Secretos de periodista

Por Pepa Valenzuela
Alguna vez Don Guillermo, el guatón Hidalgo, andaba con la idea de hacer un libro firmado por mil o cien periodistas chilenos en el que contáramos ciertos backstages de nuestros reporteos, esas cosas sabrosas que pasan y que uno, por desaparecer del texto, deja afuera de la versión final. Aquellos secretos de periodista que salen a flote en reuniones entre colegas. El otro día pensaba en ellos, en mis secretos de periodista y decidí que tenía que escribirlos, al menos por aquí, para no olvidarlos más. Aquí, algunos de ellos.
– Alguna vez reporteando las historias de los animales del zoológico, fui perseguida para fines amatorios por un ñandú macho. El animal, corrió detrás de mí por toda la jaula abriendo y cerrando el pico emitiendo un ruidito escalofriante. “Detecta que usted es hembra”, me explicó el cuidador.
– Alguna vez estuve una tarde entera, de 12 del día a 12 de la noche, en un bar de cortinas rojas con una ex actriz porno chilena. Yo quería almorzar, ella pidió a las 1230 del día un tequila margarita y así siguió tomando hasta anochecer. Cuando ya eran las 11 de la noche, la ex actriz se entusiasmó con una canción de Gnarls Barckley y se subió a bailar a la barra que era bien alta, en unos tacones enormes. Se sacó cresta y media. Pero rápidamente se paró y volvió a bailar. Fue uno de los días más bizarros de mi vida.
– Alguna vez entrevisté a una famosa animadora de televisión que partió toda amorochita así, melosa hasta morir y terminó simulando llanto espontáneo e insultándome y echándome del canal porque le hice una pregunta que no le gustó. Al día siguiente me llamó para pedirme disculpas, para decirme que quería abrazarme porque yo le parecía una linda persona. Le agarré pánico. Hasta el día de hoy es la única persona que no entrevistaría por nada del mundo.
– Alguna vez reporteando sobre la píldora del día después, pasé una hora escuchando como una matrona me explicaba el ciclo reproductivo. No me dio la pastilla. Yo tenía 27 años.
– Alguna vez entré a la cárcel como visita para convencer a Carlitos Joya, el líder de una banda que excavó un túnel perfecto para robar las joyas del banco Bice – he ahí el apodo – que me diera una entrevista. Las gendarmes me trataron como una vaca. en una separación de cortinas, con otras dos chicas, tuve que bajarme los calzones, levantarme los sostenes y sacarme los calcetines delante de una guardia que por mi lentitud en el proceso me dijo: “Vos rucia ¿soy huevona o te hacís?”. Una de las chicas que estaba a mi lado e iba a visitar a quizás quién, le contestó: “Tss, no huevís po, si parece que es primera vez que la flaca viene pa acá, ¿cierto Flaca?”. Asentí. Después de la revisión, entré al gimnasio donde los hombres del pabellón esperaban su visita. Un gendarme me ubicó a Carlitos Joya, un moreno bajito y maceteado con cara de pocos amigos que me saludó con desconfianza. Nos sentamos en el suelo y empecé a explicarle quién era y a qué había ido. Estaba en eso cuando por la puerta de visitas entró una chica hiphopera, jeans anchísimos, los calzones asomados y el pelo con miles de trencitas. Era la novia de Carlitos Joya. Cuando nos vio, se acercó a Carlos, le dio un empujón y se fue hasta el final del gimnasio, hecha una furia. Carlitos partió detrás de ella deshaciéndose en disculpas. Más tarde los vi entrar a un camaro para tener sexo. Nunca más los volví a ver.
– Alguna vez estuve de copiloto en el auto de película de un padre acusado de maltratar a su hijo en varias oportunidades en Viña del Mar. Íbamos desde su casa hasta el mall de esa ciudad para almorzar. Sentí mucho miedo: manejaba tranquilo dos cuadras y después metía el acelerador a fondo en la tercera. Así fuimos de chantada en chantada por cuadras que se me hicieron eternas.
– Alguna vez estuve acá en Chile en un verdadero castillo medieval, hecho de adobe, piedras y barro. Sin luz. Y juro por lo más sagrado que mientras conversaba con su dueño a la luz de la chimenea, vi que su cara cambiaba de un rostro a otro bajo la penumbra.
– Alguna vez volé en un avión de la fuerza aérea colombiana en la cabina del piloto de Santiago hacia Concepción. Fue después del terremoto y los militares colombianos que vinieron a prestar ayuda a Chile, me invitaron a ponerme de pie para ver cómo aterrizábamos por la ventana del piloto. Indescriptible sensación.
– Alguna vez estuve con un actor argentino, gay, maestro, imitador y portador de VIH en su casa enorme en Buenos Aires. Ese día, le habían aparecido unas ronchas rosas en sus piernas por la enfermedad. Pero esperó que terminara la entrevista, que hizo rodeado de sus perritas poodles mejor ataviadas que yo, para ir al hospital. Meses más tarde supe que había fallecido y me dio una profunda pena. Bendiciones para ti, Fernando Peña. Donde estés.
– Alguna vez conocí casi todos los moteles capitalinos haciendo la Ruta de Niditos de Amor para una revista femenina. En todos, me regalaron invitaciones y tarjetas de descuento. Le regalé una a una amiga muy querida que pronto se iba a casar. Todas se vencieron sin haberlas podido ocupar: estaba solterísima durante ese tiempo. Sin embargo, en uno de esos moteles, donde me hicieron una cata de tragos y platos, probé la mejor crema de zapallos de toda mi vida.
– Alguna vez entrevisté a unos negritos cantantes de reggaetón. Uno de ellos, al ver que me devolvería a mi casa a pata, insistió en llevarme a casa en su auto, un jeep con parlantes sorround, neumáticos enormes, pantalla plana y harto bling bling. Me llamó un par de veces para invitarme a salir. Me decía mami. Profesional que es una, no acepté sus invitaciones.
– Alguna vez puse a mi cuerpo a disposición del reggaetón cuando llegó el ritmo a Chile y al servicio del caño, cuando se masificó entre las chilenas. Todo, con muchísimo dolor articular posterior.
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