Días de resistencia

Una amiga me contaba el otro día, que hace mucho tiempo, ella también estuvo en resistencia. Fue cuando al despertar, descubrió que estaba tiesa. Que no podía moverse. Que su cuerpo no le respondía. Rodó hacia el piso. Entonces con un dolor monumental, solo atinó a hacer una posición de rezo tibetano que había aprendido hacía poco en el que desplazaba su cuerpo por el suelo, de atrás hacia adelante, una y otra vez, lenta y dolorosamente. Entonces, cuando estaba tiesa, mi amiga que parece estar muy en paz con todo, resistió. Lloró, renegó, se llenó de rabia y se preguntó varias veces por qué a ella. Pero la inmovilidad permaneció, inmutable a su lado por un par de meses. Solo cuando aceptó que estaba tiesa y que ésa era su nueva realidad, de a poco, su cuerpo empezó a aflojar. Al tiempo, recuperó la movilidad. Pocos días más tarde, otra buena amiga me contó una historia parecida acerca de la época en que le dieron ataques de pánico. Maldijo, lloró, resistió la invalidez del terror súbito que de repente le venía. Pero de un día para otro, las crisis pasaron. Fue después de que se dijo a sí misma: “Bueno, acéptate. Ahora tienes estas crisis, no puedes andar sola, estás frágil”.
Mis amigas no me contaron estas cosas mágicas a pito de nada. Me lo contaron cuando les confesé que yo recién estaba saliendo de mi etapa de resistencia. Como si fuera una mutante, de un día a otro, me fragilicé. Apenas podía caminar y comer. Y tuve que empezar a hacerlo como si fuera de cristal. Durante el primer periodo, me escondí del mundo lo mejor que pude. Yo, que era la todoterreno, la corredora, la divertida, la chistosa, la mina que se las podía todas, de repente era un pollo mojado que apenas podía moverse y comía de a poquito solo ciertas cosas. Claramente no quería que nadie me viera así. Me sentía miserable. Pero además, no quería que nadie presenciara mi resistencia. Lloré como loca, insulté mi mala suerte, amenacé (no sé bien a quién) y pataleé con ira. Quería volver a ser lo que era. Me negaba a estar así. Era tan grande mi soberbia que no veía que eso no era algo que mandara yo, sino que la vida me estaba poniendo esa experiencia con un para qué.
Estaba tan en resistencia, que incluso pretendí seguir haciendo mi vida al mismo ritmo que antes, tratando de ignorar mi nueva fragilidad, como si eso se pudiera. Solo logré fragilizarme aún más. Lloré y lloré. Vacié y vacié mi resistencia, siempre a solas, porque de algún modo también estar así, tan porfiada, furibunda y negativa, me daba vergüenza de mí misma: no me parecía en nada a esa gente que aparece en las noticias o en las películas que frente a la adversidad, se ponen positivos y se juran a sí mismos salir adelante. Yo solo era un trapo que lloraba, se quejaba y se resistía a estar así. Pero un buen día me cansé físicamente de estar métale reclamo y llanto. Y empecé a operar, al nuevo ritmo. A aceptar de a poco que ésta era mi nueva situación y me gustara o no, tendría que aprender a lidiar con ella. Tarde, pero también llegó el momento en el que me entregué y me dije: “Ok, esta es la Pepa de ahora, más lenta y delicada y la tengo que cuidar”. Entonces empecé a cocinarme. Rechacé varios trabajos sacrificados que antes habría hecho poniendo mi cuerpo a prueba y empecé a medir mis nuevos límites para no pasarme. Y aunque mi recuperación no ha sido instantánea ni sobrenatural, sí desde que dejé de resistir, empecé a salir muy despacito de esta nueva debilidad. Ahí está todavía ella, pero ahora acogida y regaloneada por mí. Y su presencia ya no se me hace una molestia. De a poco, nos hemos ido haciendo amigas. Y aunque al principio jamás lo hubiera pensado, me ha enseñado varias cosas que de otro modo nunca habría descubierto. ¿Cómo termina esta historia? Aún no sé, pero puedo imaginarlo porque los finales así son predecibles: cuando me encariñe con esta debilidad nueva, ella se irá para otro lado. Y después, desde el pasado, me mandará a decir: prueba superada, Pepita cabeza dura.

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Vivir la vida

Siempre les digo lo mismo a mis alumnos la última clase antes de las fiestas patrias: que se cuiden. Que no manejen borrachos. Que no se suban a autos de gente que está borracha. Que no tomen cualquier cosa. Que coman también. Que disfruten, pero con mucho resguardo porque en estas fechas la gente se pone como loca, eufórica y aumenta la fiesta, pero también el peligro. Ahí me sale la mami vieja escuela que llevo dentro. Ahí se me quita todo lo punk y moderna que puedo ser a ratos: cuando me imagino que a mis chiquillos les puede pasar algo en ese afán adolescente de creer que sólo a través de la intensidad, se vive la vida de verdad. Porque hay mucha gente que cree eso: que vivir la vida es hacerlas todas, hasta el extremo, convertirse en una especie de muñeco a pilas que prueba por aquí, hace por allá, se cansa hasta lo indecible y luego dice, muy satisfecho de regreso a su rutina: qué manera de pasarlo bien.

En fiestas patrias, eso se replica por mil: en familias que salen apuradas, al lote, llenas de aparatajes arriba del auto, corriendo por la autopista para llegar a playas saturadas donde para ir a comprar el pan te demoras hora en auto. En gente que come hasta abarrotarse, que bebe hasta quedar dado vuelta, que fuma toda su cajetilla en una noche, que baila hasta quedar un día completo después en cama, que sube varios kilos después de tres días de bacanal, que anda en auto a la velocidad de la luz sin haber dormido lo suficiente y que entre más cosas haga y ojalá hasta su límite, más jugo siente que le ha sacado a la vida. Es como esos viajes a lugares lejanos que al final más que una travesía de descubrimiento, termina siendo una competencia por haber puesto los pies en la mayor cantidad de lugares posibles en el mapa, aunque sea por dos minutos. Todo sea por obtener de allí una foto.

