pd: en la foto, Mohamed, el chico somalí refugiado en Chile y yo, la reportera.

TINTA ROJA

Todos ya lo saben. Mis colegas, amigos, familiares, compañeros de pega, fotógrafos entrañables, editores que me han enseñado un mundo, toda esa red de gente que me permitió vivir este momento surrealista y definitivamente emocionante. Ahora, es hora de compartirlo con ustedes, mis fieles lectores: esta semana me avisaron que estoy entre los tres primeros lugares de América Latina y el Caribe del Premio Lorenzo Natali, un galardón que entrega la Comisión Europea a todos los reporteros del mundo que escribieron en defensa de la democracia y los derechos humanos. (www.premionatali.eu) Postulé junto con 1500 periodistas de todos los continentes con un reportaje de la revista colorinche sobre la historia de un refugiado somalí que llegó por error a nuestro país, una experiencia de vida estremecedora que hasta el día de hoy tiene sus secuelas. A Mohamed lo entrevisté y me hice su amiga. Todavía lo somos. Su vida, su pena, su esperanza, su dulce alegría de estar vivo a pesar de la distancia con los suyos, son nudos que todavía se me arman en la guata. Escribí su historia con el firme propósito de que alguien más se estremeciera, se enrabiara por las absurdas normas que separan a la gente de sus seres queridos, para que alguien moviera un dedo, para que la diplomacia desde sus alcurnias lo acogiera, para que Mohamed volviera a ser feliz. Pero jamás pensé que esa historia me daría esta alegría extra. Pronto viajo a Bruselas a recibir esta distinción. Soy la única chilena que va. No sé si gane el primer lugar o el tercero, pero el sólo hecho de que reconocieran ese trabajo donde puse sangre, vida y alma, es una emoción que de vez en cuando se me escapa en gruesos lagrimones. Espero poder contarles cómo me fue por esos lados apenas vuelva. Espero poder representar bien a todos mis compañeros y colegas periodistas que creen firmemente en que nuestro oficio puede cambiar cosas y abrir cabezas. Y que día a día se la juegan por eso, en silencio. Para todos ellos, esta alegría también es de ustedes.
pd: estaré allá desde el 1 de mayo hasta el 12. También voy a Paris, donde mi amigo dominicano José me recibirá. De regreso, todos los detalles.

PIEL DE JAGUAR

El baño es una nube de humo de cigarro y ceniceros llenos a estas horas de la tarde en la revista. Quedan pocas chicas sentadas frente a sus computadores. Afuera, ya está oscuro. Desde la ventana del baño, se ve el Metro volando a lo lejos. La Mona cierra la puerta, enciende una vela con olor a vainilla y me toma la mano. Mira las líneas rectas, marcadas en mis palmas rosadas y yo espero. Entonces me suelta una verdad a la que le he hecho el quite por años en la cara. La Mona dice que tengo una masa informe de miedos y rabias. Que un abandono con cuerpo de hombre me dejó la psiquis marcando ocupado y que necesito sacar esas cosas afuera para volver a la vida que tenía. Que soy una ostra temerosa de que le hagan daño y por eso, a veces reacciono con desprecio. Con indiferencia iracunda frente a cualquier pantalón que se me acerque. La Maca, que está sentada a mi lado fumando, me levanta una ceja con cara de te lo dije. Hace un par de días, las dos estábamos pintarrajeadas y felices de pisco sour, bailando canciones del año de la pera en medio de una fiesta repleta, saltona y recargada. No nos separamos en toda la noche. No nos perdimos el rastro. En el único descanso, un tipo de camisa blanca me ofreció ron con coca cola y yo, le respondí con la punta del zapato. Lo miré feo. Creo que también lo insulté. “Eres una pesadita”, me dijo la Maca, medio avergonzada. Pero yo, embutida en mi polera aleopardada, seguí rugiendo un par de minutos más, furiosa e inalcanzable. Al final de la fiesta, al único hombre al que traté bien y que incluso besé en la mejilla con auténtico cariño, fue a un travesti moreno que, disfrazado de conejita de pascua, me regaló unos petazetas y un huevito de chocolate. “Toma, por regia”, me dijo él. “Toma, por amorosa”, le dije yo y le di un abrazo a esa conejita pascuera de más de dos metros de alto. A menudo pienso que los gays y los travestis son los únicos hombres en los que se puede confiar. Esa noche, me quedé dormida pensando en eso. Afirmando mi arbitrariedad en un error.

Pero ahora la Mona mueve la cabeza para los dos lados. La Maca también. Los traumas de mi mano me delataron y estoy sin argumentos. En el fondo, donde todavía me queda un saldo de cordura, yo también sé que estoy mal enfocada. Que no puedo andar con una lanza en mano atravesando hombres porque sí. Muy de tigresa serán mis disfraces, pero en realidad no soy más que una gata arisca que se escabulle de los demás por miedo. Y sí, por rabia. Por la furia de saber que por un par de culpables, meto inconscientemente y sin quererlo, en el mismo saco mental a pecadores e inocentes. Porque alguien me convirtió la inocencia en un tractor demoledor de personas. Y sobre todo, porque sé que jamás recuperaré a la niña que se lanzaba con los brazos abiertos al vacío. Y ese es un luto injusto, que no debiera llevar. Simplemente no lo merecía. No me tocaba a mí. A veces estoy segura de que hubo un cortocircuito allá arriba y se equivocaron en el envío de desgracias. O que hubo una caída del sistema de compensaciones. Pero el asunto es que haya sido lo que que fuera, ya no saco nada con averiguarlo. Lo único que puedo hacer, para variar, es hacerme cargo de esta madeja, desenredarla y convertirla de nuevo en lana pura con la que pueda volver a tejer.

Soplo la vela de vainilla para que esta vez así sea.