SALUDOS PASCUEROS

He estado tres días en cama. Tenía, o mejor dicho, tengo un virus que me dejó a medio morir saltando para esta navidad, pero aquí estoy. Con todos los regalos comprados y una cara de sobreviviente con la que seguro me contratarían para la tercera temporada de Lost. Pero sólo me metí a internet para desearles a todos los fieles lectores de este blog, de la columna, de los reportajes y de cualquier cabeza de pescado de una ha escrito, una preciosa navidad junto a los suyos. A las lolas, que reciban ropa de su gusto y de su talla. A los lolos, que les regalen más cosas útiles que calcetines con rombos. Pero sobre todo, que disfruten de una noche mágica donde hasta una se siente un poco mejor persona. Un abrazo pascuero y nazareno para todos.
pd: Para los que no querían que escribiera sobre el matrimonio de la fiera, mis perdones. No me pude resistir a darle por chula y ostentosa en esta fecha de consumo, deudas y creditazos.
¡Cariños pascueros a todos!

Este fin de semana leí todos los especiales habidos y por haber sobre Pinochet. Y me emocioné con tanto dolor de los que no conozco. Y me acordé de algunas imágenes de mi propia infancia corriendo con los ojos cerrados de lacrimógenas por el centro, de la mano de mi nana embarazada de seis meses. También de tres escenas que debí haber escrito en ese momento, pero que se me quedaron atrapadas en el miedo de ver cómo aún queda gente que justifica el asesinato, la tortura y la represión brutal. Cada uno sabe por qué está de qué lado. Y aunque algunos fieles lectores no lo compartan (al igual que muchos buenos amigos que tengo sentados en la otra vereda), no puedo dejar de contarles cuáles son algunos de mis motivos. Aquí, sólo dos recuerdos del horror.
FLORES SIN DIENTES
Juntamos la plata a duras penas. No teníamos un mango en esos años, con suerte nos daban mesada para un helado de agua a la salida del colegio, pero lo hicimos igual. Mis compañeritas de octavo me pasaron la recaudación en una bolsita roja y me nombraron delegada de la misión regalo de despedida. Queríamos comprarle un ramo de flores a la Miss Juanita cuando saliéramos de la básica y nos hiciéramos grandes. Quéríamos darle una sorpresa a la profe que nos ponía apodos, que nos escuchaba como si nuestros rollos no fueran tonteras de cabras chicas, que nos había enseñado a tejer y a bordar – incluida a la Mona, que tenía una dislexia feroz – que nos tapaba los condoros adolescentes frente a inspectoras de alma marchita. Por eso queríamos un ramo lindo, grande, pero también, barato. Así es que esa tarde calurosa de diciembre, partí sola, de jumper y con la bolsita de dinero en mi mochila fluorescente a la Pérgola de las Flores. Un lugar al que jamás había ido. Una feria de claveles, rosas, gladiolos y margaritas donde todos gritaban y me mostraban arreglos colorinches embutidos en esponjas verdes. Yo miraba todo muy seria, preguntaba precios, anotaba y seguía mi recorrido. Hasta que una señora me invitó con la mano a su local. Con la otra, se tapaba la boca mientras hablaba y me enseñaba sus reliquias floreadas. Le pregunté por qué se tapaba si en esta vida había que sonreír. A ella se le aguaron los ojos. A mí también, porque enseguida comprendí que había metido la pata. La señora Gloria destapó su vergüenza y dejó al descubierto una boca mustia donde no había un solo diente. Un hoyo negro donde hacía años no se alojaba una sonrisa. De la mía no salieron más preguntas. Pero de la suya, salió el terror. La señora Gloria había nacido en el campo. Allá donde no había luz, ni agua de llave, ni autos ni televisor. Allá creció cultivando la tierra, corriendo a pata pelada, sosteniendo a una madre que de vez en cuando se enfermaba y caía en cama. Por eso, cuando cumplió 13 años, decidió venir a Santiago a trabajar, a buscar futuro, a soñar en grande. Llegó a la casa de sus abuelos en Conchalí la noche del 10 de septiembre de 1973. El otro día lo pasó embobada mirando los autos que pasaban por su calle, desde la reja de la suya. Pero en la noche, no pudo resistir la curiosidad y salió a la calle a observar los postes de la luz, esos que jamás había visto en su campo natal. Así estaba, prendada de la luz fulminante del foco, cuando una patrulla militar la detuvo por huasa, sospechosa, tontona. Cuando intentó explicarles por qué estaba ahí, mirando la luz, le cerraron la boca de una sola patada. A la pequeña Gloria la llevaron al Estadio Nacional, aunque no sabía de UP, golpes, militares ni política. Le volaron cada uno de sus dientes con golpes de metralletas, patadas y combos. No recordaba cuántos días estuvo ahí, sólo que en su cabeza intentaba cantar lo que su madre le entonaba cuando aún era más niña mientras un ratón se colaba en su entrepierna. La señora Gloria no recordaba cuándo ni cómo la soltaron. Así, sin sonrisas, con la infancia hecha añicos, condenada a la desolación de sus recuerdos. Cuando le dije que yo también tenía 13 años, me dio un abrazo en el que recuerdo que lloré impotente por no poder devolverle un pedacito de su niñez, la misma que yo tenía a esas alturas. Cuando regresé a mi casa con uno de sus arreglos entre las manos y los párpados hinchados, mamá me preguntó por qué había llorado. Ella se acuerda que le contesté: “Porque hasta hoy día no sabía que había tanta maldad”.