Eso es vivir la vida a concho para muchas personas: hacerlo todo, hacerlo rápido, hacerlo hasta estrujarse por completo. Vivir la vida como sinónimo de una maratón donde la cosa es llegar, cumplir, sin haber siquiera visto, menos disfrutado del paisaje. Este fin de semana no hice casi nada. Fue uno de los fines de semana que he vivido más a concho en mi vida. Entre lo poco que hice, fue ver una película muy linda en la que decían en una parte: lo que da miedo no es la muerte, sino que haya gente que nunca vive su vida. Y eso vale también para la gente que cree que las hace todas, que ha probado todas las experiencias del mundo hasta el hartazgo, tan intensamente. Porque vivir la vida no tiene que ver con sacarse el jugo. Con explotarse. Con agotar todas las posibilidades. Con morir acumulando cantidades de experiencias y vértigos más extremos que el de al lado. Tiene que ver mucho más con disfrutar y atesorar lo que una vive, aunque eso sea una quietud absoluta o haciendo algo que no salga para nada de lo común y corriente. Vivir la vida también puede hacerse a través de la paz. O de no hacer nada. O de descansar, caminar lento, pensar o respirar. Lejos de la lógica del consumo que dice que mientras más, mejor, vivir de verdad tiene mucho más que ver con calidad. Y la calidad se moldea entrenando la conciencia para apreciar cada momento, por pequeño o simple que sea. Y de repente una necesita la fiesta para bailar durante horas hasta quedar cansadísima. Pero otras veces, vivir la vida puede ser irse a una playa pelada a hacer nada más que respirar. O echarse en un sofá a leer un buen libro. O quedarse en Santiago mientras todo el mundo va de fonda en fonda, bebiendo mucho vino y chicha. Eso se ha ido convirtiendo para mí, con el paso del tiempo, eso de vivir la vida: sacarle el jugo a lo que necesito. Y me doy cuenta de que cada vez, necesito de menos cosas para vivir mi vida a concho.

Taller de escritura Puertas Adentro (agosto y septiembre 2014)

taller sala26Hace muchos años, hice dos talleres en la Zona de Contacto de El Mercurio. Este año, llevo dos talleres de escritura con más de 20 alumnos. El taller es una experiencia muy bonita: aprendemos a escribir, reflexionamos sobre nuestra experiencia y los recuerdos, nos detenemos en lo que a ratos no tenemos tiempo para detenernos, compartimos, nos emocionamos, pensamos, buscamos fórmulas, jugamos con el lenguaje y de algún modo, volvemos a ser personas. No se pierdan el taller de agosto y septiembre que daré en Sala 26. El valor es 40 mil mensual. Será todos los lunes a las 19 hrs, detrás del Gam, en la calle Villavicencio, pleno barrio Lastarria. Para preguntas e inscripciones solo tienen que escribir a tallersala26@gmail.com y entusiasmarse, que los estaré esperando con todas las ganas y el cariño de siempre.

¡Los espero!

 

Rosario al hacker que me vio hasta los calzones

Hace unas semanas, un hacker, un papanatas virtual, me robó por unos días mi correo electrónica. Tal fue el desajuste y mi rabia que escribí esta columna a modo de catarsis. La moraleja es: hagan lo de la seguridad de dos pasos de gmail. No se arriesguen. Y nunca depositen plata si un amigo se lo pide por el chat de su correo. Así estafan ahora. Tengan cuidado. No caigan.

 

Por Pepa Valenzuela

A ti te hablo, infeliz, degenerado, ladrón virtual sin escrúpulos. Te hablo a ti, hacker descarado que el otro día, mientras yo hacía clases y me ganaba literalmente dos porotos por enseñarles algo productivo y útil al futuro de este país, tenías las patas para entrar a mi correo y asaltar mi intimidad desde la cobardía del anonimato. Te escribo a ti, ratón internauta, al que me arruinó el día, la semana y se apropió algo tan mío como mis calzones. Porque eso siento que me hiciste al meterte a mi correo: grabarme los calzones como ese psicópata del metro que miraba a niñitas en jumper. Entrometerte en algo que no le importa a nadie más que a mí. Dejarme cuasi desnuda. Quizás a cuántas otras personas más les has hecho la misma gracia. Pero espérate nomás, con esto te funo a ti, por mí y por todos mis compañeros.

Para que sepas: mientras tú hacías la pillería de meterte a mi correo, yo trabajaba. Trabajaba honradamente y por dos chauchas con 26 chiquillos que también quieren ganarse los piticlines honestamente en el futuro. Mientras tú me cambiabas la contraseña y los datos de verificación – porque fuiste hábil, aunque preferiste usar tu habilidad en hacerle daño al resto – yo como las mensas, les leía en voz alta a mis alumnos algunos textos y sudaba la gota gorda manteniéndolos entretenidos, interesados, curiosos, para que sean un aporte a este país algún día. Un aporte por las buenas para que mientras otros como tú, más adelante los friegue de tanto en tanto por las malas. Una preciosura. Más tarde estaba esperando en la consulta del doctor, que harto me cuesta ir a ver, cuando me di cuenta de que ya no podía ingresar a mi correo. Ahí supe que alguien me había hackeado. Unas amigas me avisaron que había alguien haciéndose pasar por mí en mi correo, pidiéndoles dinero y depósitos porque supuestamente yo estaba en apuros. Nadie te creyó: la petición de mi parte era rara porque jamás pido plata (me puedo llegar a morir de vergüenza, aprende) y lo otro, es que jamás podrías imitar el modo en el que escribo. Porque mientras tú robas, yo en eso me gano la vida: escribiendo.

