Pavos reales

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Por Pepa Valenzuela

Pasa que muchos hombres creen que el mercado amoroso para las mujeres, es un paraíso en la Tierra. Que hay oferta en abundancia, que las minas podemos regodearnos entre tantísimas buenas propuestas y que al final, nosotras decidimos entre una amplitud de posibilidades que ellos consideran de lo más potables que hay. Tengo un amigo que siempre me dice eso: de qué te quejas, si te deben llover las ofertas, Pepa. Y yo lo quedo mirando con cara de sorpresa porque no puedo creer que no vea la realidad. La triste realidad. Porque primero, no me llueven las ofertas (cuestión que atribuyo a mi poca exposición al mercado por falta de tiempo y muchas veces, ganas) pero también porque la oferta que hay puede quizás ser abundante, pero es bastante discreta. Sobre todo cuando una pasa los tiernos veinte. De ahí en adelante una se encuentra con una verdadera selva. Y con especímenes que a para mi gusto, son bastante poco atractivos. Y el menos atractivo de todos, según yo, es uno que se ha diseminado como la peste en este país supuestamente en desarrollo: el pavo real.

El pavo real es un tipo pasaditos los treinta, que generalmente se dedica a pegas bien formales, cuadradas, bancarias y empresariales que anda por la vida de ternos y zapatos lustrosos, pero la mayoría de las veces está físicamente dejadito de la mano de Dios (empezó a cultivar guata, pelada y look de caballero senior rápidamente). También anda arriba de un buen auto que cambia con una frecuencia abismante y cuya misión en la vida parece acumular bienes. Porque de eso habla el pavo real: de bienes. De terrenos, propiedades, autos, ganancias, negocios, perspectivas, terrenos, casas y metros cuadrados construidos, viajes, y cómo no, dinero. El pavo real siempre está hablando de eso, de dinero. De intereses, de lo bien que le ha ido, de las lucas en invirtió en su último lujito, de la plata que le inyectó a la casa que se está construyendo en las afueras de Santiago, de tasas de interés, de ideas que le darán aún más dinero. Así se pavonea con sus amigos: hablando de dinero. En eso reafirma el sentido de su existencia: en el dinero. De eso habla en fiestas, matrimonios y festejos en vez de bailar como desaforado: de dinero, sosteniendo eso sí, un vaso de whisky en la mano. Y así intenta conquistar a las mujeres: hablándoles de lo mucho que tiene. Y claro, caen varias pajaritas derretidas en sus brazos. Pajaritas interesadas, que buscan un buen futuro económico, que las mantengan bien mantenidas, pajaritas que también creen que la masculinidad está en el plumaje de oro. Pajaritas que después se aburren soberanamente a su lado, que permanecen mudas en estas conversaciones sobre tasas de interés y que tarde o temprano, empiezan a mirar para el lado para tener un poquito de pasión en sus vidas. Porque hasta una súper trepadora percibe lo obvio: que un pavo real es una lata de hombre. Puro aburrimiento embutido en un terno. Puras challas y fuegos artificiales que no son más que eso: artificios. Porque lo que realmente enamora, atrae, amarra el corazón de una mujer, al menos de una mujer bien parada en sus dos patitas, no es alguien que presume de lo que posee, sino de alguien que simplemente es. Y se deja ser. Y se muestra así. Y es capaz de disfrutar con poco. Y hablar también desde el corazón, los sentimientos, la pasión y el verdadero sentido de la vida. Ese que poco y nada tiene que ver con bienes, tasas de interés, terrenos, metros cuadrados ni plumajes