EL CORAZON DEL SOLDADO
Papá era un hombre sordo. No escuchaba al resto, no compartía ninguna idea que no fuera alguna que ya hubiera pasado por su cabeza, no oía mis historias imaginarias, simplemente no estaba ahí. Papá entró a los 15 años a la Escuela Militar para salvarse de un futuro en el que sus padres ya no podrían costearle la universidad. Aprendió a callar, obedecer, a cuadrarse como una estatua, a soportar las humillaciones de los castigos que lo sacaban a trotar a las 5 de la mañana en medio de la garúa, a tragarse sus pensamientos y a eliminar todos los rastros de sus emociones. Cuando pudo, se retiró del ejército para cumplir sus sueños profesionales. Pero en cierta medida, ya era tarde. Los militares le habían anulado la capacidad de oír y también, de amar sin cordones anudados a la razón. Lo habían dejado de por vida estirando las sábanas de su cama de manera enfermiza, ordenando los calcetines por colores, estirándose como un palitroque cuando no sabía enfrentar sus fugas sentimentales. Papá nunca hablaba de su época de militar, pero yo tenía mis dudas. Unas que se me hizo una necesidad aclarar cuando Pinochet quedó detenido en Londres y volvían a la palestra los degollados, los desaparecidos, los fusilados, los torturados, los fantasmas de un dolor que no sé por qué, quizás porque yo sí sentía, me ardía silenciosamente. Por eso partí a su departamento y encontré a papá como siempre. Meciéndose en su sillón de mimbre con la radio encendida. Sin rodeos le pedí que me contara de su era de soldado. Y luego, le pregunté qué habría hecho si el golpe lo hubiera pillado de uniforme. Por primera vez, papá no esquivó su respuesta. Y me dijo fuerte y claro que él era un militar constitucionalista que tenía corazón suficiente como para no pararse frente a otro ser humano y atravesarlo a balazos. Que ser soldado nunca había sido seguir las instrucciones sin pensar de un asesino en serie. Que las ideas se defendían con palabras, no con el bototo aplastante de la muerte. Ese día me levanté de mi asiento, le di un beso en la pelada y le conté que me sentía muy orgullosa de él. Creo que fue la única vez que se lo dije.
HIJO DE LA FURIA
La mamá de mi amiga era pediatra de hospital público, de ese donde mi nana había ido a parir como una vaca, según sus palabras, a su segundo hijo. De esa maternidad de berridos histéricos y enfermeras indiferentes, la mamá de mi amiga un día volvió más cabizbaja que nunca. Herida, silenciosa, con una mueca de asco en la boca. Así la vimos con mi amiga, mientras jugábamos a las barbies en el pasillo de su departamento. La tapamos a preguntas, pero la mamá de mi amiga sólo nos dio una leche con chocolate y dijo que después, cuando fuéramos grandes, nos contaría esas historias tristes. Y yo decidí esperar todos esos años. Hasta que hace poco fui a ver a mi amiga y a su mamá. Y le recordé esa tarde en que se sacó el delantal blanco con premura, como si nunca más quisiera volver a tenerlo puesto. Lo que dijo la mamá de mi amiga era el mismo terror que escuché a los 13 en la Pérgola. Siempre intuí que su derrota, tenía que ver con ese dolor subterráneo que yo sentía arrasar la ciudad por las alcantarillas. Y no estaba equivocada. La mamá de mi amiga dijo que ese día una mujer con la panza a punto de reventar llegó a la maternidad gritando de dolor y rabia. Bramaba que no quería a ese niño, que no se lo mostraran cuando saliera de su vientre, que lo escondieran, que lo mantuvieran lejos de ella. La mamá de mi amiga jamás había escuchado algo así. No entendía por qué esa mujer odiaba a su crío de esa manera. Pero durante el parto lo entendió claro. En medio de los gritos y los pujes, esa madre lanzó el puñalazo de la verdad. Ese hijo era de un militar. De alguno de los que la violaron mientras estuvo detenida con los ojos vendados, con el pánico susurrante, con los animales que le devastaron el cuerpo y la dignidad. La mamá de mi amiga tomó a ese niño después del parto y contra las peticiones de la madre, se lo mostró. Y dijo que lo que pasó después fue carne y corazón crudos. La madre vio a su bebé y vomitó hacia un lado de la cama. Vomitó dolor, ira, despecho, quizás toda la porquería que le habían incubado sin razones. Y cuando terminó y pudo ver el rostro dormido de su hijo, estiró los brazos para recibirlo y le dijo: “perdóname, perdónalo”.