Tuve que salir corriendo del doctor. No pude hacer ni la mitad de las cosas que debía ese día por arreglar el entuerto en el que me metiste. Y no pude arreglarlo rápidamente, a pesar de la ayuda de varios amigos e incluso desconocidos que por las redes sociales intentaron darme una mano. Mira qué sinsentido: me arrebataste mi principal herramienta de trabajo, donde guardo mis correos importantes, mis textos, donde mantengo comunicación con mis entrevistados y mis alumnos. Me arrebataste recuerdos importantes y para nada. Porque yo quedé sin correo y tú no conseguiste que nadie te creyera el cuento del tío, por lo tanto, no recibiste un solo peso. Una tontera para alguien lo suficientemente inteligente para robar claves cibernéticamente. Por eso para mí no eres igual que el tipo que me quitó el iphone en la calle de un agarrón. Ni como el cabro chico que metió la mano en mi cartera en el centro para sacar mi billetera. Para mí eres peor. Porque si tienes la inteligencia para hacer lo que hiciste, si tienes esos recursos, podrías hacer algo útil y provechoso para ganar dinero en vez de estar burlando a los demás. Podrías ganar mucho y honestamente, usando esa capacidad. Pero lo tuyo es una maldad por opción. Una maldad burda, por lo demás. ¿Robar claves y hacer tremenda pillería para terminar haciendo el mismo cuento del tío que hacen los presos desde la cárcel? ¿En serio? Esperaba un poquito más de sofisticación de tu parte. Bueno. Me hiciste llorar, patalear, sufrir, atrasaste mi trabajo, me dejaste insomne porque lo que hiciste fue parecido a un asalto, aunque los asaltantes al menos dan la cara (o el pasamontañas).

 

Pero mientras tú quedaste con cuello, yo comprobé que en el mundo aún hay personas buenas y generosas. Varios amigos que se pasaron varias horas navegando para recuperar mi cuenta. Y hubo anónimos que de la nada, casi montaron una operación nivel Nasa para ayudarme. Mientras tú eres un pobre ladrón, yo soy una verdadera millonaria. Una que además, ahora puede decirle al resto, que pongan todas las barreras de seguridad en sus correos para que papanatas como tú no tengan ninguna opción de hacer sus cochinadas. ¿Cómo te quedó el ojo, proyecto de ser humano? (Y agradece que no te insulto más, porque soy una dama).

Perderlo todo

Esta columna fue escrita un día después del incendio en Valparaíso. Fue escrita originalmente para otro sitio, pero finalmente no salió, por razones misteriosas. Acá se las dejo.

En Chile convivimos con la certeza irrefutable de que nada es para siempre. Que todo puede acabarse de un día para otro. Que podemos perder todo lo que teníamos en un abrir y cerrar de ojos. En el último tiempo, esa verdad nos ha azotado con una fuerza brutal y dolorosa. En menos de dos semanas, el terremoto en el norte y el incendio implacable en Valparaíso nos mostraron esa vulnerabilidad que de tan grande, dan ganas de no mirarla a los ojos: todo lo que hasta ese momento conocías, se puede derrumbar en un segundo. Siempre estamos expuestos a perder algo o a perderlo todo. Y claro, que el mundo dispar que nosotros mismos hemos construido ha puesto en mayor riesgo a unos más que a otros.

Vivimos en la mitad de esa evidencia y el intento por olvidarnos de ella, como un antídoto para sortear el miedo, para mantenernos en pie y seguir funcionando cada día con la secreta esperanza de que cuando venga una catástrofe, no nos tocará a nosotros ni afectará a quienes queremos. Pidiendo que ojalá nunca nos toque perderlo todo. Que nunca seamos nosotros quienes un mal día nos veamos enfrentados al micrófono de un periodista sin tino preguntándonos qué se siente no tener nada de lo que teníamos ayer. Perderlo todo es algo que ni siquiera alcanzamos a dimensionar. Menos en un mundo donde casi todo está enfocado en tener: para la mayoría, tener algo como un salvavidas para mantenerse a flote, para otros, tenerlo todo y a toda costa, como un estilo de vida.

No sabemos lo que es perder todo, pero intuimos que es de las peores desgracias que nos pueden suceder. Y para los damnificados del terremoto, del incendio, de estas catástrofes infames quedar sin sus hogares, sus recuerdos, lo que con años de esfuerzo lograron formar, es una desgracia tremenda. Pero ellos no han perdido todo. Porque sólo se pierde todo cuando uno se ha perdido a sí mismo. Cuando uno se abandona, se entrega y se resigna. Cuando se vive sin dar la pelea diaria, cuando se respira sin consecuencia, cuando se acepta lo inaceptable tragándose esa impotencia, cuando se doblan los principios por conveniencias, cuando se opta por abstenerse sin tomar alguna posición con tal de no incomodar a quienes no conviene incomodar, cuando se olvidan las lealtades, los amores y los orígenes, cuando se pasa a llevar lo que uno es o se pasa a llevar al resto con tal de alcanzar ciertas metas, cuando se entrega el alma a cambio de una posición, cuando se anestesia la conciencia con autodestrucción, cuando uno deja de ser persona para convertirse en un robot. Sólo entonces, uno ha perdido todo. Sólo entonces, se ha perdido algo irrecuperable. Los afectados por estas catástrofes no quedaron vacíos, tienen lo más importante: en pleno dolor, le dicen al mundo que van a salir adelante, que lo material se recupera, que van a partir desde cero, que van a seguir luchando. Nos han dado un ejemplo de riqueza que ya se la quisieran quienes verdaderamente lo han perdido todo sin siquiera darse cuenta o sin que les importe demasiado. La pérdida total es un fenómeno menos visible que un accidente o los estragos de la naturaleza. Es un fenómeno mucho más frecuente y común que las emergencias. Es un proceso diario, progresivo, personal y que tiene que ver con lo único que verdaderamente tenemos: nuestra conciencia.

