Días de resistencia

Una amiga me contaba el otro día, que hace mucho tiempo, ella también estuvo en resistencia. Fue cuando al despertar, descubrió que estaba tiesa. Que no podía moverse. Que su cuerpo no le respondía. Rodó hacia el piso. Entonces con un dolor monumental, solo atinó a hacer una posición de rezo tibetano que había aprendido hacía poco en el que desplazaba su cuerpo por el suelo, de atrás hacia adelante, una y otra vez, lenta y dolorosamente. Entonces, cuando estaba tiesa, mi amiga que parece estar muy en paz con todo, resistió. Lloró, renegó, se llenó de rabia y se preguntó varias veces por qué a ella. Pero la inmovilidad permaneció, inmutable a su lado por un par de meses. Solo cuando aceptó que estaba tiesa y que ésa era su nueva realidad, de a poco, su cuerpo empezó a aflojar. Al tiempo, recuperó la movilidad. Pocos días más tarde, otra buena amiga me contó una historia parecida acerca de la época en que le dieron ataques de pánico. Maldijo, lloró, resistió la invalidez del terror súbito que de repente le venía. Pero de un día para otro, las crisis pasaron. Fue después de que se dijo a sí misma: “Bueno, acéptate. Ahora tienes estas crisis, no puedes andar sola, estás frágil”.
Mis amigas no me contaron estas cosas mágicas a pito de nada. Me lo contaron cuando les confesé que yo recién estaba saliendo de mi etapa de resistencia. Como si fuera una mutante, de un día a otro, me fragilicé. Apenas podía caminar y comer. Y tuve que empezar a hacerlo como si fuera de cristal. Durante el primer periodo, me escondí del mundo lo mejor que pude. Yo, que era la todoterreno, la corredora, la divertida, la chistosa, la mina que se las podía todas, de repente era un pollo mojado que apenas podía moverse y comía de a poquito solo ciertas cosas. Claramente no quería que nadie me viera así. Me sentía miserable. Pero además, no quería que nadie presenciara mi resistencia. Lloré como loca, insulté mi mala suerte, amenacé (no sé bien a quién) y pataleé con ira. Quería volver a ser lo que era. Me negaba a estar así. Era tan grande mi soberbia que no veía que eso no era algo que mandara yo, sino que la vida me estaba poniendo esa experiencia con un para qué.
Estaba tan en resistencia, que incluso pretendí seguir haciendo mi vida al mismo ritmo que antes, tratando de ignorar mi nueva fragilidad, como si eso se pudiera. Solo logré fragilizarme aún más. Lloré y lloré. Vacié y vacié mi resistencia, siempre a solas, porque de algún modo también estar así, tan porfiada, furibunda y negativa, me daba vergüenza de mí misma: no me parecía en nada a esa gente que aparece en las noticias o en las películas que frente a la adversidad, se ponen positivos y se juran a sí mismos salir adelante. Yo solo era un trapo que lloraba, se quejaba y se resistía a estar así. Pero un buen día me cansé físicamente de estar métale reclamo y llanto. Y empecé a operar, al nuevo ritmo. A aceptar de a poco que ésta era mi nueva situación y me gustara o no, tendría que aprender a lidiar con ella. Tarde, pero también llegó el momento en el que me entregué y me dije: “Ok, esta es la Pepa de ahora, más lenta y delicada y la tengo que cuidar”. Entonces empecé a cocinarme. Rechacé varios trabajos sacrificados que antes habría hecho poniendo mi cuerpo a prueba y empecé a medir mis nuevos límites para no pasarme. Y aunque mi recuperación no ha sido instantánea ni sobrenatural, sí desde que dejé de resistir, empecé a salir muy despacito de esta nueva debilidad. Ahí está todavía ella, pero ahora acogida y regaloneada por mí. Y su presencia ya no se me hace una molestia. De a poco, nos hemos ido haciendo amigas. Y aunque al principio jamás lo hubiera pensado, me ha enseñado varias cosas que de otro modo nunca habría descubierto. ¿Cómo termina esta historia? Aún no sé, pero puedo imaginarlo porque los finales así son predecibles: cuando me encariñe con esta debilidad nueva, ella se irá para otro lado. Y después, desde el pasado, me mandará a decir: prueba superada, Pepita cabeza dura.

Anuncios

2 pensamientos en “Días de resistencia

  1. Pasé por eso hace algunos años y me sentí muy identificada con lo que dices. Al principio, cuesta bastante el asumir el nuevo ritmo y esa fragilidad que parece consumirnos y limitarnos constantemente. Uno mira hacia atrás y se pregunta dónde quedó esa mujer tan chora que era antes, todo terreno, aperrada, etc. Pero, de a poquito vuelve. Uno, sin darse cuenta, vuelve a ser la misma, pero más sabia. Y cuando lo notas,la sensación es increíble.

  2. Mi hermana tiene 19 años . Es preciosa. La mejor amiga, la mejor hermana .
    Y pelea contra un cancer que jamás de los jamases pense le podia tocar a ella ¿porque? ¿para que? Con rabia e impotencia he ido aceptando esto.
    Hay fe . Fe y esperanza . Pero no es facil. Es como dices un proceso despacito…
    No me canso de leerte linda Pepa
    Un abrazo desde mi sur

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s