Ser mujer

WE CAN

Por Pepa Valenzuela

Palabras previas: luego de ver el nuevo vídeo de Los Tres donde una víctima de femicidio, atada, muerta, ensangrentada, baila al ritmo del grupo y otras brutalidades más que allí aparecen, salió de mí este texto que creo he masticado por años. Al fin, salió de mí. Acá se los comparto. Al final del texto, también les dejo unos links inspiradores, decidores, que hablan un poco de lo mismo: cómo es ser mujer en el mundo. A quienes saben leer, gracias.

Los hombres no lo saben. No tienen cómo saberlo. Porque no les toca. Porque nunca les ha tocado. Porque no encuentran que pase nada anormal frente a sus ojos. Porque para ellos son tan naturales las licencias que hasta ahora tienen los machos en el mundo, que no son capaces de distinguirlo. Así es y ha sido el mundo que les mostraron. Por eso no entienden la magnitud de la violencia que vivimos día a día las mujeres en todas partes del mundo, hasta ahora, todos los días. Creo que a algunos ni siquiera les importa. Otros simplemente no ven cuán peligroso es ser mujer, también en Chile. (Dirán que en otros países es peor y sí, lo es, pero eso no significa que acá estemos con la tarea hecha) Y cuando algunos la comprenden o rozan un poco la contundencia de la evidencia, le bajan el perfil. Dicen que son eventos aislados. Que somos unas exageradas. Unas tontas graves. Feministas como sinónimo de frígidas, circunspectas y rabiosas. Como siempre, nos subestiman. Desde su más completa ignorancia sobre lo que vivimos las mujeres, lo que es ser mujer día a día, he oído a muchos de ellos decir: Son detalles. Cosas aisladas. Degenerados hay en todas partes. Agresivos también. No sean puntudas, ahora las quieren todas. No aleguen, hay mujeres en el gobierno y muchas profesionales. Están tan empoderadas que parecen yeguas. No sé de qué se quejan si al final ustedes deciden todo, a la larga. El patriarcado no es más que un matriarcado encubierto. Exageradas. Retrógadas. Faltas de sentido del humor. Porque no saben. No tienen cómo saber que hay cosas que no decidimos y que nos pasan hasta ahora. Sólo por ser mujeres. Sólo por haber nacido niñas.

La primera vez que pasó, yo tenía 10 años. Empezaba a irme sola al colegio en metro. Eran dos estaciones y mi mamá me dejaba en la puerta de metro Católica hasta que yo salía prácticamente en el patio de mi colegio en Manuel Montt. Usaba jumper. Aún no tenía pechugas. No me había llegado la regla. Era una tabla. Una niñita que se hacía trenzas. Un día se abrió la puerta del metro, yo salí y un señor entró. Pero antes de entrar, pasó su mano por mi entrepierna como si marcara tarjeta, por delante. No entendí hasta muchos años después por qué el señor había hecho eso. Sí me acompañó durante toda la vida la sensación de asco, vulnerabilidad y miedo. La certeza extraña de que me habían hecho algo malo. A los 10 años entendí que no debía permitir que se me acercaran hombres desconocidos. A cuidar mi cuerpo, sin entender qué tenía de malo, de sucio, el cuerpo de una niña de 10 años. A los 13, mi mamá me regaló dos shorts cortitos que estaban muy de moda esa temporada. Ya tenía un poco de pechugas. Ya era alta y tenía poto. Llevaba solo una cuadra desde mi casa hacia el parque cuando decidí devolverme: en sólo una cuadra, tres hombres adultos y un anciano, me dijeron cosas horrendas. Que me harían cosas que no entendí qué significaban. Uno me susurró Rica, haciendo saliva en su boca. Repito: tenía 13 años. Llegué a casa y le dije a mamá que me sentía mal. No volví a ponerme shorts durante casi 15 años. A esa misma edad, tuve un profesor de música que nos hacía tocar la flauta dulce. A mis compañeros, desde su asiento. A las niñas, de pie, a su lado. El profesor nos miraba las piernas mientras nos ponía nota. Las piernas flacas, imberbes, de niñas de 13. Me acuerdo haber advertido el peligro. Algunos apoderados dijeron que yo tenía la mente sucia. Que algo estaba mal conmigo. Años después, supe que al profesor de música lo habían echado del colegio por acoso: quizás años más tarde fueron más las niñas con la mente sucia quienes que lo denunciaron.

