La belleza de ser una misma

renee

Hace pocas semanas la actriz Renée Zellweger que interpretó magistralmente a Bridget Jones sorprendió al mundo con una nueva fisonomía. En un evento hollywoodense, apareció de un día para otro con otro rostro. Una cara tan distinta a la que tenía que parecía otra persona. Allí no había rastro de sus antiguos rasgos. Era muy difícil adivinar que era ella. El exceso de cirugías plásticas la había convertido en otra persona, irremediablemente. A algunos les gustó más esta nueva mujer que la antigua. Otras encontraron que la antigua Renée era mucho más linda que esta obra del recauchaje. Independientemente de la aprobación o el rechazo frente a este cambio radical, lo central fue que pudimos mirar con nuestros propios ojos, el resultado de lo que nos han hecho creer que es belleza. Eso que quizás solo las celebridades nos pueden mostrar: lo que pasa cuando combates lo que se supone que hay que combatir para mantenerte bella (y tienes todos los recursos para hacerlo).

Ese rostro nuevo e irreconocible – porque las operaciones incluso le quitaron el sello que la hacía famosa – es solo el lienzo de un patrón de belleza impositivo y cruel que por siglos nos ha dicho que lo bello es algo que se alcanza, algo que está fuera de ti, algo que tú no eres, pero que debes esforzarte por conseguir. Históricamente el mensaje de la industria ha sido ése: tienes que hacer dieta y entrenar muy duro para ser más flaca de lo que eres. Tienes que usar tacos para verte más alta de lo que eres. Tienes que usar sostenes push up para tener más delantera de la que tienes. Tienes que maquillarte para ser más llamativa de lo que ya eres. Tienes que fajarte para simular una cintura más chiquita de la que traes de fábrica. Tienes que teñirte y estirarte para parecer más joven. Debes encresparte si eres lisa y alisarte si eres crespa. Y por supuesto, debes atenuar cualquier signo de envejecimiento. Eliminar como puedas (y según tus recursos) las arrugas, las manchas, la flacidez, los kilos, las estrías, la celulitis, todo lo que te recuerda que eres humana. El mensaje es claro: serás bella en la medida que luches por transformarte en otra. Sólo serás hermosa si logras verte muy distinta a ti. Y ese mensaje es el que ha convertido a generaciones completas de mujeres que ya eran bellas sin saberlo, en mujeres frustradas por ser como son. Porque son pocas las que tienen el tiempo, los recursos, el dinero y el acceso para transformarse en alguien irreconocible, como Renée. Bajo esa lógica, la actriz es una triunfadora entre millones que se quedan a medio camino en esta carrera por ser eternamente bella, joven y distinta a lo que eran originalmente.

¿Pero lo es realmente? Claramente no. Siempre dicen que la belleza tiene sus secretos. Y el central, el que todo el sistema se ha empeñado por ocultarnos por años para fomentar nuestro inconformismo y aumentar nuestro consumo, es el más simple de todos: mientras más auténtica, más bella eres. Mientras mejor te aceptas y te quieres tal y como estás, más hermosa te ves y te ven los otros. La única belleza es la que brota de la seguridad de saberte bella desde el comienzo, sin que te convenzan de lo contrario. Por eso hay mujeres que sin poseer ninguno de los atributos de belleza supuestamente deseables, son tan deseables para el sexo opuesto: porque ellas descubrieron este secreto antes que Renée quien, a pesar de decirle al mundo que está feliz con su nueva cara, puertas adentro seguramente debe sentirse igual de fea que antes.

