El Higueral

Crecí leyendo. Leyendo historias, cuentos, crecí leyendo como loca, refugiándome en los libros de una realidad difícil. Y ellos, los libros, me salvaron la vida. Crecí leyendo desde muy niña a Isabel Allende y a García Márquez, entre muchos otros. Y Cien Años de Soledad me cambió la vida. Tanto, que cuando por primera vez intenté escribir un cuento, no hallé nada mejor que hacerle una especie de homenaje, amateur, infantil, con los poquitos recursos que tenía, a García Márquez. Y salió este cuento que está inédito y que publicaré por partes. Se llama El Higueral. Acá les va la primera patita.

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EL HIGUERAL

Por Pepa Valenzuela

Primera parte.

Todos los que crezcan en esta casa serán locos de remate, dice el Príncipe al ver el desastre que ha provocado aquel forastero prepotente. La higuera yace tirada sobre la tierra y una docena de hombres agotados, serrucho en mano, descansan apoyados sobre el árbol milenario que había sido el símbolo del pueblo. El sargento Clotario, se acerca al Príncipe examinándolo de pies a cabeza, mire hombrecito que a mí ningún vagabundo me va a venir a cambiar mis planes ni a decirme dónde construir o no mi casa, y se planta en frente desafiante. El Príncipe se da media vuelta, que no se le olvide lo que le dije señor sargento, y se va resignado a la capilla a hablar con el padre Pedro, hay que contarle qué ha hecho este militar puntudo.

Mientras tanto el sargento Clotario se rasca los bigotes, ordena a sus hombres que levanten la higuera y la saquen, pa donde patroncito, preguntan los obreros, no me pregunten huevadas, contesta el sargento. En qué estaría pensando el pelado que se le acercó a Don Clotario sacándose la chupalla, pero saca aire de los pulmones y le dice, patroncito, me permite decirle una cosita, diga rápido pues hombre, y el obrero, es que dicen que el Príncipe es hechicero y lo que dice se cumple calcadito, no vaya a ser que su respetable familia se chale por haber cortado la higuera. Rojo se pone el sargento de  ira, el que se va a chalar aquí es usted cuando le corte la lengua por andar hablando pelotudeces. Acto seguido todos los hombres en un silencio sepulcral, levantan a duras penas el árbol y enfilan hacia la plaza del pueblo. Tres días en total se demoraron en mover la monumental higuera, para dejarla tirada en la plaza del Higueral.

……………

 

Qué frío que hace, qué fuerte que ronca Clotario, qué pena despertarlo, pero la situación lo amerita piensa Doña Aurora y le dice, Clotario, despierta gordito que voy a tener la guagua. Firme suenan las botas del sargento en el suelo, maldita la hora que vino a escoger el malcriado para venir al mundo y sale de la habitación dando un portazo, mientras que Doña Aurora suda a cántaros, se aprieta el vientre hinchado, se le salen los ojos, pero en silencio para no molestar al marido.

En un instante entra una mujer gorda, las manos ásperas, la trenza larga y gruesa cayendo por la espalda, esta es Doña Ramona, la partera del pueblo, dice el sargento, y sale rápido de la casa a respirar el aire fresco de la madrugada. En el patio a oscuras, enciende un puro y lo aspira profundamente. Hinchado de orgullo se le pone el pecho al sargento, voy a tener un varón bien macho se dice sonriendo y mirando el hueco que ha dejado la higuera, grita: y bien cuerdo que me va a salir mierda!

Sacude la mano Doña Ramona haciéndole señas al sargento, la batalla ya ha terminado. Corre hasta la casa, pero cuando entra a la pieza y ve a su mujer, le parece que está viendo doble: Doña Aurora, el rostro rojo y húmedo, sostiene a dos criaturas que con los ojos abiertos se mueren de risa. Son niñas Clotario, gemelas, agrega Doña Ramona, se acerca el sargento restregándose los ojos y ve esas dos caras regordetas que al parecer, se están riendo de él.