A los 15 años tuve un pololo. Él tenía 20, andaba en skate. Cuando me aburrí – aún era niña y para mí era un juego – le dije que no quería ser más su polola. Me gritó en la calle, se le hincharon las venas del cuello. Me dijo: “maraca”. Nunca había escuchado esa palabra. Los conserjes de mi edificio le tuvieron que trancar la puerta para que no me echara una mano encima. Días más tarde me llamó su ex. Me dijo que estaba embarazada de él. Y que él la había golpeado, con guata y todo, muchas veces. Que una vez la había botado por las escaleras del parque donde patinaba, pero había logrado salvar a su bebé. ¿No me habían enseñado que los hombres no golpean ni agreden a las mujeres? Desde esa edad más o menos, fue cuando empecé a recibir “piropos” en la calle. Ya tenía cuerpo de mujer. Y tener cuerpo de mujer se paga caro, especialmente en las calles chilenas.

Hasta ahora, cada vez que salgo de casa, por lo bajo recibo entre 4 a 5 “piropos” de hombres de terno, hombres que podrían ser mis abuelos, bisabuelos, los papás de mis amigas, obreros de la construcción, hombres borrachos, hombres desaseados, taxistas, conductores de autos rascas y autos caros, tipos bien vestidos y elegantes, incluso hombres que se supone resguardan a la población. Los piropos no son lo que creen ellos que son los piropos. No son “uy, bombón que caíste del cielo”. Esos serán ¿un 1% de lo que una recibe? ¿Y me gusta ese 1%? ¿Lo quiero escuchar? ¿Lo merezco? Al parecer sí. Porque soy mujer. Tengo cuerpo de mujer. El 99% restante, es que me chuparían no sé qué partes de mi cuerpo, enjuagues bucales con saliva, sobajeo de manos, el clásico silbido que de pronto interrumpe tu caminata, ese beso sonoro que tiran desde el anonimato, miradas fijas, invasivas, depravadas – incluso de hombres que van de la mano de sus parejas caminando -, y los típicos, huachita, rica, mamita, exquisita. Y más alusiones a zonas privadas de mi anatomía. A lo largo de mi vida, además 5 veces esos gestos han sido acompañados de exhibición de penes que no quisiera haber visto jamás. Me pregunto cuántas veces a los hombres, una mujer anónima, deschavetada y pervertida les ha mostrado su vagina en la calle.

Cuando he contado esa experiencia, algunos hombres, sorprendidos, no han encontrado mejor explicación para ello que: “es que quizás tú te vistes muy provocativa”. No. Yo soy femenina. Me gusta ser y verme como una mujer. Pero no ando con el escote al aire ni mostrando mis partes, ni siquiera el ombligo. Me han abordado de buzo, yendo al gimnasio, incluso una vez regresando de una clínica, enferma. Porque para esos hombres yo no soy un ser humano, soy un bistec. Y ellos son carnívoros, al parecer, en abstinencia permanente. Para ser honesta, muchos parecen animales. Literalmente. Y dan miedo. Asco. Impotencia. Hagamos un ejercicio matemático. Hoy tengo casi 33. Si desde los 15 recibo al menos 4 de estos testimonios que ellos consideran tan galantes al día, veamos: hasta ahora he recibido – el 90% del tiempo callada, aterrada, asqueada y el 10% restante chata, contestando, mandando a la mierda – 26 mil 280 “piropos” callejeros de hombres anónimos. ¿Debiera sentirme halagada? Según muchos hombres, muy.  Pero yo lo único que siento es asco. Asco e impotencia acumulada en más de 26 mil oportunidades. No me siento especialmente víctima, aunque efectivamente he sido víctima. Todas lo hemos sido. Dudo que haya mujer mayor de 16 años en Chile invicta a un agarrón. Sí hombres: le ha pasado a tu mamá, a tu abuela, a tu hermana, a tu novia, a tu esposa, les pasará a tus hijas. Pero dentro de, he tenido suerte: no me han violado. No me han pegado. No me han intentado asesinar. Pero es difícil defenderse de esto. No puedes hacerlo sin correr más riesgos de agresiones. Porque quizás ese tipo te golpea o peor aún, te puede violar. La cantidad de agarrones de poto, de pechugas, incontables. La última fue hace poco: venía de una entrevista con cinco madres cuyos niños habían sido abusados en su jardín infantil. Llevaba cuatro horas escuchando ese dolor, las atrocidades que les hicieron a sus hijos, caminaba aún consternada por la calle, cuando un ciclista metió la mano debajo de mi vestido. Me agarró tan fuerte, que me quedó doliendo. Le grité mil cosas. Nadie se detuvo a ayudarme. Me senté en la vereda y me puse a llorar. Mi editora tuvo que ir a buscarme. Después de una entrevista tremenda, había sido demasiado por ese día. Qué saqué con gritarle al tipo: nada. Porque es inútil exigir respeto frente a una avalancha de faltas de respeto constantes. Porque las veces que una no aguanta y les dice frente a una grosería, “cállate, huevón” o algo de vuelta, ellos se ríen. Sí. Se ríen. Lo encuentran divertido. Porque ellos tienen permiso para abordarte con obscenidades, pero una mujer no tiene permiso para responder. La que lo hace está loca. Mira esta estúpida, cómo contesta ¡si yo tengo derecho a decirle lo que quiera! ¡Si yo soy hombre!