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Días de resistencia

Una amiga me contaba el otro día, que hace mucho tiempo, ella también estuvo en resistencia. Fue cuando al despertar, descubrió que estaba tiesa. Que no podía moverse. Que su cuerpo no le respondía. Rodó hacia el piso. Entonces con un dolor monumental, solo atinó a hacer una posición de rezo tibetano que había aprendido hacía poco en el que desplazaba su cuerpo por el suelo, de atrás hacia adelante, una y otra vez, lenta y dolorosamente. Entonces, cuando estaba tiesa, mi amiga que parece estar muy en paz con todo, resistió. Lloró, renegó, se llenó de rabia y se preguntó varias veces por qué a ella. Pero la inmovilidad permaneció, inmutable a su lado por un par de meses. Solo cuando aceptó que estaba tiesa y que ésa era su nueva realidad, de a poco, su cuerpo empezó a aflojar. Al tiempo, recuperó la movilidad. Pocos días más tarde, otra buena amiga me contó una historia parecida acerca de la época en que le dieron ataques de pánico. Maldijo, lloró, resistió la invalidez del terror súbito que de repente le venía. Pero de un día para otro, las crisis pasaron. Fue después de que se dijo a sí misma: “Bueno, acéptate. Ahora tienes estas crisis, no puedes andar sola, estás frágil”.
Mis amigas no me contaron estas cosas mágicas a pito de nada. Me lo contaron cuando les confesé que yo recién estaba saliendo de mi etapa de resistencia. Como si fuera una mutante, de un día a otro, me fragilicé. Apenas podía caminar y comer. Y tuve que empezar a hacerlo como si fuera de cristal. Durante el primer periodo, me escondí del mundo lo mejor que pude. Yo, que era la todoterreno, la corredora, la divertida, la chistosa, la mina que se las podía todas, de repente era un pollo mojado que apenas podía moverse y comía de a poquito solo ciertas cosas. Claramente no quería que nadie me viera así. Me sentía miserable. Pero además, no quería que nadie presenciara mi resistencia. Lloré como loca, insulté mi mala suerte, amenacé (no sé bien a quién) y pataleé con ira. Quería volver a ser lo que era. Me negaba a estar así. Era tan grande mi soberbia que no veía que eso no era algo que mandara yo, sino que la vida me estaba poniendo esa experiencia con un para qué.
Estaba tan en resistencia, que incluso pretendí seguir haciendo mi vida al mismo ritmo que antes, tratando de ignorar mi nueva fragilidad, como si eso se pudiera. Solo logré fragilizarme aún más. Lloré y lloré. Vacié y vacié mi resistencia, siempre a solas, porque de algún modo también estar así, tan porfiada, furibunda y negativa, me daba vergüenza de mí misma: no me parecía en nada a esa gente que aparece en las noticias o en las películas que frente a la adversidad, se ponen positivos y se juran a sí mismos salir adelante. Yo solo era un trapo que lloraba, se quejaba y se resistía a estar así. Pero un buen día me cansé físicamente de estar métale reclamo y llanto. Y empecé a operar, al nuevo ritmo. A aceptar de a poco que ésta era mi nueva situación y me gustara o no, tendría que aprender a lidiar con ella. Tarde, pero también llegó el momento en el que me entregué y me dije: “Ok, esta es la Pepa de ahora, más lenta y delicada y la tengo que cuidar”. Entonces empecé a cocinarme. Rechacé varios trabajos sacrificados que antes habría hecho poniendo mi cuerpo a prueba y empecé a medir mis nuevos límites para no pasarme. Y aunque mi recuperación no ha sido instantánea ni sobrenatural, sí desde que dejé de resistir, empecé a salir muy despacito de esta nueva debilidad. Ahí está todavía ella, pero ahora acogida y regaloneada por mí. Y su presencia ya no se me hace una molestia. De a poco, nos hemos ido haciendo amigas. Y aunque al principio jamás lo hubiera pensado, me ha enseñado varias cosas que de otro modo nunca habría descubierto. ¿Cómo termina esta historia? Aún no sé, pero puedo imaginarlo porque los finales así son predecibles: cuando me encariñe con esta debilidad nueva, ella se irá para otro lado. Y después, desde el pasado, me mandará a decir: prueba superada, Pepita cabeza dura.

