Viaje a la decepción
Por Pepa Valenzuela

La desesperanza es un terreno entre la decepción y la muerte del alma. Primero, una aterriza en la decepción y cae en la cuenta de que toda la culpa del viaje es de las jodidas expectativas. Y luego, después de visitar muchas veces la decepción, llega a la desesperanza. A un terreno negro que te bloquea cualquier fe de futuro y que te hace dudar por primera vez si la reserva de un final feliz para ti realmente existe. Por eso, la desesperanza es un terreno peligroso, el más peligroso de todos: si esa duda se transforma en certeza, no queda otra cosa que la muerte del alma. Y por lo tanto, el fin de todo. Yo, todavía, dudo. Y al menos, tengo la voluntad de no convertir esa duda en una certeza. Aunque la desesperanza, a ratos, me traga la voluntad.
El otro día, llegué a la casa de una escritora de cincuenta y tantos, llena de plantas y de libros. Cuando me abrió la puerta, tenía los ojos vidriosos. Me dijo: “Au, vienes con fotógrafo y yo estoy fea porque estaba llorando un poquito”. La escritora visitaba por esos días el terreno de la decepción. Había descubierto meses atrás que su amor por más de veinte años, tenía otra mujer. Y ella, que se creía desconfiada por naturaleza, viva, cayó violentamente en ese territorio amargo cuando lo supo. “De todas las personas del mundo, pensé que el único que no me iba a traicionar, sería él”, me explicó ella. Y luego me dijo: “Entonces lloro por su muerte. Porque cuando pierdes a alguien que amas, es como si esa persona si hubiera muerto”. Por esos días, yo también atravesaba el pantano de la decepción y gracias a las palabras de la escritora, entendí que también estaba lidiando con un duelo. Con la muerte de alguien a quien amé profundamente a pesar de nuestras diferencias y que tampoco pensé jamás que terminaría decepcionándome. Entonces, cuando llegué a mi casa, lloré. Lloré igual que la escritora: sin hipo, con calma, con ese dolor sin vueltas ni arreglos que tiene la muerte.
Días más tarde, reviví mis visitas anteriores a la decepción. Habían sido varias visitas. Demasiadas para lo que creía merecer. Y también comprobé que la mayoría de ellas, habían sido provocadas por hombres. Por los hombres de mi vida. Desde mi padre hasta los hombres que en algún momento, debieron cuidarme y acabaron arrojándome a esos viajes eternos y oscuros. También me di cuenta de que había un solo recuerdo al que me podía aferrar. Que había en mi memoria, un solo hombre que hasta ese instante, no se me había muerto en el alma. Su recuerdo era una estampita luminosa que al cabo de otras decepciones, me ayudaba a regresar a la vida esperanzada. Ese hombre también había tenido sus peros, como seguramente yo los tengo y los tuve para él y los demás. Pero su única diferencia es que había enmendado sus errores. Tuvo en su momento, una voluntad temeraria para resolverlos. Al menos, para asumir que no eran lo que habría querido hacer. Ahí supe algo más importante aún: la gente no te decepciona cuando no se ajusta a tus expectativas, cuando permanece perfectamente ante tus ojos, cuando no comete errores. La gente te decepciona cuando descubres que no son capaces de ver sus peros, cuando no les importa verlos, cuando no tienen la voluntad de resolverlos, cuando prefieren arrojarte al vacío de la decepción antes que desanudar los nudos que han hecho en tu corazón. Lo que decepciona de un otro es la indiferencia, la crueldad, que te dejen varada en la incertidumbre sin respuestas ni excusas. La decepción llega cuando te das cuenta de que al otro, tú no le importas nada. Cuando haces preguntas y no tienes respuestas. Cuando descubres, desarmada, que deberás hacer un esfuerzo sobrehumano por contestarte sola, volver a creer en ti sin que ninguna evidencia respalde tu convicción. Y así puedas salir del paso hacia la muerte del alma, antes de que la desesperanza te trague por completo.

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