La historia no contada

Por Pepa Valenzuela

con papá y mi hermano claudio

con papá y mi hermano claudio

Una de las primeras cosas que aprende un periodista es a chequear la información. A confirmar la veracidad de los hechos que relatan las fuentes. Comprobar fechas, datos, episodios con distintas personas para tener certezas y narrar la realidad de manera fidedigna porque a veces las fuentes distorsionan en mayor o menor medida la información según sus propios intereses. Hay que saber varios lados de la historia para comprenderla a cabalidad. Esa es una de las primeras cosas que aprende un periodista. Y después de transforma en una norma que aplicamos todos los santos días en el ejercicio de nuestro oficio. Los periodistas vivimos chequeando información. Pero a ratos no siempre lo hacemos en nuestra vida personal. Nadie te dice y es difícil de creer, de saber, que ahí algunas fuentes también te contarán la historia de manera parcelada de acuerdo a sus intereses. Ni menos que llegará el día en el que convertida en una mujer grande, en una periodista tenaz que chequea muy bien la información y narra realidades de manera fidedigna, quedarás atónita al saber que conoces solo un lado de tu propia historia. Porque tu historia te la contaron mal. O a medias. Y durante treinta años creíste a pies juntillas en una sola versión. La versión que no contenía toda la verdad. La versión distorsionada. La versión de la más cuesta dudar: la de tu propia madre. Pero si desconfías de tu madre, en qué otra cosa puedes volver a creer después. Creer o no creer. Esa también es una cuestión.

Pero así sucede: llega un día en el que mágicamente empiezan a salir a la luz las otras versiones. A aparecer las piezas faltantes del puzzle. Porque a la larga la verdad siempre se las arregla para salir a flote aunque sea una vida entera después. Entonces empiezas a descubrir que las cosas no eran como te las dijeron. Que muchas cosas en las que creíste no existían. Que muchos personajes que te pintaron de malos, no lo eran tanto. Y que muchos de los buenos, estaban más que nada del otro lado. Y entre esas luces que empiezas a ver, descubres a otra familia, a otros personajes, otros matices, otras partes fundamentales de tu historia. Tan fundamentales como la figura real de tu propio padre. Y así sucede: de pronto te empiezas a dar cuenta de que tu padre no era el que te pintaron. Que no era el maniático que no dejaba vivir en paz a nadie, el hombre cuya locura podría devastar la cordura de una niña pequeña, de la niña pequeña que eras tú atrapada en un departamento de secretos, tensiones y peleas, que no era el hombre que desaparecía porque no le importabas, porque no te quería, porque ese hombre no sabía querer a nadie. De pronto te das cuenta de que sus regalos extraños no eran porque no le interesabas y se le ocurría burlarse de esa forma de ti y de todas las personas a quienes les regalaba. Que no era un ermitaño indiferente a quienes lo rodeaban y lo querían. Que no era el que provocó todos los problemas. Las rupturas. Las frustraciones. Las dificultades económicas. Los vacíos existenciales tuyos, de tu madre, de tus hermanos mayores, de todo lo que había dejado en este mundo de herencia. De pronto te das cuenta de que ese hombre, tu padre, no era el súper malo de la película. Ni el loco.

Simplemente era un hombre con matices, un hombre a quien nunca le hicieron un regalo cuando era niño y por eso no sabía escoger presentes para los demás, pero lo intentaba al menos, un hombre dañado que tuvo que salir de la casa para no sobrecargar a sus padres a los 15 años para hacerse hombre, un hombre que nunca tuvo derecho a sentir, llorar, amar a nadie, pero que intentaba hacerlo con una torpeza emocional que más tenía que ver con la inexperiencia de un robot en asuntos humanos que con indiferencia o crueldad. De pronto te das cuenta, y recuerdas episodios, en los ese hombre, el que te describieron tantos años como el malo, intentaba acercarse a ti. Siempre de maneras curiosas, raras, incomprensibles, fuera de foco, desconcertantes, pero siempre intentando acercarse a ti. Para decirte en su lenguaje raro, robótico, extraterreste, de hombre que no sabe expresar lo que siente – porque quizás no sabe que siente – que tú le importas, que te quiere, sin saber bien cómo hacerlo. De pronto descubres que ese hombre sí amaba a tu madre, que sí te amaba a ti, y nunca entendió, como tantos otros asuntos humanos, por qué sus mujeres se mandaron a cambiar de un día para otro desplazándolo, rechazándolo, marginándolo de todo. Y ahí quedó, dando vueltas como un loco, como un gato enjaulado, tratando de acercarse con su nave espacial a un mundo terrícola juzgador donde lo diferente no tiene lugar ni derecho a manifestarse en su diferencia. De repente te das cuenta de que el exiliado fue él y no tú. Y que a su modo extraño, poco eficaz, difícil de entender, distinto, tan distinto, él quería, siempre quiso, ser parte de tu vida, que lo consideraras, que lo invitaras a tus cosas, que ahora te des tiempo para almorzar con él simplemente para hablar de cosas irrelevantes. O escuchar sus chistes fomes. O caminar con él lentamente por la calle. O para decirle a sus amigos: “Esta es mi hija”, con un orgullo que se le desborda, como todas las emociones que no sabe manejar.

