Salir del coma

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La misión más importante de la vida es despertar de ella. Desde hace años, yo estaba bordeando ese límite. Estaba en el precipicio de abrir los ojos. En esa parte del sueño donde una empieza a intuir ciertas cosas y a develar ciertos misterios que dormida, se arrancan entre las manos. Igual que cuando una sabe que algo soñó, pero después no puede recordarlo. Así vivía yo- intuyendo, adivinando, intentando descifrar respuestas en el letargo- hasta que en diciembre pasado desperté de golpe. Desperté de manera brusca. Y no lo hice sola. A mí, me despertaron.

Fue el hombre que vivía conmigo hacía un par de meses. Él me hizo abrir los ojos a punta de gritos y maltrato. Me despertó aunque mi coma era profundo y porque ya llevaba tiempo zamarreando mi corazón con su lengua filosa, sus ataques de ira descontrolados y sin motivos, sus faltas de respeto y una indolencia que no tenía límites. Me despertó cuando me descubrí encerrada y llorando de terror en mi baño mientras él gritaba fuera de sí desde el otro lado de la puerta. En ese segundo fue cuando él me despertó. Porque fue en ese preciso instante cuando yo salí del coma en el que había estado sumergida durante años. Y fue como sacar la cabeza del mar, verse en medio de una tempestad, intentar respirar a bocanadas, sentir el pánico por cada milímetro de tu cuerpo, pero entender que habías sobrevivido al naufragio. Sólo te quedaba una opción: bracear con todas tus fuerzas hasta la orilla y rescatarte. Eso hice con los ojos recién abiertos: rescatarme. Porque cuando de pronto todo estuvo nítido, el bombardeo de preguntas fue veloz. ¿Qué diablos hacía yo ahí, aterrada, llorando, amenazada, gritoneada por un hombre feroz? ¿Qué hacía él en mi vida? ¿Lo había traído yo hasta mi propia casa? ¿Por qué hasta ese momento lo había soportado? ¿Por qué le había creído hasta ese momento que yo provocaba su voracidad si yo no había hecho más que cuidarlo, alentarlo, darle cobijo, amor y lo mejor de mí? ¿Cómo no pude ver antes que lo que él calificaba de pequeñas mañas eran sólo agresión y violencia? ¿Qué hacía yo con un hombre que hablaba brutalmente de sus ex parejas, hacía escándalos de la nada, no sabía qué hacer con su futuro pero quería conseguirlo todo de una mascada, criticaba todo lo mío, especialmente lo que sabía me hacía daño para manipularme? ¿Qué hacía yo metida en esa película de terror sin haber hecho nada para merecerlo? Luego empezaría a responderme esas preguntas. Pero lo primero era rescatarme. Entonces al día siguiente hice lo que debía hacer: lo eché de mi casa y de mi vida. Aterrorizada por su reacción y sin pedirle ayuda a nadie, porque aún no me atrevía, porque aún estaba presa del miedo, le pedí que se fuera. Y claro, él estalló en rabia. Y se fue a su modo: insultando, amenazando, gruñendo, pataleando para remecerme y doblegar mi voluntad. Pero a esas alturas yo ya no estaba al alcance de sus garras. Me había rescatado. Había despertado de mi coma. Aún estaba en medio del mar, en la mitad de la tempestad, pero ya no estaba en riesgo de ahogarme. Y lo único que sabía eran dos cosas: no volvería dejar que él se me acercara jamás y ahora sólo tenía que nadar con las poquitas fuerzas que tenía hasta la orilla.