Concepto MILF

 

Por Pepa Valenzuela

Y ahora que Sigrid a sus casi cuarenta, salió reina del festival, tiene un pololo jovencito y se tiró cuasi pilucha el famoso piscinazo resurgió el concepto MILF con fuerza en las redes sociales. Yo lo había escuchado hacía mucho. Pero cuando supe qué significaba, casi me caí de espaldas. Si todavía no lo sabe, entérese: Milf es en inglés mother id like to fuck. Tradúzcalo usted al español que mi elegancia innata me impide escribir sandeces. Pero se entiende: Milf se trata de una mujer mayorcita que ha sido madre y que se conserva tan potable, atractiva, bien tenida que hasta a los hombres más jóvenes, les parece comestible. Así es la cosa: porque el piropo no habla de una mujer mayor buena moza, interesante, que se esfuerza por mantenerse bella a pesar del paso del tiempo para engalanar la humanidad y el paisaje. No. Habla de una mujer, de una madre, que todavía está deseable según el sujeto que emite el piropo quien en teoría y si tuviera la oportunidad, se la llevaría a la cama. En buen chileno: una mamá tirable. Milf es una especie de mijita rica senior. Una derivación más bruta y al hueso del Mamacita. Un piropo bien puntudo que pasa colado porque está en inglés y como buenos chilenos que nos creemos europeos (cómo se morirían de risa los europeos), eso nos parece más chic que decirlo en español. (Haga el ejercicio en castellano y califica para que la milf en cuestión, le dé una cachetada que le deje la cara giratoria).

Porque ahí está el centro del asunto: en rigor, Milf no es un piropo, así como tantos otros que recibimos las mujeres y que de halagadores no tienen nada. No lo es, aunque los que andan muy campantes diciéndolo a diestra y siniestra a actrices de cine, a Sigrid, a ciertas ex ministras, así lo crean. Primero, por la grosería explícita de su significado: no te están diciendo que eres bella, te están diciendo que eres material para la horizontalidad, que te queda cuerda sexual, como si después de ser madre, eso fuera un milagro. Segundo y lo más importante, por la idea que subyace al concepto: que la maternidad es como un atropello casi irreparable al cuerpo, la sensualidad, belleza de una mujer (Y claro, una mujer es sólo eso en la cabecita de quienes usan el concepto Milf y otros). Eso dice el concepto: que las que se salvan de ese huracán de dar a luz, amamantar, criar, envejecer, conservando sus formas y gracias de lola, son las Milf. Las sobrevivientes. Las que a pesar de todo, de los hijos, los partos, los años, las estrías, la subida de peso, las canas, el revoltijo hormonal, siguen siendo un deleite para el paladar ajeno. Las que continúan siendo “mujeres”, como si eso fuera exclusivamente sinónimo de un tipo de belleza, el de la ricura extrema.

En un mundo donde hay más demanda por hacerse cirugías estéticas que por entrenarse para aceptar y disfrutar del paso del tiempo, donde una niñita que baila en la tele con poca ropa gana más que una secretaria y otras profesionales, donde la competencia por ser más delgada es mucho más ardua que la competencia por volverse una mejor persona, obviamente no extraña que Milf sea considerado un piropo. Y que hasta existan mujeres, con el cuerpo impecable, pero la autoestima por el piso, que se sientan honradas de serlo y que se los digan. Sólo quería decir al respecto, algunas precisiones: que la maternidad no es una hecatombe en la vida de una mujer, sino un paso natural y hermoso en el que el cuerpo muta para hacer algo mucho más bello que conservar calugas en la guata. Que las madres, todas, siguen siendo mujeres. Por lo tanto, continúan siendo bellas, deseables, bonitas, femeninas y sexuadas. Solo faltan ojos mejor preparados, más amorosos y menos trogloditas para ver y valorar esa belleza. Que hay misiones mucho más provechosas e importantes en la vida de las mujeres que pelear contra la naturaleza hasta con bisturí para mantenerse como lo que ya no son: cabritas de 15. Que a nadie le interesa saber qué considera “tirable” un cavernícola porque lo sabemos: el cavernícola se tirará cualquier cosa que se mueva. Al menos podría tener el respeto de mantener su cavernícola boquita cerrada. Y que para evaluar si algo es halagador o una falta de respeto, basta con hacer un ejercicio: preguntarles a los hijos de esas Milf si les parece bonito que sus madres sean etiquetadas como tales. Me tinca que ahí, habría varios combos de vuelta. 

Ser mujer

WE CAN

Por Pepa Valenzuela

Palabras previas: luego de ver el nuevo vídeo de Los Tres donde una víctima de femicidio, atada, muerta, ensangrentada, baila al ritmo del grupo y otras brutalidades más que allí aparecen, salió de mí este texto que creo he masticado por años. Al fin, salió de mí. Acá se los comparto. Al final del texto, también les dejo unos links inspiradores, decidores, que hablan un poco de lo mismo: cómo es ser mujer en el mundo. A quienes saben leer, gracias.