Las mujeres que osamos llevar la contra, nos exponemos a pasarla mal. A mí un novio por decirle que no iba a un carrete, enfurecido, me levantó la mano, dispuesto a golpearme. Terminé con él antes de que alcanzara a hacerlo. Otro me bombardeó con maltrato psicológico durante algunos meses en los que viví confundida, aterrada, llorosa, y muchas noches dormí hecha un ovillo de miedo. Uno, enojado porque lo estaba dejando porque simplemente me omitía, terminó insultando mis dolores más sagrados con una violencia verbal tan grande que me dio miedo conocer más allá. Otras lo han pasado peor por llevar la contra, por decir que no, por decir no más. Sabemos las cifras de femicidio. Yo he estado con algunas sobrevivientes. Una de ellas, Gabriela, enfurecía tanto a su ex pareja, que él la golpeaba a menudo. Una vez la dejó desnuda y encerrada en una pieza con el frío de Punta Arenas. Terminó rociándola con bencina con ocho meses de embarazo y le prendió fuego. Gabriela sobrevivió, su hija Milagros también. Yo la conocí saliendo del hospital, con la mayor parte de su cuerpo quemado, usando peluca, aterrada, adolorida, pero viva.

Violencias más sutiles: todas las de los patrones de la moda, las marcas, la industria, creada desde ellos para nosotras, para que estemos flacas, perfectas, preocupadas hasta del dedo meñique del pie, disconformes e infelices siempre con nuestros cuerpos. Más: a mis amigos solteros, nadie les pregunta por qué están solteros. A mí es lo primero que me preguntan en reuniones con más gente que mi núcleo cercano: si tengo pololo, si me he casado, si tengo hijos. A ellos les preguntan cómo les va en la pega. (Y a mí en la pega, me va de repente mejor que a muchos de ellos). Hace poco, de la nada, me encontré con un conocido. En cinco segundos, me dio a entender que para él mi vida no tenía ningún sentido: “Cómo no te has casado, puchas, ¿y ese novio tuyo de la U? ¿Ya no? Qué lata. ¿Nada de nada? Es que tú no estai hecha para este país. ¿Quizás erís mañosa? ¿Pesada? ¿Muy exigente? Igual triste estar sola”. Eso me ha pasado muchas veces. Sola es malo. Soltera es fallada. Y por cierto, la culpa de esa falla es mía, de las mujeres, no del mercado. Infinitas las caras de hombres ofendidos, choreados, porque me he atrevido a hablarles de igual a igual. Infinitas las veces que sólo han pensado en su placer sexual, no en el mío. Infinita la diferencia que pago por mi plan de salud solo por tener útero. Infinitas las diferencias de salarios porque soy mujer: recuerdo a amigas inteligentísimas que en entrevistas de trabajo han tenido más interés en su método anticonceptivo que en su radiante currículum. Son infinitas menos las posibilidades que tengo que acceder a un cargo de poder. Si lo hago algún día, habrá un mundo completo allá afuera dispuesto a juzgar mi rol de mujer, madre y esposa (aunque no me pienso casar). Infinita la cantidad de veces que me han dicho, por decir cosas como éstas, que soy jodida, intimidante, pesada, loca, “poco femenina”, tonta grave. Lo más triste de todo, es que ese lenguaje machista también se replica en bocas femeninas. En mujeres que sí se sienten halagadas cuando las babean en la calle y basan su autoestima en groserías ajenas, en mujeres que también consideran todo esto que cuento como de “tonta grave”, en mujeres que me han aconsejado “moderarme” para “encontrar a alguien, ojalá un marido”, en mujeres que por creerle a maltratadores me han violentado más aún tachando la verdad como “despecho o locura”. Sí, discriminadas, violentadas desde que el mundo es mundo, acostumbradas y confundidas, sometidas, muchas de ellas adoptaron un lenguaje masculino para definirnos como mujeres y maltratar a otras mujeres. Ese lenguaje define a las mujeres que muchos de ellos aún creen/quieren que seamos. Las mujeres que sonríen, son coquetas, se arreglan, no discuten ni