Éste es mi cuerpo

Mi cuerpo vivió por años en silencio. Vivió quieto, tranquilo, sin molestarme ni hacer ruido, calladito y operativo en sus rincones, como una secretaria vieja y eficiente que pasa desapercibida en una oficina ochentera. Mi cuerpo estuvo mudo casi 30 años. Y quizás fue así porque durante ese tiempo tan mío no era. Yo no lo escuchaba y él intentaba no darme problemas extra. Mi cuerpo se las arreglaba por su cuenta. Cuando mi cuerpo no era mío o yo aún no había llegado a habitarlo, era un cuerpo grande, inmenso, carnoso, fuerte, atlético, ágil y rápido. Era un todoterreno que corría, comía de todo, resistía la falta de sueño, las jornadas extensas, los deportes extremos, el cigarrillo y el café de mis interminables horas de escritura, mis antojos de pizza o galletas con quesito crema o los sushis del peruano que estaba debajo de mi departamento. Ese cuerpo, era el envase de una vikinga. De la vikinga rubia, que tenía una mata de pelo gruesa e infinita, las mejillas coloradas y la cara redondita y rebosante, de la vikinga de muslos gorditos que se rozaban bajo el entrepierna y  de la guatita de Coné que permanecía impertérrita sobre el ombligo.

Cuando mi cuerpo no era mío, se alimentaba de todo y no fallaba nunca. O casi nunca, si no fuera por 1. La vez que me dio una sinusitis espantosa que no me dejaba leer, pensar, estudiar, que me hacía sentir una radio sorround permanente entre los ojos, palpitando en mis sienes, pero que en definitiva no me hizo dejar de fumar. (Cuando me operaron y me sacaron los cornetes nasales, fumé con las narices tapadas de gasa, parapetada en la ventana de mi pieza hospitalaria). 2. La lesión que me dobló en dos de miedo, que me hizo preguntarme si podría ser madre algún día, si había una madre en mí, si no sería eso la señal de todo el dolor previo que enfrentaron las mujeres de mi familia, si no era la marca indeleble de una estirpe que luchó en contra del abandono y el desamor y que luego, años después, confirmé que claro que lo era cuando una bruja sabia me lo dijo: “Un karma de tu ancestralidad femenina”. Y  3. La vez que volando en la fiebre de la influenza, con los huesos adoloridos y arropada bajo tres frazadas, tuve que escribir la entrevista de un periodista estrella que para mí no tenía mucho de lo uno ni de lo otro, pero que escribía contra el tiempo, contra el delirio del virus. Cuando apreté el botón enviar del mail, tuvieron que llevarme hecha un bulto a otra casa donde pasé semanas recuperándome, pero a medio morir saltando.

Luego, volví a ser la vikinga de siempre.

Eso, hasta que poquito antes de cumplir los 30, empezó a ocurrir la mutación. Y  empezó con la adolescencia. Estaba de vacaciones en Cuba, a mis 29, cuando la vi: una espinilla muy grande al costado de una ceja. Cuando regresé a Chile, tenía un par más. Semanas más tarde, parecía una chiquilla de 13 años que odia mirarse en el espejo: mi cara era un sarpullido y yo, vanidosa, partí al doctor. Anticonceptivos me dio el médico. Ellos taparon mi segunda pubertad hasta que aún con 30 años, desperté. Y mi alma, que dormía a pierna suelta, que estaba en una especie de coma, volvió de un sopetón a refugiarse en mi cuerpo y ahí se quedó, parapetada en su origen, en silencio y respirando, asustada, cansada de vagar por rincones que nunca le habían correspondido, reconectándose con sus raíces. Entonces, solo entonces, empecé a habitar mi cuerpo o mi cuerpo volvió a ser mío. Entonces, y solo entonces, mi cuerpo empezó a hablar por todos esos años de silencio. Y empezó a ajustarse a quien era verdaderamente yo, sin los escudos de vikinga, sin la armadura que necesité durante todo el tiempo anterior para subsistir y salir relativamente ilesa de las circunstancias. Mi cuerpo comenzó a despojarse del traje de guerrera de a poco y entonces, solo entonces, comencé a mutar.

