban tan acostumbrados a vender esa imagen de las mujeres, que los fotógrafos entregaban su trabajo con retoques incorporados. Ese cambio que parece estético, tiene un profundo significado y valor. Apuesta por lo que todos quienes trabajamos en medios debemos hacer: cambiar nuestra mentalidad. Evolucionar culturalmente. Y ello necesariamente implica dejar de creer que los argumentos y ejemplos que he dado aquí son de feministas, tontas graves, lateras, caprichosas y masculinas mujeres neuróticas. Cambiar la mentalidad implica saber que tanto mujeres como hombres merecemos ser tratados, mostrados y representados en igualdad de condiciones, con el mismo cuidado y respeto, en toda nuestra diversidad. Con altura de miras, como merecemos las personas por el solo hecho de ser personas, más allá del género. Eso es lo que queremos y merecemos hombres y mujeres. En los medios de comunicación y en todas partes.

La belleza de ser una misma

renee

Hace pocas semanas la actriz Renée Zellweger que interpretó magistralmente a Bridget Jones sorprendió al mundo con una nueva fisonomía. En un evento hollywoodense, apareció de un día para otro con otro rostro. Una cara tan distinta a la que tenía que parecía otra persona. Allí no había rastro de sus antiguos rasgos. Era muy difícil adivinar que era ella. El exceso de cirugías plásticas la había convertido en otra persona, irremediablemente. A algunos les gustó más esta nueva mujer que la antigua. Otras encontraron que la antigua Renée era mucho más linda que esta obra del recauchaje. Independientemente de la aprobación o el rechazo frente a este cambio radical, lo central fue que pudimos mirar con nuestros propios ojos, el resultado de lo que nos han hecho creer que es belleza. Eso que quizás solo las celebridades nos pueden mostrar: lo que pasa cuando combates lo que se supone que hay que combatir para mantenerte bella (y tienes todos los recursos para hacerlo).

Ese rostro nuevo e irreconocible – porque las operaciones incluso le quitaron el sello que la hacía famosa – es solo el lienzo de un patrón de belleza impositivo y cruel que por siglos nos ha dicho que lo bello es algo que se alcanza, algo que está fuera de ti, algo que tú no eres, pero que debes esforzarte por conseguir. Históricamente el mensaje de la industria ha sido ése: tienes que hacer dieta y entrenar muy duro para ser más flaca de lo que eres. Tienes que usar tacos para verte más alta de lo que eres. Tienes que usar sostenes push up para tener más delantera de la que tienes. Tienes que maquillarte para ser más llamativa de lo que ya eres. Tienes que fajarte para simular una cintura más chiquita de la que traes de fábrica. Tienes que teñirte y estirarte para parecer más joven. Debes encresparte si eres lisa y alisarte si eres crespa. Y por supuesto, debes atenuar cualquier signo de envejecimiento. Eliminar como puedas (y según tus recursos) las arrugas, las manchas, la flacidez, los kilos, las estrías, la celulitis, todo lo que te recuerda que eres humana. El mensaje es claro: serás bella en la medida que luches por transformarte en otra. Sólo serás hermosa si logras verte muy distinta a ti. Y ese mensaje es el que ha convertido a generaciones completas de mujeres que ya eran bellas sin saberlo, en mujeres frustradas por ser como son. Porque son pocas las que tienen el tiempo, los recursos, el dinero y el acceso para transformarse en alguien irreconocible, como Renée. Bajo esa lógica, la actriz es una triunfadora entre millones que se quedan a medio camino en esta carrera por ser eternamente bella, joven y distinta a lo que eran originalmente.

¿Pero lo es realmente? Claramente no. Siempre dicen que la belleza tiene sus secretos. Y el central, el que todo el sistema se ha empeñado por ocultarnos por años para fomentar nuestro inconformismo y aumentar nuestro consumo, es el más simple de todos: mientras más auténtica, más bella eres. Mientras mejor te aceptas y te quieres tal y como estás, más hermosa te ves y te ven los otros. La única belleza es la que brota de la seguridad de saberte bella desde el comienzo, sin que te convenzan de lo contrario. Por eso hay mujeres que sin poseer ninguno de los atributos de belleza supuestamente deseables, son tan deseables para el sexo opuesto: porque ellas descubrieron este secreto antes que Renée quien, a pesar de decirle al mundo que está feliz con su nueva cara, puertas adentro seguramente debe sentirse igual de fea que antes.