Apuntes sobre el territorio amoroso
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67. El hombre de antes, distinguía dos tipos de mujeres: la mujer para casarse y la mujer para pasarlo bien. La mujer para casarse era una señorita educada y ojalá muy discreta en todo aspecto que ellos pudieran imaginar como la santa madre de sus hijos. La mujer para pasarlo bien era la que ellos, en el fondo de su corazón, habrían querido todas las noches en su cama, pero que jamás le hubieran presentado a su familia circunspecta. Las mujeres para casarse obtenían la estabilidad del hombre de antes. Las mujeres para pasarlo bien, su amor aunque a escondidas. El hombre de ahora, ese que está en la quemada de las decisiones, ya no hace la misma distinción. El hombre de ahora distingue otros dos tipos de mujeres: la mujer fácil de llevar y la mujer difícil de llevar. La mujer fácil de llevar, es que la que se parece a su madre y jamás les llevarán la contra. Esas son las mujeres para casarse de hoy para el 95% de los hombres actuales. La mujer difícil de llevar es la par, la mujer independiente, con opinión, que los hace cuestionarse y en el fondo de sus corazones, les aporta la intensidad, la chispa, el remezón. Las mujeres difíciles de llevar son las que quieren, pero no se atreven a tener. Son las entretenidas que añoran, pero que terminan estando solas o para la diversión del hombre de ahora quien a la hora de los quiubos, se quedará en definitiva con la mujer fácil de llevar para la vida entera. Aunque con ello, se aburran por el resto de sus cobardes días.
68. El lesbianismo es una opción sumamente inteligente.
69. El hombre sin ganas es una lata. El hombre con demasiadas ganas es un peligro ginecológico.
70. En el fondo de cada mujer, hasta de la más independiente, hay una princesa estúpidamente rosada que espera al príncipe azul. En el fondo de cada hombre, hasta del más sensato de todos, hay un actor porno imparable.
71. Nada más peligroso en el mundo que una mujer dolida.
72. Un dato: no hay nada más sencillo en el mundo que reconquistar a una mujer.
73. La democratización del sexo acabó con el romanticismo. Ahora, como el objetivo sexual está tan al alcance de la mano, no hay necesidad de grandes proezas amorosas para conseguir algo que se estima como un intercambio básico de necesidades. Aunque este ítem se considere como una modernización social de avanzada, es falso: el fin del romanticismo por la democratización del sexo, sólo nos ha reducido a la versión más primitiva del mundo animal.
74. Para el hombre narciso, el objetivo amoroso sólo es un medio para enamorarse más de sí mismo.
75. El que busca desesperado, encuentra improvisaciones, que como tales, casi siempre resultan de mala factura.
76. Hay dos razones – una efectiva y la otra no – por las cuales las mujeres vomitamos verdades e insultos después de un desplome amoroso. La primera, es la salud mental propia. La segunda, el intento de remezón para que el otro cambie, con una o en el futuro con otras. Vomitar por exclusivas razones de salud mental es una terapia que la mayoría de las veces, resulta ciento por ciento exitosa en la medida en la que una tenga claro que con el otro ya no quiere una segunda vuelta ni nada por el estilo. Es decir, cuando una lo hace sólo con el egoísta objetivo de sacarse un peso de encima. Pero vomitar para intentar remecer al otro con miras de cambio, es un sinsentido que jamás funciona. La gran mayoría de las personas y sobre todo los hombres, odian que les digan sus defectos. Por lo tanto, sólo tomarán ese vómito como la comprobación de que no tienen nada que hacer con alguien que les descubrió las fallas y nunca como un incentivo para hacerse mejores productos amatorios. Por lo tanto, si quiere provocar un cambio, guárdese sus verdades y sus docentes ganas de dar una lección de vida. Frente a eso, la única perjudicada será usted.
77. El peor momento de una relación amorosa no es el quiebre, sino la incertidumbre.
78. En materias amorosas no se pueden hacer declaraciones de principios tajantes. Casi siempre, lo que una jura que no hará jamás termina haciéndolo con el escupo en la mitad de la cara.
79. Hay hombres y mujeres que sólo aman cuando no las aman. Dime que no, como decía Arjona. Pero eso no tiene nada que ver con el amor. Eso, aquí y en la quebrada del ají se llama masoquismo.