Empecé a perder pelo. Se me caía el pelo como quien se deshoja en otoño. Por meses, temporadas, por mucho tiempo. Pelo en todos lados, pelo a pesar de las cremas, las vitaminas, los doctores, las pastillas de melissa y el aloe vera. Empecé a perder uñas. Se me deshojaban las uñas como quien iba botando capas, una por una, lentamente, sin retorno, de manera irremediable, hiciera lo que yo hiciera, se me deshojaban las uñas.  No me crecían y las que crecían, se descascaraban. Seguí perdiendo peso. En la balanza todo parecía estar bien, pero lo cierto es que frente al espejo y la mirada atónita de quienes me rodeaban, yo adelgazaba y adelgazaba comiendo exactamente lo mismo de siempre. Pero como ser delgada en este mundo es muy bien visto, todos estaban muy contentos por mí, menos yo. Yo era una vikinga aterrorizada de estar transformándose en una bailarina. Tenía pavor de presenciar una transformación que no tenía explicaciones ni diagnósticos a pesar de los cientos de exámenes y especialistas. Y yo necesitaba a mi vikinga de vuelta. ¿Y si no eres una vikinga? ¿Y si ése era solo un disfraz que escondía a la verdadera Pepa, más flaquita, más vulnerable, más frágil? ¿Yo vulnerable? Yo no era vulnerable. O eso era lo que creía. Yo me miraba en el espejo y no me reconocía.

Y de tanto no reconocerme, se me revolvió el estómago, el hogar, el centro. Y de un día para otro empecé a inflarme, inflarme mucho, inflarme tanto que creía que un día saldría volando por la ventana y flotaría por Santiago hasta la galaxia sideral. La bailarina flotaba y yo solo quería a mi vikinga. Dejé mi casa. Llegué a una casa nueva. Cuando puse todo en orden en mi casa nueva, entonces  la mutación apretó el acelerador. Mi cuerpo, cuando ya supo que estábamos muy a salvo, literalmente se desplomó. De un día para otro, empezó a rechazar varios alimentos que antes si toleraba. Le pateaban las harinas blancas, las leches, las galletas, los procesados, casi todo. ¡No quiero comer de eso!, me decía y me amenazaba con llevarme volando por los cielos si seguía alimentándome porfiadamente. De un día para otro, tampoco quiso avanzar más. Mientras corría, me llegó un dolor en la pierna izquierda y entonces todo cambió. Quedé coja. Coja por muchos meses. Dolor, lentitud obligada durante una eternidad, rehabilitación. Mientras, seguía perdiendo peso. Seguía deshojándome. Y ahora no podía correr. Caminaba con dificultad. Comía como pajarito. Los exámenes solo arrojaban pistas, no certezas. Nada grave, dijeron los médicos. Pero mi cuerpo, que ahora era mío, que sabía que yo ya había regresado a habitarlo, estaba en la UTI, descansando por todo el tiempo que no me dio problemas y se las arregló por su cuenta. A esas alturas, yo sentía que me estaba muriendo lentamente sin poder hacer nada para revertirlo.

Odié mi cuerpo, pero ya estaba dentro de él y no había posibilidad de retorno. ¿Sobrevivimos para venir a morirte ahora?, le decía. Lo odiaba con ganas. Pero una vez que una vuelve al origen es imposible regresar a la vida en coma. Odié eso también. Odié mi cuerpo, haber despertado, haber emprendido un viaje difícil, bonito, intenso que por si fuera poco, me había dejado magulladuras dolorosas en el envase. Odié mi nueva casa pensando que era la yeta de mi cuerpo aunque no tenía ni pito que tocar. Estuve en resistencia durante un tiempo. Eres mi cuerpo, pero no me gustas. Eres mío, pero estoy enojada contigo por este desplome. Él seguía durmiendo y yo lloraba porque al parecer, la vikinga todoterreno había quedado para siempre atrás.

