El quiosco de Juanito

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Juanito es uno de los hombres más buenos que yo conozco. Y a Juanito lo conozco mucho. Lo conozco desde que tengo uso de razón y él me conoce a mí desde que antes de haber nacido, cuando era una pelota en la panza de mi mamá. Por eso sé que Juanito es bueno y que es muy trabajador. Se ha pasado toda mi vida – 34 años – y mucho más que eso sentado arriba de su banca de madera, metido dentro de su quiosco, en Marcoleta con Lira, justo debajo de mi torre de infancia , justo en el barrio donde crecí y me convertí en una mujer hecha y derecha del Bronx. Se ha pasado todos estos años y varios milenios, vendiendo chocolates, revistas, encendedores y diarios a los habitantes de las torres, a las enfermeras de la Católica, a sus médicos pecho de paloma que a veces aterrizan en la tierra. Se la ha pasado llevando a domicilio sus diarios y revistas y cositas ricas a los abuelitos que ya no pueden bajar a pasear. Se la ha pasado trabaja que trabaja de 9 a 9, todos estos siglos, para abastecer a su mamá, a su esposa y sus hijos que ahora ya son cabros grandes que de tanto en tanto lo van a ayudar. Se la ha pasado adentro de esa caja metálica toda la eternidad y Juanito no conoce más vida que ésa.

Por eso hoy, cuando fui a visitarlo, estaba sentado con sus revistas y dulces y bebidas afuerita de su quiosco. Se lo había clausurado un inspector municipal y Juanito estaba literalmente en la calle, pero trabajando, porque así es él: un hombre de trabajo. Se me partió el corazón verlo ahí, así, sin su quiosco. ¿Qué había pasado? Juanito cometió el pecado mortal de enfermarse hace unos años. Le dio depresión después de que enfermara y muriera un hermano y su mamá y de acumular algunas deudas: hubo un largo tiempo en el que su quiosco no rindió tanto porque el hospital de la Católica construyó por todas las calles habidas y por haber del barrio (por 10 años) y nadie pasaba por allí a comprar golosinas ni cigarros. Entonces Juanito tuvo que hacer más plata. Arrendó su quiosco, cosa que no se podía, pero él necesitaba hacer para subsistir, y él, mientras, tomó el trabajo de nochero en mi antigua torre San Borja. Así podría pagar sus deudas.  Y así lo hizo. Hacía poco había regresado a su negocito. Pero lo pillaron que lo había arrendado por un tiempo. Y que no tenía patente. Y no sé qué otras huifas más que solo el sistema entiende e impone sin ver a las personas, al quiosquero, al hombre trabajador y bueno, a mi Juanito. Entonces lo clausuraron. Le pusieron un gran sticker en la puerta del lugar donde ha visto el mundo los últimos cuarenta y tantos años y lo dejaron en la calle, sin poder trabajar.

Y por eso esta mañana a mí se me rompió el alma. Porque Juanito me cuidó cuando era niña. Me dio muchos dulces y superochos gratis. Los mejores consejos que hayan salido desde un quiosco. Me guardó las revistas donde publicaba. Me promocionaba con las viejas de las torres cuando escribía. Me vio crecer y cumplir mi sueño de transformarme en escritora. Cuando le fui a dejar mi primer libro, Juanito lloró. Yo también lloré con él. Porque Juanito es mi amigo, mi amigo del alma. Y por eso le escribo esta crónica. Para que el sistema se apiade y recupere su quiosco. Para que el mundo sepa que dentro de esa caja metálica está el mejor tipo del mundo. Para decirle a Juanito cuánto lo quiero.

(Acá está el link de otra cosita que escribí sobre mi amigo Juanito el 2008, cuando me cambié de casa, pero no de barrio.

https://pepavalenzuela.wordpress.com/2008/03/07/136/ )

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