Duelo triple

Por Pepa Valenzuela

Estoy en pijama, con los ojos hinchados de tanto llorar y el pelo revuelto cuando suena el timbre de mi departamento. Es la Carlita. Viene en mi rescate con una coca cola light en la mano y un paquete de cereales en la otra. “¿Viste? No te traje pisco sour”, me dice mi amiga y entra como Pedro por su casa, me da un abrazo de oso mientras yo le mojo con lagrimones su polera, se hace unos cereales con yogurt, me da bebida y se sienta en la alfombra de mi living. Hace un mes justo que a las dos, a las tres en realidad, porque la Cata no está porque está en las clases de su diplomado, pero anda en las mismas que nosotras, se nos desmoronó el mundo. Fue de un día para otro y como en un efecto dominó. Primero la Cata terminó una relación de dos años y medio sin recibir ninguna explicación razonable. Después vine yo, con un quiebre que me pilló absolutamente desprevenida en plenas fiestas patrias y en casa ajena. Y luego, la Carlita, quien hacía meses se hacía la loca supliendo el hecho de que en su hombre, le faltaba todo lo que ella necesitaba. Desde entonces estábamos las tres muy juntas. No nos dejábamos solas, por temor a caernos al suelo de la pena. Nos estábamos acompañando en un duelo triple y en la reconstrucción dando entre las tres, palos de ciegas. tres mujeres decepcionadas no son precisamente un acierto de cordura. Primero, conversamos. Conversamos hasta que nos cansamos de hablar de nuestros respectivos temas y desenrollar las madejas que nos habían dejado hechas pebre. Después, salimos. Salimos y nos tomamos hasta el agua del florero mientras hacíamos como que estábamos en nuestro mejor momento. La Carlita, cantaba en karaokes. Yo la acompañaba y la Cata nos daba apoyo moral mientras movía su humanidad tras bambalinas. También, coqueteamos. Y creímos ver señales divinas donde evidentemente no las había. Tuvimos pesadillas: la Carlita soñó con pilas supersónicas, la Cata con su hombre metido con muchas mujeres y yo, con verme de novia, pero horriblemente peinada. Y por último, nos detuvimos un poco para darnos cuenta de lo obvio: que la pena no se pasaba y necesitábamos seguir llorando un poquito más. La Cata lamó a su ex. Yo llamé al mío. Y la Carlita, entró en el autismo amoroso. Mientras les pedí a las dos, que por favor, frenáramos el desenfreno. Y hoy día, a la Carlita, que por favor viniera a darme un abrazo porque mi cuerpo no podía más con la tristeza.
La Carlita me da bebida, me enciende un cigarro, me escucha y luego dice lo que haría en mi lugar. Lo anoto mentalmente porque creo que ella está en mejores condiciones que yo para tener la custodia de mi comportamiento. No exponerse más, dice la Carlita. No buscar más respuestas del otro. No al sentimiento de culpa ni al autocastigo. Sólo apelar a la tranquilidad, a la convalescencia a solas. La Carlita, que es sicóloga, viene con look nuevo. Estaba rubia, pero ahora está morena. Le pregunto por qué se tiñó, si rubia se sentía tan contenta y llamativa. La Carlita no me contesta, pero se le aguan los ojos. Entonces sé que es el castigo que se impuso y la pillo de sorpresa con esa afirmación. “En realidad, es cierto. No quiero que nadie me vea. Quiero ser invisible”, me explica y se ovilla sobre su propio cuerpo. Yo la abrazo y le saco el pelo moreno de la cara. La Carlita me dice que no entiende nada de lo que está pasando. Que no sabe por qué nos tocó a nosotras y a estas alturas, tan aterradoramente cerca de los treinta, estar de nuevo solas. Yo tampoco tengo una respuesta para eso. Pero cuando las dos estamos echadas sobre mi cama viendo Donde Está Elisa y nos tapamos los ojos con las dos manos en el final del capítulo, al menos agradezco que ahora, cuando más las necesito, tengo a dos amigas que a pesar de estar igual de tambaleantes que yo, vienen a mi rescate cuando grito.