Hasta que una se aburre hasta de sus quejidos. Porque no te queda otra que habitar tu cuerpo, cada día, cada minuto,  e intentar cuidarlo esté como esté. No hay posibilidad de desdoblamiento. Entonces de a poco, empecé a comer solo lo que él me aceptaba. Empecé a comprarle cosas que no le caían mal. Me detuve y dejé de caminar más de la cuenta. Pedí ayuda cuando me sentía incapaz. Entré a yoga para hacerme un cariño y adiestrar a mi mente saturada para que se llevara mejor con este envase nuevo que había aparecido. En las noches, me metía a la tina para darle alivio a mi pierna. Y mis articulaciones que empezaron a manifestarse, inflarse después de caminatas intensas, a reclamar descanso, como si fuera una abuelita. A veces seguía llorando, en resistencia, pero de a poquito el agua que es muy sabia, fue arrastrando esa rabia e impotencia por la cañería. Entonces mi cuerpo despertó por unos segundos de su siesta y me mostró con claridad lo que sucedía: esto no era un boicot. No era un chiste de mal gusto de su parte, mucho menos una venganza. Este era verdaderamente él: un cuerpo fue fuerte mientras duró la guerra, pero que ahora estaba cansado. Un cuerpo que ahora podía mostrar una fragilidad nunca antes pudo mostrarse porque no tuvimos tregua. Este era mi cuerpo, sin la armadura. Este era mi cuerpo, cansado. Este era mi cuerpo, en tregua. Este era mi cuerpo, sin estar de turno en la urgencia. Este era mi cuerpo, sin la alerta permanente de amenaza. Este era mi cuerpo desnudo que se mostraba tal y como era frente a mí. Este era mi cuerpo pidiéndome que ahora me hiciera cargo de él porque ya no podía hacerlo por su cuenta. Era mi cuerpo que volvía a mí, para que funcionáramos como un todo.

Eso hice entonces: tomé a mi cuerpo en brazos, a este nuevo cuerpo frágil que me costó tanto aceptar, reconocer como mío, y empecé a cuidarlo escuchando solo la voz de mi intuición. Todavía no tengo un diagnóstico ni una causa médica aparente para lo que me sucede, lo que sigue sucediendo y lo que ya no sé si se detendrá. Sigo sin poder comer de todo y no he podido volver a correr ni hacer deportes fuertes, como los practicaba antes. Solo puedo estar en yoga porque mi cuerpo, aún me duele. He visto todo tipo de médicos y sanadores. Algunas cosas me han ayudado un poquito, pero nada ha sido determinante hasta ahora. Ahora la vikinga es un recuerdo lejano y cuando me miro en el espejo veo a otra persona. A una bailarina deshojada. A una mujer más frágil que tuvo que aprender a ir más lento, a vivir a otro ritmo, a cuidarse, a abstenerse, a decir que no, a cocinarse sus propias recetas. Ahora cuando me miro en el espejo veo un cuerpo nuevo, sin disfraces ni escudos. Un cuerpo debilitado que duele, reclama, un cuerpo delicado que ya no me acompaña a todas, pero que espero me acompañe en la aventura que viene y que soñé durante tantos años. Pero aprendí a hacerme cargo de él. Y de a poco, a quererlo. A respetarlo tal y como es. A aceptar que no es el mismo, que quizás nunca lo será, que tiene sus fallas, pero así debo amarlo y acunarlo lo que más pueda. Porque sea como sea, esté como esté, éste es mi cuerpo. Mi cuerpo que regresó de la guerra con múltiples heridas. Mi cuerpo que a pesar de eso, no me abandonó. Y enclenque y todo, está aquí, conmigo, por primera vez, todo en uno.

 

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