In and out

Por Pepa Valenzuela

Por fuera: Me operé los ojos y ya no ocupo anteojos. Hay gente que recién ha descubierto que tengo los ojos verdes. No azulitos, ni esmeraldas, sino verde musgo, como los de mi papá. Cumplí 29 años y mis amigas me regalaron un alisado japonés que me dejó el pelo lisito, como planchado, las 24 horas del día. Volví a ser un poco más rubia en la pelu de la Juanita adonde vi el cambio de mando con las señoras del barrio entre puros alaridos de miedo. Creo que bajé de peso, aunque no es seguro porque nunca me subo arriba de una balanza. Encuentro que está de más torturarse por números. Con mi cuenta corriente me basta y me sobra. Volví a ponerme pareo, bikini y flor en el pelo para el cumpleaños hawaiano de mi amiga Carlita y le bailé un tamuré y un sau sau con la mejor de mis sonrisas y hundiendo la guata. También grabé un video para una despedida de soltera con una pintita con la que mamá me habría dado una buena patada en el traste. Bueno, ya no creo. “Ya estás vieja y peluda para saber lo que haces”, me dijo ella. Ojo que lo de peluda, es completamente falso.
Por dentro: me embalé y me desinflé amorosamente en un tris. Descubrí que mi familia es más grande de lo que creía y que va más allá de la sangre: tenemos un clan. El Círculo de Hierro, que le pusimos. Ingrid, Diego, Andrea, Pablo, la Carlita y la cómo no, mi Carola. Con ellos estuve para mi cumpleaños. Con la Caro, para el cumple de mi madre. Entonces yo, que me creía tan sola, me di cuenta de que esta gente no me deja en paz y me gusta que me invadan mi soledad. También escudriñé en la nostalgia. Fui hasta el fondo de ella, reviví recuerdos bloqueados y volví a salir de la superficie llena de paz, sin odios ni rencores. Nunca he tenido mucho de eso. La diferencia es que antes, olvidaba. Bloqueaba, más bien. Ahora aprendí a convivir con mis daños con más entendimiento y sin que me dañaran más. También constaté que soy mucho más frágil de lo que me muestro y que allá afuera, la trampa es mucho más común de lo que creía. Por lo tanto, entendí que yo no sé jugar. Y por eso oscilo entre la fe – y asomo mi nariz al mundo – y el miedo, cuando vuelvo a encerrarme en mi privadísima caparazón que sí, aún cerca de mis treinta años, es rosada, con blondas, pajaritos y mariposas. Tonta lesa yo. Porque lo más divertido de todo, es que sigo creyendo que así se puede vivir. Que derechamente es la única manera válida de ser feliz. A pesar de que en todos estos años, la evidencia me ha demostrado precisamente todo lo contrario.