Sacarse la armadura

guerrera

Mi amiga es fuerte y aguerrida. Mi amiga me dice: “Ay no llorís, por fa”, cuando yo me emociono como las mensas y se me llenan los ojos de lágrimas. Mi amiga siempre está contenta y pareciera que nada la derrotara. Mi amiga es intrépida, atrevida y nunca me ha dicho que le tiene miedo a algo. Hace poco, mi amiga fuerte me mandó este texto. Y yo recordé que ya somos muchas las guerreras que de a poco nos vamos sacando la armadura. Y que eso es lo más valiente que una guerrera puede hacer: quedar desnuda.

Este es el texto de mi amiga:

“Una vez me encerré. Fue hace muchos años y aunque no recuerdo el momento o situación exacta, no me permití sentir más dolor. No estaba triste, no lloraba, no tenía más pena. Así fue y me resultó. Agradezco ese momento porque me permitió pasar a través de situaciones muy intensas sin desmoronarme. Fue así como me convertí en una buena amiga, una buena profesional, una buena hermana, una buena tía y una buena hija. Puse una barrera entre la tristeza y yo. No fui más vulnerable y nunca dejé que nadie viera lo que realmente me pasaba, ni siquiera yo. Lo hice para protegerme. Eran mis sentimientos o yo. Elegí lo segundo y así me salvé. Me mantuve cobijada en la razón y, sobre todo, en el humor. Ese fue mi gran compañero. Me pude reír de mi desgracia, salí adelante a punta de ironía y humor negro. Era una pesimista muy optimista, una porrista de mi vida. No había nadie que lo hiciera por mi, nadie en quien depositar el dolor o por lo menos así lo creía. Nunca me ha gustado molestar y desde niña aprendí a ser emocionalmente autónoma. Así fue como yo misma me hice cargo de mí. También de unos cuantos más: mi energía podía cargar con problemas ajenos, podía aconsejar sabiamente a otros y lo disfrutaba.

Hoy voy camino a desprenderme de los últimos botones de ese chaleco antibalas en que se trasformó mi alma. Estoy recorriendo esa ruta y me siento bien. Dejo atrás los muros y me libero de mi misma con la misma alegría de siempre, pero ahora sabiendo que soy fuerte, que alguna vez tuve que protegerme y lo logré. Me siento orgullosa porque sobreviví. No ha sido fácil y sé que este camino va a estar lleno de emociones, de esas que no me gustan, pero que ahora estoy dispuesta a enfrentar. Así ahora me permito llorar, decir lo que me pasa, hablar sin miedo, enfrentar mis penas y, con eso, querer sin límites. Me quiero y me conozco y estoy lista para dejar que otros lo hagan, que otros ahora me mimen. Me da miedo, mucho miedo, porque eso me hace vulnerable. La exposición nunca ha sido lo mío, pero estoy dispuesta a enfrentar ese miedo a la cara y enseñarle quien manda, como hace muchos años lo obligué a esconderse”.