Vivir la vida

Siempre les digo lo mismo a mis alumnos la última clase antes de las fiestas patrias: que se cuiden. Que no manejen borrachos. Que no se suban a autos de gente que está borracha. Que no tomen cualquier cosa. Que coman también. Que disfruten, pero con mucho resguardo porque en estas fechas la gente se pone como loca, eufórica y aumenta la fiesta, pero también el peligro. Ahí me sale la mami vieja escuela que llevo dentro. Ahí se me quita todo lo punk y moderna que puedo ser a ratos: cuando me imagino que a mis chiquillos les puede pasar algo en ese afán adolescente de creer que sólo a través de la intensidad, se vive la vida de verdad. Porque hay mucha gente que cree eso: que vivir la vida es hacerlas todas, hasta el extremo, convertirse en una especie de muñeco a pilas que prueba por aquí, hace por allá, se cansa hasta lo indecible y luego dice, muy satisfecho de regreso a su rutina: qué manera de pasarlo bien.

En fiestas patrias, eso se replica por mil: en familias que salen apuradas, al lote, llenas de aparatajes arriba del auto, corriendo por la autopista para llegar a playas saturadas donde para ir a comprar el pan te demoras hora en auto. En gente que come hasta abarrotarse, que bebe hasta quedar dado vuelta, que fuma toda su cajetilla en una noche, que baila hasta quedar un día completo después en cama, que sube varios kilos después de tres días de bacanal, que anda en auto a la velocidad de la luz sin haber dormido lo suficiente y que entre más cosas haga y ojalá hasta su límite, más jugo siente que le ha sacado a la vida. Es como esos viajes a lugares lejanos que al final más que una travesía de descubrimiento, termina siendo una competencia por haber puesto los pies en la mayor cantidad de lugares posibles en el mapa, aunque sea por dos minutos. Todo sea por obtener de allí una foto.

Eso es vivir la vida a concho para muchas personas: hacerlo todo, hacerlo rápido, hacerlo hasta estrujarse por completo. Vivir la vida como sinónimo de una maratón donde la cosa es llegar, cumplir, sin haber siquiera visto, menos disfrutado del paisaje. Este fin de semana no hice casi nada. Fue uno de los fines de semana que he vivido más a concho en mi vida. Entre lo poco que hice, fue ver una película muy linda en la que decían en una parte: lo que da miedo no es la muerte, sino que haya gente que nunca vive su vida. Y eso vale también para la gente que cree que las hace todas, que ha probado todas las experiencias del mundo hasta el hartazgo, tan intensamente. Porque vivir la vida no tiene que ver con sacarse el jugo. Con explotarse. Con agotar todas las posibilidades. Con morir acumulando cantidades de experiencias y vértigos más extremos que el de al lado. Tiene que ver mucho más con disfrutar y atesorar lo que una vive, aunque eso sea una quietud absoluta o haciendo algo que no salga para nada de lo común y corriente. Vivir la vida también puede hacerse a través de la paz. O de no hacer nada. O de descansar, caminar lento, pensar o respirar. Lejos de la lógica del consumo que dice que mientras más, mejor, vivir de verdad tiene mucho más que ver con calidad. Y la calidad se moldea entrenando la conciencia para apreciar cada momento, por pequeño o simple que sea. Y de repente una necesita la fiesta para bailar durante horas hasta quedar cansadísima. Pero otras veces, vivir la vida puede ser irse a una playa pelada a hacer nada más que respirar. O echarse en un sofá a leer un buen libro. O quedarse en Santiago mientras todo el mundo va de fonda en fonda, bebiendo mucho vino y chicha. Eso se ha ido convirtiendo para mí, con el paso del tiempo, eso de vivir la vida: sacarle el jugo a lo que necesito. Y me doy cuenta de que cada vez, necesito de menos cosas para vivir mi vida a concho.