Los hombres no lo saben. No tienen cómo saberlo. Porque no les toca. Porque nunca les ha tocado. Porque no encuentran que pase nada anormal frente a sus ojos. Porque para ellos son tan naturales las licencias que hasta ahora tienen los machos en el mundo, que no son capaces de distinguirlo. Así es y ha sido el mundo que les mostraron. Por eso no entienden la magnitud de la violencia que vivimos día a día las mujeres en todas partes del mundo, hasta ahora, todos los días. Creo que a algunos ni siquiera les importa. Otros simplemente no ven cuán peligroso es ser mujer, también en Chile. (Dirán que en otros países es peor y sí, lo es, pero eso no significa que acá estemos con la tarea hecha) Y cuando algunos la comprenden o rozan un poco la contundencia de la evidencia, le bajan el perfil. Dicen que son eventos aislados. Que somos unas exageradas. Unas tontas graves. Feministas como sinónimo de frígidas, circunspectas y rabiosas. Como siempre, nos subestiman. Desde su más completa ignorancia sobre lo que vivimos las mujeres, lo que es ser mujer día a día, he oído a muchos de ellos decir: Son detalles. Cosas aisladas. Degenerados hay en todas partes. Agresivos también. No sean puntudas, ahora las quieren todas. No aleguen, hay mujeres en el gobierno y muchas profesionales. Están tan empoderadas que parecen yeguas. No sé de qué se quejan si al final ustedes deciden todo, a la larga. El patriarcado no es más que un matriarcado encubierto. Exageradas. Retrógadas. Faltas de sentido del humor. Porque no saben. No tienen cómo saber que hay cosas que no decidimos y que nos pasan hasta ahora. Sólo por ser mujeres. Sólo por haber nacido niñas.

La primera vez que pasó, yo tenía 10 años. Empezaba a irme sola al colegio en metro. Eran dos estaciones y mi mamá me dejaba en la puerta de metro Católica hasta que yo salía prácticamente en el patio de mi colegio en Manuel Montt. Usaba jumper. Aún no tenía pechugas. No me había llegado la regla. Era una tabla. Una niñita que se hacía trenzas. Un día se abrió la puerta del metro, yo salí y un señor entró. Pero antes de entrar, pasó su mano por mi entrepierna como si marcara tarjeta, por delante. No entendí hasta muchos años después por qué el señor había hecho eso. Sí me acompañó durante toda la vida la sensación de asco, vulnerabilidad y miedo. La certeza extraña de que me habían hecho algo malo. A los 10 años entendí que no debía permitir que se me acercaran hombres desconocidos. A cuidar mi cuerpo, sin entender qué tenía de malo, de sucio, el cuerpo de una niña de 10 años. A los 13, mi mamá me regaló dos shorts cortitos que estaban muy de moda esa temporada. Ya tenía un poco de pechugas. Ya era alta y tenía poto. Llevaba solo una cuadra desde mi casa hacia el parque cuando decidí devolverme: en sólo una cuadra, tres hombres adultos y un anciano, me dijeron cosas horrendas. Que me harían cosas que no entendí qué significaban. Uno me susurró Rica, haciendo saliva en su boca. Repito: tenía 13 años. Llegué a casa y le dije a mamá que me sentía mal. No volví a ponerme shorts durante casi 15 años. A esa misma edad, tuve un profesor de música que nos hacía tocar la flauta dulce. A mis compañeros, desde su asiento. A las niñas, de pie, a su lado. El profesor nos miraba las piernas mientras nos ponía nota. Las piernas flacas, imberbes, de niñas de 13. Me acuerdo haber advertido el peligro. Algunos apoderados dijeron que yo tenía la mente sucia. Que algo estaba mal conmigo. Años después, supe que al profesor de música lo habían echado del colegio por acoso: quizás años más tarde fueron más las niñas con la mente sucia quienes que lo denunciaron.

A los 15 años tuve un pololo. Él tenía 20, andaba en skate. Cuando me aburrí – aún era niña y para mí era un juego – le dije que no quería ser más su polola. Me gritó en la calle, se le hincharon las venas del cuello. Me dijo: “maraca”. Nunca había escuchado esa palabra. Los conserjes de mi edificio le tuvieron que trancar la puerta para que no me echara una mano encima. Días más tarde me llamó su ex. Me dijo que estaba embarazada de él. Y que él la había golpeado, con guata y todo, muchas veces. Que una vez la había botado por las escaleras del parque donde patinaba, pero había logrado salvar a su bebé. ¿No me habían enseñado que los hombres no golpean ni agreden a las mujeres? Desde esa edad más o menos, fue cuando empecé a recibir “piropos” en la calle. Ya tenía cuerpo de mujer. Y tener cuerpo de mujer se paga caro, especialmente en las calles chilenas.

Hasta ahora, cada vez que salgo de casa, por lo bajo recibo entre 4 a 5 “piropos” de hombres de terno, hombres que podrían ser mis abuelos, bisabuelos, los papás de mis amigas, obreros de la construcción, hombres borrachos, hombres desaseados, taxistas, conductores de autos rascas y autos caros, tipos bien vestidos y elegantes, incluso hombres que se supone resguardan a la población. Los piropos no son lo que creen ellos que son los piropos. No son “uy, bombón que caíste del cielo”. Esos serán ¿un 1% de lo que una recibe? ¿Y me gusta ese 1%? ¿Lo quiero escuchar? ¿Lo merezco? Al parecer sí. Porque soy mujer. Tengo cuerpo de mujer. El 99% restante, es que me chuparían no sé qué partes de mi cuerpo, enjuagues bucales con saliva, sobajeo de manos, el clásico silbido que de pronto interrumpe tu caminata, ese beso sonoro que tiran desde el anonimato, miradas fijas, invasivas, depravadas – incluso de hombres que van de la mano de sus parejas caminando -, y los típicos, huachita, rica, mamita, exquisita. Y más alusiones a zonas privadas de mi anatomía. A lo largo de mi vida, además 5 veces esos gestos han sido acompañados de exhibición de penes que no quisiera haber visto jamás. Me pregunto cuántas veces a los hombres, una mujer anónima, deschavetada y pervertida les ha mostrado su vagina en la calle.