debaten, no se enojan, acogen, atienden, no chistan, encuentran que todo, hasta lo que las ofende, es “simpático”. Las que no se hacen problemas por nada. Las livianitas. Las relajadas. Las que no llevan la contra. Me perdonan, pero eso no es una mujer, es una Hello Kitty. Es lo que muchos hombres quisieran que fuera una mujer: un objeto que no los joda y que les siga permitiendo tener las licencias de más que tienen. Pero yo soy una mujer. Soy femenina. Y sí, también soy feminista. Todas debiéramos serlo, por todo lo que aquí he descrito, por todo lo que aún nos falta por avanzar. Por ser feminista, ¿odio a los hombres?, ¿soy una tonta grave? ¿soy frígida? ¿soy masculina? ¿soy un cacho? ¿soy densita? Contesto: amo a los hombres, pero a ciertos hombres. A los hombres que nos respetan, nos tratan y nos aman como merecemos. Me encantan los hombres y me he enamorado de un par de ellos, con una intensidad que sólo puede ser femenina y poderosa. No soy frígida en lo absoluto- y aprendí que no lo era gracias a mí misma al comienzo -, pero tampoco me caliento con cualquiera. Soy un cacho sólo para quienes quieran perpetuar como normalidad el machismo imperante y otras intolerancias más y ¡espero seguir siendo un cacho para ellos! (My pleasure). Masculina jamás: quienes me conocen, saben cómo me arreglo, la atención que pongo en los detalles, cómo acojo a quienes amo, cómo me gusta bailar, moverme, verme y ser una mujer en el mundo. Soy densa y grave y seria con los temas que tengo que serlo, como éste. Reto a mis alumnos cuando se están portando mal. Digo las cosas que me molestan y por supuesto que me enrabio con injusticias, pasadas a llevar, las mentiras y otros temas que ameritan. Soy dura cuando tengo que ser dura. Pero también soy liviana cuando tengo que serlo: tengo sentido del humor, creo que puedo decir además que soy bastante chistosa y alegre en momentos alegres. Y también soy extremadamente dulce, cariñosa, romántica y coqueta cuando quiero coquetear. (Pero mi coqueteo no violenta ni invade a nadie) En resumen, soy un ser humano. Soy un ser humano así: femenino y feminista. Lo primero llevó a lo segundo. Vivir como mujer me hizo feminista. Vivir todas estas cosas, vivir en este mundo como está, vivir en Chile, ser mujer chilena, me hizo ser así. Y me gusta ser así. Me gusta ser una mujer y no una Hello Kitty. Me gusta decir con todas sus letras que el video de Los Tres es ofensivo, asqueroso, machista, insultante porque lo es aunque ellos no lo vean (porque ya sabemos: muchos no ven esto, no nos ven). Me gusta tener la capacidad de ser seria y decidida y decir lo que pienso y no me siento tonta grave, frígida, fregada o fallada por ello. Me gusta ser competente, responsable y asertiva. Me gusta salir a la calle bonita, aunque sea un riesgo: no voy a dejar de ser quien soy porque el resto no sabe cómo comportarse, sería decirles que tienen la razón. Me gusta ser aperrada, empática, cariñosa y sentimental también. Aprendí a quererme con todas mis facetas, a pesar de que culturalmente todo está hecho para que las mujeres no nos gustemos a nosotras mismas y aceptemos, resignadas, el estado de las cosas. Me gusta ser mujer. Pero más me gusta ser una mujer que no se resigna a un mundo que aún trata así a las mujeres. Y no me siento ni una pizca menos femenina por eso.

De Claudia Regina, traducido del portugués al español, Lo que siente una mujer:

http://elblogdematina.blogspot.com/2013/05/como-se-siente-una-mujer.html

De Malena Pichot, La Loca de Mierda, Piropos:

http://www.youtube.com/watch?v=aY7IEMTcLVg

La novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie, We should all be feminists

http://www.youtube.com/watch?v=hg3umXU_qWc

La escritora Isabel Allende, Historias de Pasión

http://www.youtube.com/watch?v=BXiY3lk5rbg

 

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