MI LIBRO
Armo mi libro con fotos, recortes brillantes y recuerdos. Armo mi libro porque entiendo que sin memoria una se pierde para siempre. Armo mi libro con colores que a veces pintan mi vida. Armo mi libro con paciencia y con la fe de que mis hijos puedan verme. Armo mi libro para que alguna vez alguien pueda leerme por completo.

YEGUAS Y LEONAS
Ahora que volvieron las porristas pinochetistas, ahora que estamos viendo garras bien pintadas, ahora que una puede distinguir entre especies, lea hoy en Reportajes de www.lun.com, Adiós, mujer Yegua. Recuerde, su click es mi ascenso.

LA ERA DEL HIELO
Por Pepa Valenzuela

La vida dentro del iceberg a veces resulta cómoda. Una protegida y en pausa, mira como todos avanzan en sus vidas, cómo se aman, se pelean, se rasguñan y cicatrizan y agradece haberse metido a ese cubo donde nada pasa, donde nada te llega. Por eso estuve metida ahí un buen rato, como una cabra mañosa que se esconde debajo de las sábanas para no ir al colegio. Mirando de vez en cuando cómo todo había cambiado allá afuera, mientras yo, obstinada, quería quedarme en las mismas. Hasta que el frío del iceberg comenzó a paralizarme los huesos y sobre todo el corazón. Entonces con el alma en escarcha, decidí que ya era hora de romper la pared de hielo. Y volver a la intemperie de mi propia vida.
Es que la revuelta del regreso a Chile, la despedida súbita de papá y el encaje a lo que había quedado después de la explosión, fue un caos. Pasaron meses en que no entendía muy bien qué hábía pasado y dónde estaba mi posición en la tabla de ajedrez. Meses en los que deambulé escribiendo por inercia, sonriendo a pedido, sintiéndome un fantasma al que realmente nadie podía ver. Entonces cuando pensaba que nada podía ser peor, vino el temblor que me llevó a la cápsula de hielo: el fin del baile de máscaras con Camboya.
Después de todos los tira y afloja, Camboya me había jurado que era un converso. Que en las etapas oscuras, por fin había podido entender mi pega, mis palabras, la hecatombe que había provocado su misil de infidelidad, el tesoro que habíamos tirado a la chuña. Que era un hombre nuevo. Uno más abierto de mente, más generoso, que después de cinco años por fin me había visto de cuerpo entero. Entonces habíamos vuelto a bailar en la pista con mejores pasos, pero extrañamente menos felices. Yo no entendía muy bien por qué si su cambio era lo único que yo había deseado durante mucho tiempo. Hasta que en uno de los giros, su máscara se cayó al piso y se apagaron las luces. Y boquiabierta descubrí que el paisaje de postal no era más que una fachada de cartón. Camboya volvió a coger el teléfono para increparme. Para retarme por las palabras que salían de mis dedos, porque mi supuesta honestidad no era más que un arma para hacerle daño, decía. Entonces mientras yo escuchaba al antiguo, al de antes, entendí que ese simplemente era el de siempre. Que todo el resto había sido un simulacro. Un baile de máscaras al que la única que no había llevado disfraz era yo. Entonces miré al hombre que tenía al frente y entendí que él jamás me había visto. Que no tenía idea con quién había pasado los últimos cinco años de su vida. Pero aunque tenía la vida hecha un nudo y ese nuevo descubrimiento habría sido capaz de botarme al piso, sólo atiné a dar media vuelta y salir para siempre de ahí. No sin antes advertirle que no se le ocurriera volver a sacarme a bailar. Nadie puede hacerlo con una desconocida.
Entonces volví a casa, con los zapatos en la mano y me di cuenta de que no tenía nada. Que había hipotecado todo en alguien que no me había dado ni las gracias. Que el daño era irrecuperable. Y que no pretendía volver a exponerme de ese modo para que me aplastaran las ganas y los pocos sueños que me quedaban. Por eso, me encerré feliz en mi iceberg. Ahí donde nada pasa y donde nada te llega. Pero la escarcha en el alma ardía tanto, que me vi obligada a salir. Aquí, donde de a poco se derriten mis trozos de hielo.
pd: no lo olvide, si usted también detesta a Quenita y a las mujeres de porcelana, este domingo www.lun.com, Arriba Las Faldas