La primera etapa fue demoledora. Porque cuando de un día para otro abres los ojos, te cae una avalancha de verdades, recuerdos, hechos y emociones encima tan grande que sientes que no eres capaz de sostenerte en pie. Porque yo no desperté de un coma amoroso, desperté de un coma vital y todas las piezas de mi vida se reordenaron después de este terremoto. Así, el primer despertar fue violento, arrebatador y tremendamente doloroso. Es tanta la nitidez del nuevo paisaje que estás viendo que no crees que seas capaz de digerir tanta información. Te bombardean las preguntas. Aparecen con la rapidez de un rayo las respuestas ciertas que antes no pudiste develar. Y te duele. Te duele el alma como si te la estrujaran cuando te das cuenta de que necesitaste pasar por lo más macabro para que fueras capaz de despertar. Porque antes, tuviste señales. Porque antes Dios te mandó señales más suaves y menos horrorosas, pero tú no fuiste capaz de espabilar de tu sueño profundo. Porque de pronto descubres que el origen de todas tus heridas están nada más ni nada menos que en ti y tu capacidad para seguir con los ojos cerrados. En medio de esa maraña de dolor, también sientes la alegría más grande que hayas tenido cuando compruebas que finalmente, gracias a lo que fuera, no importa el medio, no importa el horror ya, estás despierta. Con los ojos bien abiertos. Al otro lado del umbral. Y gracias a Dios, a salvo. Lista para empezar a construir la vida que sueñas y mereces. Lista y despierta, al fin. Como me dijo hace pocos días mi amiga y colega Ale Carmona: cuando haces crisis y despiertas, es el comienzo del camino hacia tu felicidad porque ya eres libre, porque ya cumpliste con tu misión.

El comienzo del viaje fue como decía, muy doloroso. Un proceso muy íntimo y cargado de mucha pena, mucha rabia, mucho llanto, pero también de mucha fe, agradecimiento y felicidad por haberlo logrado a tiempo y por el futuro que se venía después de tamaña revelación. Ha sido un proceso muy acompañado y lleno de amor: mis amigos más íntimos, mi familia y quienes me quieren bien, saben todo lo que pasé y han estado ahí, acurrucándome y dispuestos a protegerme. Este ha sido un viaje que ahora, estoy plasmando en un libro con todos los detalles que aquí, un textito corto, no alcanzo a dar y que espero vea la luz pronto. Pero sí puedo decir que después el paisaje fue aclarando y empezaron a aparecer sin mucho esfuerzo los frutos. Las cosas buenas. Las recompensas. Los amigos buenos. Las personas que te quieren para bien. Las maravillas que antes no podía ver por estar anestesiada. Los colores. La alegría genuina. Así recuperé la capacidad de sonreír y reparé que ya no era la misma persona. Que era otra. Una persona más sabia, en paz y lúcida. Una persona que no volvería nunca más a vivir en la oscuridad. Y poco a poco, empecé a divisar la orilla que me espera: resplandeciente, bella y tal como la imaginé antes en sueños. Pero para llegar a ella, claro, tengo aún que nadar.

En eso estoy ahora: divisando la orilla hacia la cual estoy navegando. Despertar de un coma es lo que decía, un viaje hacia la claridad. No es despertar y llegar a destino. Es despertar, nadar, sanar y aprender a valorar el panorama. Y luego, al final, ver el horizonte que te espera al final. Y yo estoy disfrutando mientras me desplazo. Y trato de vivir intensamente todo lo que me está pasando en este trayecto que es el más importante de mi vida. Para ser sincera, a veces aún me agarra la rabia. La rabia contra mí misma por haber estado metida en esa historia. La rabia y la vergüenza por haberlo permitido. La rabia contra ese hombre malo. La rabia que tengo con mi miedo que me impidió hacer lo que debía hacer: denunciar. La rabia que a ratos, me ha hecho decir cosas que no quiero decir. La rabia por la impunidad en la que queda gente así para seguir haciendo de las suyas. Lo poco y nada que sé de él es eso: que sigue haciendo de las suyas. Que dice que yo estoy loca porque esa es la típica mentira de un maltratador: decir que su víctima está loca. Y sé que después de buscar velozmente un refugio, ya encontró uno donde sé por experiencia, causará estragos. Y a mí se me aprieta la guata de sólo pensar en la que viene después de mí. Y me da mucha pena saber por lo que va a pasar. Pero también sé que no puedo advertir ni rescatar a nadie porque lo primordial soy yo. Y yo, claro, que todavía no me perdono cien por ciento por haberme expuesto al horror que viví, y que aún me castigo por haber caído así de bajo, también estoy cada día más tranquila y consciente que este horror fue lo mejor que me pudo haber pasado. Y lo agradezco. Lo agradezco mucho y entonces dejo de reprocharme. Porque fue esto lo que me llevó a la crisis. Lo que me despertó del coma. Lo que me empujó definitivamente hacia mi felicidad. Lo peor es lo que me está llevando ahora hacia lo mejor. Así son las paradojas de la vida.

