Perderlo todo

Esta columna fue escrita un día después del incendio en Valparaíso. Fue escrita originalmente para otro sitio, pero finalmente no salió, por razones misteriosas. Acá se las dejo.

En Chile convivimos con la certeza irrefutable de que nada es para siempre. Que todo puede acabarse de un día para otro. Que podemos perder todo lo que teníamos en un abrir y cerrar de ojos. En el último tiempo, esa verdad nos ha azotado con una fuerza brutal y dolorosa. En menos de dos semanas, el terremoto en el norte y el incendio implacable en Valparaíso nos mostraron esa vulnerabilidad que de tan grande, dan ganas de no mirarla a los ojos: todo lo que hasta ese momento conocías, se puede derrumbar en un segundo. Siempre estamos expuestos a perder algo o a perderlo todo. Y claro, que el mundo dispar que nosotros mismos hemos construido ha puesto en mayor riesgo a unos más que a otros.

Vivimos en la mitad de esa evidencia y el intento por olvidarnos de ella, como un antídoto para sortear el miedo, para mantenernos en pie y seguir funcionando cada día con la secreta esperanza de que cuando venga una catástrofe, no nos tocará a nosotros ni afectará a quienes queremos. Pidiendo que ojalá nunca nos toque perderlo todo. Que nunca seamos nosotros quienes un mal día nos veamos enfrentados al micrófono de un periodista sin tino preguntándonos qué se siente no tener nada de lo que teníamos ayer. Perderlo todo es algo que ni siquiera alcanzamos a dimensionar. Menos en un mundo donde casi todo está enfocado en tener: para la mayoría, tener algo como un salvavidas para mantenerse a flote, para otros, tenerlo todo y a toda costa, como un estilo de vida.

No sabemos lo que es perder todo, pero intuimos que es de las peores desgracias que nos pueden suceder. Y para los damnificados del terremoto, del incendio, de estas catástrofes infames quedar sin sus hogares, sus recuerdos, lo que con años de esfuerzo lograron formar, es una desgracia tremenda. Pero ellos no han perdido todo. Porque sólo se pierde todo cuando uno se ha perdido a sí mismo. Cuando uno se abandona, se entrega y se resigna. Cuando se vive sin dar la pelea diaria, cuando se respira sin consecuencia, cuando se acepta lo inaceptable tragándose esa impotencia, cuando se doblan los principios por conveniencias, cuando se opta por abstenerse sin tomar alguna posición con tal de no incomodar a quienes no conviene incomodar, cuando se olvidan las lealtades, los amores y los orígenes, cuando se pasa a llevar lo que uno es o se pasa a llevar al resto con tal de alcanzar ciertas metas, cuando se entrega el alma a cambio de una posición, cuando se anestesia la conciencia con autodestrucción, cuando uno deja de ser persona para convertirse en un robot. Sólo entonces, uno ha perdido todo. Sólo entonces, se ha perdido algo irrecuperable. Los afectados por estas catástrofes no quedaron vacíos, tienen lo más importante: en pleno dolor, le dicen al mundo que van a salir adelante, que lo material se recupera, que van a partir desde cero, que van a seguir luchando. Nos han dado un ejemplo de riqueza que ya se la quisieran quienes verdaderamente lo han perdido todo sin siquiera darse cuenta o sin que les importe demasiado. La pérdida total es un fenómeno menos visible que un accidente o los estragos de la naturaleza. Es un fenómeno mucho más frecuente y común que las emergencias. Es un proceso diario, progresivo, personal y que tiene que ver con lo único que verdaderamente tenemos: nuestra conciencia.

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