De repente te das cuenta de todas esas cosas cuando conoces a un hombre parecido a tu padre. A un extraterrestre que falla en asuntos medio humanos, pero te quiere en su lenguaje interespacial. A un hombre que intenta acercarse a ti de maneras curiosas, desconcertantes, desatinadas, raras, pero no te deja en paz. Y tú, por alguna razón u otra, tampoco puedes dejarlo ir porque lo quieres, te conmueve, porque te remece el corazón aunque a ratos también te den ganas de apretarle el cuello. Descubres a tu padre cuando conoces a un hombre parecido a él. Y justamente cuando tu padre está mayor, muy mayor y camina con dificultad. Cuando ya tiene una máquina en el corazón durante varios años. Y ya no es un hombre, el hombre grande, adulto, fuerte, imbatible, el militar siberiano, sino un abuelo que se tambalea por la calle y que tú miras tomar la micro con el corazón en la mano porque lo ves tan vulnerable, tan frágil, tan quebradizo, que solo quieres ponerte a llorar a gritos para que alguien te ayude, los ayude a los dos, y así nadie pase a llevar a tu papá. Descubres a tu papá justamente cuando está en la pieza de un hospital junto con otros 7 hombres mayores que han tenido algún accidente vascular reciente y lo ves sonreír contento cuando te ve llegar, envuelto en una bata celeste, sentado en una de esas camas que se repliegan con controles. Lo descubres cuando te dice que no te preocupes por él, que seas feliz, que no dejes de hacer tus cosas por ir a verlo y luego se pone de pie con dificultad, toma una burrita y camina más abuelito, más frágil, con mayor dificultad, por el pasillo del hospital hasta el baño. Descubres a tu padre cuando sientes que a pesar de haber sabido una sola versión de tu historia en la que él era el malo de la película, a pesar de haberlo juzgado mal, a la rápida, sin chequear la información durante años, durante toda tu vida tal vez, él no tiene ninguna cuenta pendiente contigo. Ni te guarda ningún rencor. Ni se siente ofendido por tu larga incomprensión ni por el desarraigo ni porque te hayas tragado sin chistar otras versiones sin haberle preguntado jamás por la suya. Descubres a tu padre así, gracias a esas cosas, justo en ese momento en el que él está mayor, enfermo y porfiado como siempre, y él simplemente está contento y agradecido de que estés a su lado.

Y mientras tú, asimilas lo más rápido que puedes la verdad completa de la historia porque ya entiendes que el tiempo perdido creyendo en versiones parceladas ha sido demasiado, y ahora tienes que hacer lo que puedas por revertir tu ignorancia con justicia en el guión de tu vida. En una historia que con otras versiones se reordenó como un tablero de ajedrez donde ahora recién puedes jugar. Porque ahora tienes toda la información que necesitas para moverte con sabiduría, rescatar lo perdido, reparar lo dañado, amar a quienes te amaron, aceptar a los demás en sus diferencias y vivir de acuerdo a tu propia verdad. Esa verdad que no es la verdad de otros que tú asumiste sin cuestionamientos, sino la verdad que nace de tu propio corazón, de tu conciencia, de tu responsabilidad de averiguar, chequear la información como buena periodista que eres, para al final, al final de todo, hacerte cargo de tu propia historia como una mujer adulta que mira la realidad, la realidad completa, a través de su propio cristal.

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7 pensamientos en “La historia no contada

  1. Que penita, la verdad siempre prevalece!!!!! Aun recuerdo en tus columnas hace uffff mucho tiempo cuado hacias mension de tu padre y, como nos cambia la expectativa….. Cariños Pepona

  2. linda Pepa ya usted sabe que soy su fan desde hace años !!
    que lindo leer estas lineas ,no imaginas lo cercana que es con mi propia historia !
    un abrazo
    andi

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