Cuando he contado esa experiencia, algunos hombres, sorprendidos, no han encontrado mejor explicación para ello que: “es que quizás tú te vistes muy provocativa”. No. Yo soy femenina. Me gusta ser y verme como una mujer. Pero no ando con el escote al aire ni mostrando mis partes, ni siquiera el ombligo. Me han abordado de buzo, yendo al gimnasio, incluso una vez regresando de una clínica, enferma. Porque para esos hombres yo no soy un ser humano, soy un bistec. Y ellos son carnívoros, al parecer, en abstinencia permanente. Para ser honesta, muchos parecen animales. Literalmente. Y dan miedo. Asco. Impotencia. Hagamos un ejercicio matemático. Hoy tengo casi 33. Si desde los 15 recibo al menos 4 de estos testimonios que ellos consideran tan galantes al día, veamos: hasta ahora he recibido – el 90% del tiempo callada, aterrada, asqueada y el 10% restante chata, contestando, mandando a la mierda – 26 mil 280 “piropos” callejeros de hombres anónimos. ¿Debiera sentirme halagada? Según muchos hombres, muy.  Pero yo lo único que siento es asco. Asco e impotencia acumulada en más de 26 mil oportunidades. No me siento especialmente víctima, aunque efectivamente he sido víctima. Todas lo hemos sido. Dudo que haya mujer mayor de 16 años en Chile invicta a un agarrón. Sí hombres: le ha pasado a tu mamá, a tu abuela, a tu hermana, a tu novia, a tu esposa, les pasará a tus hijas. Pero dentro de, he tenido suerte: no me han violado. No me han pegado. No me han intentado asesinar. Pero es difícil defenderse de esto. No puedes hacerlo sin correr más riesgos de agresiones. Porque quizás ese tipo te golpea o peor aún, te puede violar. La cantidad de agarrones de poto, de pechugas, incontables. La última fue hace poco: venía de una entrevista con cinco madres cuyos niños habían sido abusados en su jardín infantil. Llevaba cuatro horas escuchando ese dolor, las atrocidades que les hicieron a sus hijos, caminaba aún consternada por la calle, cuando un ciclista metió la mano debajo de mi vestido. Me agarró tan fuerte, que me quedó doliendo. Le grité mil cosas. Nadie se detuvo a ayudarme. Me senté en la vereda y me puse a llorar. Mi editora tuvo que ir a buscarme. Después de una entrevista tremenda, había sido demasiado por ese día. Qué saqué con gritarle al tipo: nada. Porque es inútil exigir respeto frente a una avalancha de faltas de respeto constantes. Porque las veces que una no aguanta y les dice frente a una grosería, “cállate, huevón” o algo de vuelta, ellos se ríen. Sí. Se ríen. Lo encuentran divertido. Porque ellos tienen permiso para abordarte con obscenidades, pero una mujer no tiene permiso para responder. La que lo hace está loca. Mira esta estúpida, cómo contesta ¡si yo tengo derecho a decirle lo que quiera! ¡Si yo soy hombre!

Las mujeres que osamos llevar la contra, nos exponemos a pasarla mal. A mí un novio por decirle que no iba a un carrete, enfurecido, me levantó la mano, dispuesto a golpearme. Terminé con él antes de que alcanzara a hacerlo. Otro me bombardeó con maltrato psicológico durante algunos meses en los que viví confundida, aterrada, llorosa, y muchas noches dormí hecha un ovillo de miedo. Uno, enojado porque lo estaba dejando porque simplemente me omitía, terminó insultando mis dolores más sagrados con una violencia verbal tan grande que me dio miedo conocer más allá. Otras lo han pasado peor por llevar la contra, por decir que no, por decir no más. Sabemos las cifras de femicidio. Yo he estado con algunas sobrevivientes. Una de ellas, Gabriela, enfurecía tanto a su ex pareja, que él la golpeaba a menudo. Una vez la dejó desnuda y encerrada en una pieza con el frío de Punta Arenas. Terminó rociándola con bencina con ocho meses de embarazo y le prendió fuego. Gabriela sobrevivió, su hija Milagros también. Yo la conocí saliendo del hospital, con la mayor parte de su cuerpo quemado, usando peluca, aterrada, adolorida, pero viva.

