Castigo para los acosadores

PIROPO

Pasé casi toda mi vida dándole vuelta a este asunto. Estuve más de 30 años preguntándome por qué en este país era tan normal, tan permitido, tan común, tan natural, que los hombres se sintieran con el derecho de mirar, acosar, silbar, mijitear, insultar, salivar, tocar, apretar a las mujeres en la calle, entre muchas de otras cosas que me parecían atroces y que ellos se sentían con derecho a hacer. Estuve mucho tiempo diciendo que lo que vivíamos las mujeres en la vía pública en Chile era violento, asqueroso, sancionable, que nosotras no nos merecíamos ese trato indigno, humillante, aterrador. Muchas veces me contestaron que era una tonta grave, que eso, toda esa violencia sexual, todo ese ninguneo hacia lo femenino, esa agresión, ese machismo sin restricciones, era parte de nuestra cultura, es más, era una parte graciosa, picarona, chistosita, propia de nuestra simpatiquísima identidad. A mí nunca me divirtió.

Muchas veces las propias mujeres me dijeron que ellas “necesitaban” de los piropos para levantar su autoestima: solas delataban cuán frágil era ese amor propio que necesitaba de la violencia de hombres anónimos para crecer. Muchas veces me dijeron que había que tomárselo con humor e incluso, que me tenía que sentir halagada. Bonito: yo tenía que estar agradecida del viejo de terno que me agarró el poto en el Paseo Ahumada, también del degenerado que me tocó la vagina mientras yo bajaba con jumper del metro a los 10 años, de los cientos de tipejos que me salivaron al oído, de los puercos que me dijeron que me chuparían cositas de mi cuerpo, de los caballeros que podrían haber sido mis bisabuelos que me miraron como si yo fuera desnuda por la calle, de los obreros de la construcción que me hicieron sentir que no era una persona sino un bistec, de los intentos de hombres que intentaron puntearme en el metro o en la micro, de los jardineros, guardias, vagos, ejecutivos, jubilados, estudiantes, ciclistas y una larga lista que sin conocerme, se sintieron con el derecho de fisgonearme, decirme cuán apetecible les parecía a sus ojos en el lenguaje que se les dio la gana, acercarse, levantar las cejas, poner caras triple x sin que les diera ni el mínimo pie para ello, de invadir mi metro cuadrado, de insultarme, de agredirme, de hacerme sentir vulnerable, vulnerable, aterrada y claro, malagradecida porque yo no sentía ni la más mínima cuota de agradecimiento por eso que me hicieron.

Pasé muchos años de mi vida preguntándome por qué era yo la que supuestamente estaba mal si lo sensato era lo contrario. Por qué ellos tenían el derecho a aplastarnos día a día, minuto a minuto, en total impunidad, incluso con la licencia de que el mundo lo encontrara gracioso y cultural. Hasta que ahora, a mis 34 años, cuando por fin veo que no era la única. Que muchas sentimos lo mismo, por años, décadas, quizás por siglos. Y ahora, después de tantas vueltas, de tantas excusas para justificar lo injustificable, al fin va el proyecto de ley para sancionar el acoso callejero al congreso. Me saco el sombrero con lo que han hecho las chicas del Observatorio Contra el Acoso Callejero y desde ya les digo: acá estoy para lo que necesiten, cuenten conmigo para lo que quieran, al igual que todas las organizaciones que trabajan en pos de los derechos de género. Aquí estoy, dispuesta y feliz de trabajar por las mujeres. Me saco el sombrero porque ellas, finalmente, equilibraron las cosas, las pusieron en perspectiva y visibilizaron un tema que hasta ahora, muchos se niegan a considerar un problema. El machismo, que de tan machista, se niega a agachar el moño. He visto, leído y escuchado cómo han peleado con argumentos y sin violencia contra cada tontera que se esgrime sobre el tema. He visto cómo han explicado, con peras y manzanas, a animadores retrógrados que encuentran que igual el piropo debe mantenerse como parte del emblema nacional, por qué el acoso y el piropeo callejero es violencia contra la mujer. He mirado cómo contestan a una sarta de brutalidades con calma, con solidez, datos, estudios y cifras por qué esto no puede continuar, por qué ya era hora de que entrara un proyecto de ley que regulara y sancionara esta violencia antes permitida de una vez por todas.

