Foto: Con José, arriba de la moto en Isla de Pascua, recuperando la felicidad.

Cuenta regresiva 2
Por Pepa Valenzuela

Al 2008 llegué gateando. Hecha trizas, con demasiadas horas de sueño perdidas, con una pena que me carcomía las tripas, con mucha rabia acumulada, ojeras que pateaba cada mañana que despertaba aún en el departamento donde vivía con mamá y con una enfermedad silenciosa que me avanzaba por lo más sagrado que tiene mi cuerpo. La historia con los mendigos en las torres y la eterna construcción del Hospital de la Católica me habían devastado hasta físicamente. Y yo, en enero seguía sin saberlo. Dentro de mi cansancio e impotencia, sólo pensaba que los primeros días de febrero, al fin podría descansar en donde había soñado desde chica: mi departamento propio. Así fue: después de varios tiras y aflojas, el 7 de febrero – el mismo día que paradójicamente pusieron la reja por la que tanto peleé – y arriba de una camioneta donde me vine con el pelo al viento sujetando mis cosas, me cambié a mi lindo espacio nuevo que hasta ahora, cuido con obsesión. Con las poquitas energías que me quedaban, lo adorné, le puse fotos, lo decoré a mi gusto. Pinté un cuadro enorme con flores fucsias para mi nueva pieza. Armé un estante donde guardo mis revistas y fui poniéndole cositas de a poco. Y dormí. Dormí como nunca lo había hecho. Dormí doce, trece horas por noche. Dormí para seguir durmiendo a veces una siesta. Dormí por todos los años que los gritos callejeros y los taladros nocturnos me lo impidieron. Dormí y cuando pude despertar al menos un poco, empecé a salir de mi letargo lentamente. También, empecé de nuevo a abrir un corazón que había clausurado hacía dos años desde la partida de Camboya. Fue cuando empecé a sonreír de nuevo y me caí con el primero. Había perdido práctica en esas lides y volví a llorar como china, hecha un ovillo en mi cama, apretándome las entrañas. Me había olvidado que algunos hombres son muy buenos para mentir. Pero volví a sonreír y esta vez más rápido: una vez que una descubre que nadie muere por un miserable, la cosa se vuelve más fácil. Entonces vino un espejismo que tenía buena cara, pero me generaba sospechas. Y un hombre bueno a quien en un principio no pude ver bien. Una bruja que me dejó una gran pregunta sobre quién sería este hombre en mi futuro. Y luego, el mejor descubrimiento que tuve este año: mi José. El 2008 me enamoré a la inversa que otras veces. Me enamoré de José despacio, de adentro hacia fuera, como una semillita de la que brotan pétalos cada día. El 2008 me dejé abrazar y me llevé una gran sorpresa. El 2008 descubrí cómo ama un hombre generoso y cuánta falta me había hecho conocer algo así. El 2008 viajé con él hacia el sueño de la Isla de Pascua y recordé ahí cómo se sentía la felicidad arriba de una moto abrazada a su cintura, cantando con mucho aire entrándome por la boca y oliéndole el cuello. El 2008 José me dio el mejor regalo que alguien me pudo hacer: una noche oscura y llena de estrellas a la orilla del mar isleño congelada en la memoria en caso de necesitar un oasis instantáneo donde viajar. Y la certeza de que el amor sanito y puro, tal y como lo quería, no era una utopía exclusiva de los cuentos de hadas que me leía mamá.
También el 2008 entendí que las penas se alojaban en el cuerpo. Y que ese año de pesadilla me había dejado una secuela tan dolorosa que por mucho tiempo no pude hablar de ella sin largarme a llorar. El 2008 entré a pabellón para que me salvaran un tesoro que antes jamás había valorado. Y así fue como este año, aprendí después de litros y litros de lágrimas, de noches en vela, frente al pánico del abismo de la muerte, cuánto quiero ser mamá. Cuánto he esperado a una Antonia y a un Emilio pequeñitos que un día me hagan reírme de ese lapso en el hospital. El 2008 estuve dos semanas en cama sin moverme para cumplir ese sueño. Y en esos días de inmovilidad aprendí a ver mi cuerpo lleno de flores de colores en mi mente y escribí. Escribí tanto que terminé la que será mi primera novela: El resort de los mendigos que saldrá publicada este 2009 si El Jefe quiere. También pensé en mi futuro. Y cuando apenas daba los primeros pasos, creo que el de arriba me mandó una buena señal: desde Francia me decían que volvía a ganar el Premio Lorenzo Natali para periodistas que defienden la democracia y los derechos humanos. Recién dada de alta, el 2008 volé a Paris donde conocí a otros periodistas del mundo arrojados, valientes, profesionales. Hice dos amigos entrañables que extraño día a día y espero algún día ver en Marruecos y en Sudáfrica. Y cuando volví con mi segunda estrellita en la mano, también supe, mirando hacia atrás, que incluso en el infierno había habido milagros. El 2008 conocí bicicleteando arduamente en el gimnasio a una amiga dulce, admirable y cariñosa que este año se tuvo que rearmar de sus cenizas, solita, para volver a caminar. Por ella y por su hijo, que es un campeón de casi todo lo que le pongan por delante. El 2008, la Andrea nos anunció en un almuerzo de día laboral a mí y a la Caro que se casaba con Pablo y que quería que fuéramos sus madrinas. La abrazamos llorando y pedimos tres pisco sours para celebrar.
El 2008 mientras estaba en cama, mi mejor amigo también anunció matrimonio con su linda novia. El 2008 a pesar de todo, empecé a trabajar en La Nación Domingo con una periodista talentosa que al tiempo se reveló como una mujer espectacular. Espero seguir trabajando ahí y con ella por mucho tiempo más. El 2008 llevé junto con José y sus sobrinos a mi Pablito al Mampato y tuvimos una tarde tan bonita que todo el cansancio posterior se volvió un pelito de la cola. A fines del año, también tuve a veinticinco alumnos que me llenaron el alma de alegría y que en la última clase se despidieron de mí con un abrazo y casi me hicieron llorar. Profesional, me aguanté las ganas. El 2008 mamá empezó a rearmar su panorama diario y ahora cuenta con amigos que todos los días la llaman para saber como está y la invitan a salir. El 2008 tuve un mail raro, pero bonito que jamás pensé que recibiría y la oportunidad de hablar con una especie de clon invisible a través de su correo. Pero sobre todo, el 2008 me volví a poner en pie y me fui sanando lentamente de mis heridas de guerra gracias a la pomadita gratuita, perseverante y revitalizadora que me regaló José, a quien este 2009 espero devolverle la mano con el mismo amor, el mismo cuidado y la misma constancia con la que él me sostuvo durante ese largo naufragio.

Una cosa importante: ahora tengo blog en La Tercera donde espero seguir escribiendo historias. Quizás no las mías, pero sí las de otros. Todo, eso sí, con mis manos.
Así es que visite y postee en tiempos de crisis en: http://blog.latercera.com/blog/mpcuevas/

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