…………………..

Miles de historias se habían fabricado los higuerinos sobre el Príncipe. Que había sido médico y que se volvió loco cuando se le murió un paciente en una operación quirúrgica, que había sido guerrillero de la selva amazónica y que se había cansado de los rehenes, de las treguas de un día, de comer insectos en fogatas clandestinas y traficar armamentos por las fronteras disfrazado de militar, decían, que era el heredero de un reino lejano y desconocido y que había huido cuando el rey lo había obligado a contraer nupcias con una princesa horrorosa. De seguro era por eso que nunca se lo había visto conversar con una mujer, decían los higuerinos. El Príncipe sabía de estas historias que se creaban en torno a su figura, se reía mostrando sus dientes grandes y amarillos, pero no desmentía ni afirmaba ninguna. Sólo él sabía qué era lo que lo había llevado al Higueral hace tantos años atrás y no se arrepentía del rumbo que había elegido para su vida.

Absurda le parecía al Príncipe la idea de trabajar de por vida, y se había jurado que jamás le trabajaría un solo día a nadie, ni al Papa, ni al Presidente, ni siquiera al más fiero de los dictadores, se decía, qué estupidez más grande desperdiciar así el tiempo cuando la vida es tan corta. Pero cuando la Domitila llegó a su casa, que voy a tener un hijo tuyo desgraciado, tienes que casarte conmigo y ponerte a trabajar para darle qué comer a nuestro crío, al Príncipe se le llenó el pecho de un pánico infernal. Una imagen espantosa lo atormentaba: se veía a sí mismo trabajando de sol a sol, amasando el pan, transpirando frente  a los hornos de barro, recibiendo extenuado un sueldo mísero a manos de un suegro gordo y explotador. Tanto fue el miedo que después de tomar dos o tres cosas, partió el Príncipe sin que nadie lo viera por el Camino de la Roca hacia un rumbo incierto, lejos del trabajo, del matrimonio y de la Domitila.

Mientras caminaba pensaba en su hijo huérfano, en la Domitila, malditas sean las mujeres que se les ocurre quedar embarazadas para amarrarlo a uno, nosotros que tenemos todo el derecho de pasarlo bien y ellas crean sólo problemas. Tres días estuvo caminando el Príncipe, ahogando las penas en el alcohol de los bares del camino donde conoció a hombres mucho más desafortunados que él, casados, trabajando para alimentar a mil críos que les demandaban cada vez más. Pobres, pensaba el Príncipe, y tomando su modesto equipaje, afirmaba más su paso hacia lo incierto.

Tres días caminó para llegar al Higueral. Terror sintió el Príncipe cuando desde lo alto de los cerros, vio a una especie de monstruo saliendo por sobre la niebla de un valle desolado, y entre la borrachera y el pánico que se le colaba por los huesos dio media vuelta para huir lejos de aquella bestia. Sin embargo, algo lo hizo permanecer donde estaba, será una especie aún no descubierta, pensó el Príncipe, seguro que devoró a todos los habitantes que habían vivido en ese valle solitario. Quieto se quedó unos instantes y cual sería su sorpresa cuando después de un rato descubrió que el monstruo no se movía. Lentamente se acercó el Príncipe hacia él, las piernas le tiritaban, el silencio sepulcral lo atemorizaba todavía más. Pero al llegar  a los pies de la fiera monumental y extender su mano para tocarla, sintió el alivio de la tibieza de la madera.

El tronco de la higuera era tan grande que ocupaba toda una cuadra de un prado repleto de malezas y pastos secos. Tan grande era que sólo uno de los cerros quedaba a la merced de los rayos del sol. Una carcajada que sonó como un eco estruendoso soltó el Príncipe al darse de cuenta de su equivocación, y levantando su brazo izquierdo, y apoyando su mano derecha sobre el tronco de la enorme higuera, fundó el valle con el nombre del Higueral, donde pasaría el resto de sus días sin trabajarle un día a nadie.