Mi abuela Nieves

Donde estés, viejita linda. Te amo. Aquí estoy contigo hace casi 30 años.

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Yo sólo tuve abuelas: cuando nací, mis abuelos se habían marchado hacía muchos años y sólo estaban vivas ellas. Una, la abuela paterna, era una señora que recuerdo difusamente en una casona antigua de Cauquenes, tocando el piano, llenándome con harina tostada cada vez que iba, apretándome las mejillas con fuerza porque para ella, tenerlas rosadas era símbolo de salud. La otra, la abuela materna, fue realmente eso: una abuela para mí. Un ángel de la guarda. Quien me consintió, cuidó, mimó y amó sin restricciones durante mi infancia. Mi abuela Nieves vivía solita en el mismo edificio en el que vivían mis padres. Cuando ellos se separaron, con mi mamá nos fuimos a vivir con ella y ella nos acomodó sin chistar en su lindo departamento. Era una mujer hermosísima: cuando joven, había sido una belleza reconocida en toda los pueblos de la octava región por donde habían pasado con mi abuelo, un moreno altísimo, de bigotes, que tomaba a mi abuela, que era pequeña y monona, por los aires para bailar.

Ya mayor, mi abuela Nieves seguía siendo bella. Era una abuela de cuentos: tenía unos ojos celestes intensos, la sonrisa resplandeciente, las canas blancas con un leve toque lila y aún conservaba la estampa de una mujer extremadamente elegante a pesar de la edad. Era un ícono de lo femenino: guapa, medida, paciente, calma, detallista, anfitriona, cariñosa, delicada. Pero también, bastante independiente para su generación. Había trabajado en su vida confeccionando prendas de alta costura y tenía sus bienes. Y por eso, era generosa hasta el hartazgo. Me pasaba a escondidas billetes de 10 mil pesos enrollados en la palma de la mano cuando 10 mil pesos era muchísima plata, andaba pendiente de todo lo que me gustaba para comprármelo y cada vez que llegaba a casa, me esperaba con los brazos abiertos, envuelta en unas pintoras con flores de colores cuando hacía mucho calor. Acurrucadas y junto con mi nana, veíamos las teleseries de después de almuerzo. Nos contábamos cosas: de alguna manera extraña nos entendíamos: yo era una niña que estaba creciendo y ella era una mujer crecida que estaba volviendo a ser niña. Y nos entreteníamos mucho juntas: coqueta hasta el final, ella me dejaba que yo, de siete u ocho años, me montara sobre su regazo y la maquillara con sombras de colores y rímel en las pestañas. Mi abuela Nieves me contaba cuentos. Dejaba que yo hiciera y deshiciera mientras mamá no estaba en casa. Me contaba secretos, yo le contaba los míos y hacíamos pactos de silencio que mantengo hasta ahora. Me prestaba todas sus cosas para que me disfrazara. Me amaba sin límites. Jamás me retó y se reía con todas mis ideas de niña.

Como éramos parecidas, de ojitos claros, todos siempre me dijeron que había salido a ella, que era tan hermosa que yo me sentía honrada con la comparación. Pero años después, un poco antes de que partiera, supe que no era mi abuela biológica. Y que eso de haber salido a ella, de tener sus ojos, no era posible. En casa, esa noticia quebró muchas cosas. Pero a mí no alcanzó a rozarme: mi abuela Nieves era eso para mí: una abuela. La mejor de todas. Una abuelita de cuentos. Una abuelita tierna, consentidora, femenina que además era mi cómplice. Eso le dije antes de separarnos: que ella siempre sería mi abuela. Esto me dijo ella una noche antes de partir: que yo era lo que más quería en la vida. De alguna manera, se estaba despidiendo. Pero yo, que era tan niña todavía, no alcancé a darme cuenta. Ahora, la siento siempre. Convertida en una mujer grande, entendí muchos de los mensajes cifrados que ella me dio cuando yo era chica. Y por eso escribo ahora sobre ella. Porque de alguna manera quiero decirle que comprendí todo. Que nuestra historia me llegó de una manera mágica y medio milagrosa y que entiendo, que estoy agradecida de todo lo que me dio, lo que nos dio, y que siento mucho no haber entendido más cuando ella estaba acá conmigo. Que la sigo queriendo como siempre. Que aunque estemos en lados distintos, seguimos siendo nieta y abuela cómplices. Y que esto es sólo cuestión de tiempo porque ya nos volveremos a abrazar.

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