DEUDA DULCE
Estoy en la recepción de mi edificio con mi notebook, una coca cola, mi cajetilla de cigarros y mi celular. El sol afuera, quema y yo estoy hecha una sopa horrenda: transpiro, tengo un moño cuete y ni una gota de pintura. Pero obligada por los ruidos infernales de la contru que tengo al lado de mi pieza, me tuve que venir a escribir acá abajo mi columna semanal. Tecleo, anoto ideas. Entran y salen vecinos. Paf, suena la puerta de entrada del edificio. Circulan obreros de la contru por fuera. Entra El vecino, guapísimo en sus jeans y me ve convertida en este harapo. Qué mala suerte la mía. Y de repente una señora de pelo blanco y ojos verdes, hermosa, pero con un solo diente, se me acerca a pedirme un cigarro. Se me instala a conversar. La señora me cuenta que es mensajera, que toda su vida ha repartido tarjetas de crédito y bancarias en bicicleta. Que le han abierto la puerta desde sicóticos hasta ángeles reencarnados. Tiene un español exquisito y una cultura envidiable. La señora mensajera escucha a Schubert, lee buena literatura y usa unas palabras preciosas que prácticamente están en desuso. Sus historias me hipnotizan. Dejo tirada la columna. La señora mensajera me cuenta acerca de mansiones donde reinaba el vacío a las que fue invitada a tomarse un juguito de pasada, de un viaje eterno en bicicleta que hizo al campo, de su casa en Conchalí, de los hijos que no tuvo y del porqué decidió no casarse. “Tengo mucho carácter y soy muy decidida. Y a los tipos en general, eso les da miedo. Yo soy muy feliz así, pero a veces, me dan ganas de tener a alguien con quien compartir esta felicidad”, me dice. La señora mensajera me muestra que puede escribir su nombre con ambas manos, se fuma un cigarrillo más, agarra su bicicleta y sale hacia el sol quemante.
Y yo, dejo botada otro rato mi columna porque me quedo pensando en lo que me dijo. A veces yo tengo la misma sensación: asusto porque también tengo mucho carácter y soy muy decidida. Y para más remate, escribo con la honestidad de la guata y no me sé callar. No sé mentir. No sé suavizar. Digo las cosas directamente y eso parece que es muy aterrador. Sin embargo, nunca puedo decir directamente las cosas más dulces. Eso me cuesta más. Eso es lo que a mí, la mujer decidida, me da terror: quedar en evidencia, con el corazón en la mano, hablando cursilerías que quizás reboten contra una muralla. Estoy endeudada en interminables cuotas con mi lado amable. Estoy en deuda con mi corazón mudo. La última vez también lo hice así: S. era un chico muy caballero que me pasaba a buscar y a dejar, me hablaba en dialecto ingenieril, pero siempre terminaba sus historias dulcemente. Era brutalmente inteligente, pero nunca se tiraba flores. Tenía una linda timidez. Pero S. tenía el corazón damnificado y ni él mismo sabía cómo se sentía ese dolor. Todavía no había aprendido a lidiar con ese tipo de cosas, que siempre para un hombre resultan ser más desconcertantes, más sombrías e imprevistas. Dentro de lo que entendía, trató de hacérmelo saber y expresarse. Dentro de lo que yo entendía, traté de simplemente estar, aunque creía que él necesitaba otra cosa: tiempo para escucharse a sí mismo en soledad. Sin embargo, duré muy poco con mi cruzada dulce. Un buen día me dio terror y arranqué, a pesar de que tenía unas ganas feroces de darle un abrazo y decirle que no tuviera pena. Unas amigas avalaron mi huida: dijeron que nadie podía ser enfermera de nadie y que esas cosas pasan sólo con la pomadita del tiempo. En eso, yo estaba de acuerdo. Pero lo mío, no era un plan de rehabilitación. A patadas puedo con mi propia alma. Lo mío, eran puras y blancas ganas de darle un solo abrazo y decirle que no tuviera pena. Pero en vez de eso, sólo atiné a bloquear mi arranque de ternura y bajar la cortina. Correr lejos, bien lejos. Y poner a resguardo una idea de dignidad que cada día me parece más insignificante. Todavía a veces siento el reclamo de ese abrazo en bodega. Y pienso en cómo pagar la deuda que finalmente es conmigo, con lo que yo quería hacer. Sin embargo, lo único que logro es ponerme más candados y obstáculos, para no dejar ese lado de mí suelto por la vida y haciendo de las suyas.
Baja el sol y me llega de frente. Transpiro más y los dedos se me pegan en el teclado. Los vecinos salen y entran del edificio. La coca cola está caliente. Le pongo punto final a mi columna y guardo mis cachivaches para subir y mandar mi texto. Y en la noche sueño que voy en bicicleta repartiendo abrazos casa por casa por toda la gran ciudad.