Y claro, me he escandalizado con lo que mucha gente aún piensa al respecto porque la verdad, no sé si yo tengo la paciencia zen, la dulzura, la cabeza fría para sostener un diálogo explicativo con gente pegada en el siglo 15 que justifica la agresión. Yo simplemente me escandalizo con los que a estas alturas del partido siguen creyendo que es parte de nuestra idiosincrasia: puede serlo, pero es una parte cavernícola, violenta y vergonzosa de nuestra idiosincrasia. Igual que como antes el patrón de fundo golpeaba a sus empleados  o los profesores les pegaban con varillas a los alumnos hasta hacerlos sangrar o los curas eran intocables aunque fueran pedófilos puertas adentro: era parte de nuestra idiosincrasia pero era una parte tan mala que tuvimos que regularlas legalmente para que cambiaran y nos hicieran evolucionar. Yo me escandalizo también con las mujeres que siguen defendiendo el piropo porque les hace “bien” a su pequeño ego. Un ego no se construye por lo que otros digan de ti, sino por lo que tú ves y valoras de ti misma. Si necesitas de lo que piensa un tipo cualquiera de la calle para sentirte mejor, necesitas de ayuda profesional. Me escandalizo con los que porfiadamente intentan establecer clases de piropos y acosos: los permitidos y los no permitidos. Los feos y los simpáticos. ¿Por qué aunque sea un “Uy, qué linda”, yo, mujer, me lo tengo que bancar, lo tengo que escuchar, de la boca de un hombre que no conozco, en la calle, cuando voy a mi trabajo, quizás pensando en mil cosas, quizás cuando estoy en problemas o sufriendo o preocupada de otros temas? ¿Por qué yo tengo que aceptarlo porque es clasificación “piropo inocente”? ¿Yo voy por la calle lanzándole adjetivos gratuitos a la gente que no conozco? ¿Puedo entonces ir desde ahora caminando y diciendo: Hola, guatón, hola señora arrugada, cómo está miss botox, cómo le va paticorto, qué tal pelado enano? ¿No? ¿Por qué no si yo tengo que escuchar al menos 3, 4 veces al día: uy, qué rica, qué linda en este país (o uy, qué pesada, fea de mierda cuando contesto y me enojo frente al acoso)?  ¿Y cuando deje de ser bella entonces me dirán: uy, qué feíta, qué vieja? Yo me escandalizo también con esa gente que construye falacias y encuentra pésimo que se legisle sobre el piropo cuando aún hay otros temas de vital importancia sobre los que no hemos hablado: aborto, abuso de isapres y afps y toda la larga lista de pendientes que tenemos. Entonces no sancionemos los lanzazos porque hay niños que mueren por balas locas en las poblaciones. Entonces dejemos que a las mujeres las violen porque es más urgente vigilar que no nos maten. Así no se piensa, pues. Una cosa no quita la otra. Y sí, sería ideal avanzar también en otros temas, pero acá no importa el orden. Lo primordial es avanzar. Avanzar en todos los temas que importan y este tema es importante aunque intenten bajarle el perfil. Nos importa a las mujeres y debiera importarles a todos los hombres por sus madres, esposas, hijas, hermanas. Importa por el futuro de las niñas, importa porque es un tipo de violencia, importa porque habla del respeto por los derechos humanos, importa porque no es posible que mientras hablamos de paridad en el poder, miles de chicas y mujeres en un día son toqueteadas en el transporte público, importa porque nos hará más respetuosos, desarrollados e iguales en nuestros derechos y deberes, importa para quienes quieran un país mejor donde sus hijas, nietas y bisnietas no sean violentadas a diario. Quienes digan que es una tonterita o esto tiene última prioridad en la lista es porque 1. Es acosador, 2. No respeta a las mujeres y no le importa no respetarnos, 3. Nunca ha vivido la experiencia (muchos hombres que creen que esto pasó una vez en la vida de cada una y que exageramos: bueno, no creernos es subestimarnos y faltarnos el respeto de nuevo), 4. No entiende nada de nada nomás.

Yo me escandalizo porque aún el machismo es tan grande y masivo que sale de la boca de hombres y mujeres que no se dan cuenta de lo que dicen, incluso de muchas mujeres instruidas, que se consideran feministas. La cultura del no respeto a la mujer está tan arraigada  en nuestra sangre que confunde el discurso, atenúa asuntos graves, intenta emparejar un tema que no tiene justificación alguna. Hay cosas que no tienen matices y este es uno de ellos. También pasa en países del primer mundo, me dijo una amiga. Sí, pasa. Pero pasa menos. Infinitamente menos. Y que pase menos tampoco significa que esa dosis sea aceptable. Cualquier dosis es mala. Cualquier dosis de agresión gratuita a una mujer por el hecho de ser mujer es mala. Y ya era hora de que de a poco, a tropezones, peleando con los retrógrados de siempre, derribando las paredes porfiadas, duras, dogmáticas y dictatoriales del machismo chileno, podamos decirlo e instaurarlo como la gran realidad que es: el acoso callejero es violencia contra la mujer y merece sanciones. No se hace, caballero. Es más que feo, es y será desde ahora, un delito. Es una vergüenza, sí, pero también, espero que pronto sea, una falta legal y punible. Las mujeres de este país lo merecemos. Por todos los años que aguantamos sin poder hacer nada al respecto. Por toda la violencia que hemos experimentado en carne propia. Porque ya era hora de decir basta. Porque merecemos el mismo respeto y paz que cualquier otro ser humano.

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