Violencias más sutiles: todas las de los patrones de la moda, las marcas, la industria, creada desde ellos para nosotras, para que estemos flacas, perfectas, preocupadas hasta del dedo meñique del pie, disconformes e infelices siempre con nuestros cuerpos. Más: a mis amigos solteros, nadie les pregunta por qué están solteros. A mí es lo primero que me preguntan en reuniones con más gente que mi núcleo cercano: si tengo pololo, si me he casado, si tengo hijos. A ellos les preguntan cómo les va en la pega. (Y a mí en la pega, me va de repente mejor que a muchos de ellos). Hace poco, de la nada, me encontré con un conocido. En cinco segundos, me dio a entender que para él mi vida no tenía ningún sentido: “Cómo no te has casado, puchas, ¿y ese novio tuyo de la U? ¿Ya no? Qué lata. ¿Nada de nada? Es que tú no estai hecha para este país. ¿Quizás erís mañosa? ¿Pesada? ¿Muy exigente? Igual triste estar sola”. Eso me ha pasado muchas veces. Sola es malo. Soltera es fallada. Y por cierto, la culpa de esa falla es mía, de las mujeres, no del mercado. Infinitas las caras de hombres ofendidos, choreados, porque me he atrevido a hablarles de igual a igual. Infinitas las veces que sólo han pensado en su placer sexual, no en el mío. Infinita la diferencia que pago por mi plan de salud solo por tener útero. Infinitas las diferencias de salarios porque soy mujer: recuerdo a amigas inteligentísimas que en entrevistas de trabajo han tenido más interés en su método anticonceptivo que en su radiante currículum. Son infinitas menos las posibilidades que tengo que acceder a un cargo de poder. Si lo hago algún día, habrá un mundo completo allá afuera dispuesto a juzgar mi rol de mujer, madre y esposa (aunque no me pienso casar). Infinita la cantidad de veces que me han dicho, por decir cosas como éstas, que soy jodida, intimidante, pesada, loca, “poco femenina”, tonta grave. Lo más triste de todo, es que ese lenguaje machista también se replica en bocas femeninas. En mujeres que sí se sienten halagadas cuando las babean en la calle y basan su autoestima en groserías ajenas, en mujeres que también consideran todo esto que cuento como de “tonta grave”, en mujeres que me han aconsejado “moderarme” para “encontrar a alguien, ojalá un marido”, en mujeres que por creerle a maltratadores me han violentado más aún tachando la verdad como “despecho o locura”. Sí, discriminadas, violentadas desde que el mundo es mundo, acostumbradas y confundidas, sometidas, muchas de ellas adoptaron un lenguaje masculino para definirnos como mujeres y maltratar a otras mujeres. Ese lenguaje define a las mujeres que muchos de ellos aún creen/quieren que seamos. Las mujeres que sonríen, son coquetas, se arreglan, no discuten ni debaten, no se enojan, acogen, atienden, no chistan, encuentran que todo, hasta lo que las ofende, es “simpático”. Las que no se hacen problemas por nada. Las livianitas. Las relajadas. Las que no llevan la contra. Me perdonan, pero eso no es una mujer, es una Hello Kitty. Es lo que muchos hombres quisieran que fuera una mujer: un objeto que no los joda y que les siga permitiendo tener las licencias de más que tienen. Pero yo soy una mujer. Soy femenina. Y sí, también soy feminista. Todas debiéramos serlo, por todo lo que aquí he descrito, por todo lo que aún nos falta por avanzar. Por ser feminista, ¿odio a los hombres?, ¿soy una tonta grave? ¿soy frígida? ¿soy masculina? ¿soy un cacho? ¿soy densita? Contesto: amo a los hombres, pero a ciertos hombres. A los hombres que nos respetan, nos tratan y nos aman como merecemos. Me encantan los hombres y me he enamorado de un par de ellos, con una intensidad que sólo puede ser femenina y poderosa. No soy frígida en lo absoluto- y aprendí que no lo era gracias a mí misma al comienzo -, pero tampoco me caliento con cualquiera. Soy un cacho sólo para quienes quieran perpetuar como normalidad el machismo imperante y otras intolerancias más y ¡espero seguir siendo un cacho para ellos! (My pleasure). Masculina jamás: quienes me conocen, saben cómo me arreglo, la atención que pongo en los detalles, cómo acojo a quienes amo, cómo me gusta bailar, moverme, verme y ser una mujer en el mundo. Soy densa y grave y seria con los temas que tengo que serlo, como éste. Reto a mis alumnos cuando se están portando mal. Digo las cosas que me molestan y por supuesto que me enrabio con injusticias, pasadas a llevar, las mentiras y otros temas que ameritan. Soy dura cuando tengo que ser dura. Pero también soy liviana cuando tengo que serlo: tengo sentido del humor, creo que puedo decir además que soy bastante chistosa y alegre en momentos alegres. Y también soy extremadamente dulce, cariñosa, romántica y coqueta cuando quiero coquetear. (Pero mi coqueteo no violenta ni invade a nadie) En resumen, soy un ser humano. Soy un ser humano así: femenino y feminista. Lo primero llevó a lo segundo. Vivir como mujer me hizo feminista. Vivir todas estas cosas, vivir en este mundo como está, vivir en Chile, ser mujer chilena, me hizo ser así. Y me gusta ser así. Me gusta ser una mujer y no una Hello Kitty. Me gusta decir con todas sus letras que el video de Los Tres es ofensivo, asqueroso, machista, insultante porque lo es aunque ellos no lo vean (porque ya sabemos: muchos no ven esto, no nos ven). Me gusta tener la capacidad de ser seria y decidida y decir lo que pienso y no me siento tonta grave, frígida, fregada o fallada por ello. Me gusta ser competente, responsable y asertiva. Me gusta salir a la calle bonita, aunque sea un riesgo: no voy a dejar de ser quien soy porque el resto no sabe cómo comportarse, sería decirles que tienen la razón. Me gusta ser aperrada, empática, cariñosa y sentimental también. Aprendí a quererme con todas mis facetas, a pesar de que culturalmente todo está hecho para que las mujeres no nos gustemos a nosotras mismas y aceptemos, resignadas, el estado de las cosas. Me gusta ser mujer. Pero más me gusta ser una mujer que no se resigna a un mundo que aún trata así a las mujeres. Y no me siento ni una pizca menos femenina por eso.

De Claudia Regina, traducido del portugués al español, Lo que siente una mujer:

http://elblogdematina.blogspot.com/2013/05/como-se-siente-una-mujer.html

De Malena Pichot, La Loca de Mierda, Piropos:

http://www.youtube.com/watch?v=aY7IEMTcLVg

La novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, We should all be feminists

http://www.youtube.com/watch?v=hg3umXU_qWc

La escritora Isabel Allende, Historias de Pasión

http://www.youtube.com/watch?v=BXiY3lk5rbg

 

¡Compradoras al poder!

Chiquillas,

Con la capa maquilladora y asesora de imagen Miss Marcy, daremos un taller entretenidísimo el viernes 6 de diciembre. En Compradoras al poder te enseñaremos qué tipo de prendas comprar según tu cuerpo, dónde hacerlo sin quedar en bancarrota, dónde encontrar accesorios preciosos y los mejores datos para sacar a la diva que llevas dentro y potenciar lo que traes de fábrica.

No se lo pueden perder. ¡Las esperamos! (Y con una copita de espumante)

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Taller de escritura enero 2014

 

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Taller de escritura en enero 2014

Qué es: taller de relatos cortos de no ficción – desde trozos autobiográficos hasta crónicas en primera persona. El taller contempla lecturas, correcciones y trabajo de escritura de relatos cortos semana a semana. El objetivo final es la publicación de los relatos en una página que reúna lo mejor del taller.