Ha pasado tiempo ya desde que inicié este viaje. Pero no había podido decir una sola palabra al respecto porque no me sentía capaz. Seguí escribiendo, aunque todo eso, está en el libro que de modo muy privado me ayudó a hacer catarsis y que sé ayudará a muchos otros, muchas otras, espero que luego. Pero aún no era capaz de contar esta historia más públicamente. Porque la verdad, aún tenía miedo. Aún recordaba y sentía escalofríos. Pero ahora ya no siento temor. El miedo se evaporó con el tiempo y gracias al amor que he recibido en todo este proceso. Me siento protegida por un ejército de buenas personas y completamente en pie. Por eso recién ahora, puedo compartirlo con ustedes. Porque ya no tengo miedo. Porque todo lo que pasé ya cuajó en mi corazón y me siento en condiciones para hacerlo. Porque compartir honestamente pedacitos de la vida ha sido mi compromiso desde que empecé a escribir. Porque sé que es algo que ayuda a muchas personas de manera invisible, pero poderosa. Porque como comunicadora que ha alentado a tantas personas a contar sus historias, me sentía una cobarde de no haber sido capaz aún de contar la mía. Porque sentía que estaba en deuda con mis lectores. Porque sí, aunque aún tengo vergüenza, entiendo racionalmente que no tengo nada de lo que avergonzarme. Y porque me siento orgullosa de lo que hice. De haberme salvado. Y de tener el coraje hoy día para contarles cómo fue que desperté de mi coma.

 

100 palabras

Nunca he ganado en los cuenticos del Metro. Pero he escrito para eso. Estos los mandé el año pasado. Los de este año, los publicaré después, si es que no ganan. Espero que sí porque están más puntudos. Les dejo estos, mientras tanto.

Consumo infeliz
Ahora que tenemos plata para ir a comer sushi, que podemos tomarnos varios pisco sours al hilo si queremos, ahora que andamos en auto, que tenemos cortes de pelo estilosos y que usamos ropa de marcas exclusivas, sé que no somos más felices que cuando éramos universitarios y sólo teníamos para unos completos italianos de fuente de soda, un pitcher de cerveza aguachenta, cajetillas de cigarros chicas y arrugadas, una noche entera para planear el futuro y pases escolares para atravesar la ciudad.

Calle sin salida
Llegó a la comisaria perdida y le preguntó al carabinero de guardia si conocía la calle que buscaba. El carabinero dijo afirmativo y le indicó el camino. La periodista dio dos pasos, pero se volteó para volverle a preguntar: “¿Es muy peligroso allá?”. “Nosotros no entramos por esos lados, señorita”, le respondió él. La periodista quedó perpleja. Si los carabineros no entraban a esa calle, ¿a quién pudo pedirle ayuda la última víctima de femicidio que vivió ahí?

Arresto domiciliario
Cuando el instalador puso la nueva alarma de seguridad en su casa, un día después del quinto robo, se sintió aliviado. Se preparó un café y se sentó en el sofá del enorme living. Pero cuando miró por la ventana, ya no vio la calle. Las rejas y el cerco electrificado la habían hecho desaparecer.

Vida comunitaria
Sus vecinos no la saludan en el ascensor ni en los jardines del edificio, pero ella los conoce. Sabe que el vecino del 504 sintoniza el matinal a la hora de los casos policiales, que la pareja del 403 ya no se soporta – los escucha gritonearse cada sábado sin falta – y que la chica del 502 se queda dormida llorando casi todos los días de la semana porque siente que la está dejando el tren. El tipo de la constructora le dijo que no era un problema estructural del edificio, sino que de eso se trataba la vida en comunidad.