El nado

La vida es un nado. Al principio, nos enseñan a flotar. A agarrarnos de tablas, plantas, algas, lo que sea, para seguir a flote. Hasta que un buen día, uno descubre que puede nadar por su cuenta. Algunos entonces siguen de por vida flotando. Y otros, unos pocos, se lanzan a nadar. Y empiezan a aprender a moverse en el agua. Primero, pataleando, braceando con torpeza. Tentándose en agarrar tablas, algas en el camino, para descansar un rato flotando. Porque a veces nadar se vuelve difícil, cansador y cuesta. No es cosa fácil nadar, moverse en el agua por los propios medios, disfrutar el trayecto y del agua. A veces el agua se pone turbia, fría, porfiada. Entonces uno recuerda al niño que era y que flotaba aferrado de otras cosas y se tienta con aferrarse de nuevo, olvidando que lo único que permite el nado es soltar, tener los pies y los brazos libres para empujarse sobre el agua. Esa es una lección que una se tiene que repetir todos los días mientras va nadando, porque es la más fácil de olvidar: no te aferres, deja ir, suelta, despréndete. Tú sabes nadar solo. Y si nadas, es imposible el naufragio. Imposible ahogarse. Imposible hundirse. Sólo tienes que nadar.

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