Profesora: Pepa Valenzuela.

Breve biografía: Pepa Valenzuela – seudónimo de María Paz Cuevas Silva (1981) – es periodista, escritora y columnista y profesora de narrativa en la Universidad Diego Portales. Trabajó en Zona de Contacto de El Mercurio y ha escrito en destacadas revistas como Fibra, Caras, Paula, Ya, Sábado, Domingo además de los diarios La Nación Domingo y Las Últimas Noticias. Ha ganado tres veces el Premio Lorenzo Natali de la Comisión Europea por periodismo que defiende la democracia y los derechos humanos y un reconocimiento de Naciones Unidas en conjunto con la agencia de noticias SIP. Es autora del libro autobiográfico editado por El Mercurio Aguilar, Un Lugar en la Tierra, Viaje desde el Maltrato Emocional (2013).

Cuándo: lunes y miércoles de 19 a 21 horas, durante todo enero 2014. El taller comienza el lunes 6 de enero y termina el miércoles 29.

Cuánto: 40 mil por persona.

Dónde: los talleristas serán informados al respecto una vez que sean seleccionados.

Requisitos de postulación: autobiografía en 2500-3000 máximo caracteres con espacio a pepitavalenzuela@gmail.com hasta el 15 de diciembre con el texto: taller de verano. Los seleccionados serán avisados el 26 de diciembre. Entonces serán avisados del lugar donde se realizará el taller. Cupos limitados.

Mi abuela Nieves

Donde estés, viejita linda. Te amo. Aquí estoy contigo hace casi 30 años.

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Yo sólo tuve abuelas: cuando nací, mis abuelos se habían marchado hacía muchos años y sólo estaban vivas ellas. Una, la abuela paterna, era una señora que recuerdo difusamente en una casona antigua de Cauquenes, tocando el piano, llenándome con harina tostada cada vez que iba, apretándome las mejillas con fuerza porque para ella, tenerlas rosadas era símbolo de salud. La otra, la abuela materna, fue realmente eso: una abuela para mí. Un ángel de la guarda. Quien me consintió, cuidó, mimó y amó sin restricciones durante mi infancia. Mi abuela Nieves vivía solita en el mismo edificio en el que vivían mis padres. Cuando ellos se separaron, con mi mamá nos fuimos a vivir con ella y ella nos acomodó sin chistar en su lindo departamento. Era una mujer hermosísima: cuando joven, había sido una belleza reconocida en toda los pueblos de la octava región por donde habían pasado con mi abuelo, un moreno altísimo, de bigotes, que tomaba a mi abuela, que era pequeña y monona, por los aires para bailar.

Ya mayor, mi abuela Nieves seguía siendo bella. Era una abuela de cuentos: tenía unos ojos celestes intensos, la sonrisa resplandeciente, las canas blancas con un leve toque lila y aún conservaba la estampa de una mujer extremadamente elegante a pesar de la edad. Era un ícono de lo femenino: guapa, medida, paciente, calma, detallista, anfitriona, cariñosa, delicada. Pero también, bastante independiente para su generación. Había trabajado en su vida confeccionando prendas de alta costura y tenía sus bienes. Y por eso, era generosa hasta el hartazgo. Me pasaba a escondidas billetes de 10 mil pesos enrollados en la palma de la mano cuando 10 mil pesos era muchísima plata, andaba pendiente de todo lo que me gustaba para comprármelo y cada vez que llegaba a casa, me esperaba con los brazos abiertos, envuelta en unas pintoras con flores de colores cuando hacía mucho calor. Acurrucadas y junto con mi nana, veíamos las teleseries de después de almuerzo. Nos contábamos cosas: de alguna manera extraña nos entendíamos: yo era una niña que estaba creciendo y ella era una mujer crecida que estaba volviendo a ser niña. Y nos entreteníamos mucho juntas: coqueta hasta el final, ella me dejaba que yo, de siete u ocho años, me montara sobre su regazo y la maquillara con sombras de colores y rímel en las pestañas. Mi abuela Nieves me contaba cuentos. Dejaba que yo hiciera y deshiciera mientras mamá no estaba en casa. Me contaba secretos, yo le contaba los míos y hacíamos pactos de silencio que mantengo hasta ahora. Me prestaba todas sus cosas para que me disfrazara. Me amaba sin límites. Jamás me retó y se reía con todas mis ideas de niña.

Como éramos parecidas, de ojitos claros, todos siempre me dijeron que había salido a ella, que era tan hermosa que yo me sentía honrada con la comparación. Pero años después, un poco antes de que partiera, supe que no era mi abuela biológica. Y que eso de haber salido a ella, de tener sus ojos, no era posible. En casa, esa noticia quebró muchas cosas. Pero a mí no alcanzó a rozarme: mi abuela Nieves era eso para mí: una abuela. La mejor de todas. Una abuelita de cuentos. Una abuelita tierna, consentidora, femenina que además era mi cómplice. Eso le dije antes de separarnos: que ella siempre sería mi abuela. Esto me dijo ella una noche antes de partir: que yo era lo que más quería en la vida. De alguna manera, se estaba despidiendo. Pero yo, que era tan niña todavía, no alcancé a darme cuenta. Ahora, la siento siempre. Convertida en una mujer grande, entendí muchos de los mensajes cifrados que ella me dio cuando yo era chica. Y por eso escribo ahora sobre ella. Porque de alguna manera quiero decirle que comprendí todo. Que nuestra historia me llegó de una manera mágica y medio milagrosa y que entiendo, que estoy agradecida de todo lo que me dio, lo que nos dio, y que siento mucho no haber entendido más cuando ella estaba acá conmigo. Que la sigo queriendo como siempre. Que aunque estemos en lados distintos, seguimos siendo nieta y abuela cómplices. Y que esto es sólo cuestión de tiempo porque ya nos volveremos a abrazar.