Don Roberto, a la izquierda. Y don Guillermo a la derecha.

Adiós Don Guillermo

Fue mi primer jefe, pero nunca me lo dijo. Yo tenía 23 años y había llegado a la revista Fibra como practicante gracias a Roberto Merino, el editor, mientras él andaba fuera del país. Creo que había ido a España a entrevistar a Camilo Sesto o a Corín Tellado, de eso ya no me acuerdo. Pero el asunto es que cuando volvió, no se presentó. Y se instaló con sus buzos y sweaters destartalados al lado de mi computador para hablarme de lo humano y lo divino durante horas mientras yo lo miraba con cara de pregunta y le escudriñaba sus dedos gordos, masticados, llenos de pellejitos, hechos un desastre. Guillermo Hidalgo, el director de Fibra, uno de los fundadores de The Clinic, el magistral Titán Do Nascimento que daba consejos integrales a punta de chuchadas, lejos el mejor entrevistador que he conocido, era así: sencillo, desastroso, desordenado, medio brutanteque, ni ahí con los títulos ni los cargos, bueno para el garabato, un conversador de lujo. También un maestro de aquellos. Recuerdo que me regaló una tarde entera en su oficina para enseñarme a editar un texto. Nos sentamos a revisar un reportaje mío sobre las Torres San Borja. Guillermo se dio la lata de editarme con lápiz y papel, explicándome cada porqué, con una paciencia de santo mientras fumaba y fumaba sus Malboro Light. Lo hacía porque le importaba. Porque creía que se podía hacer mejor periodismo. Porque era tan genial, que compartía todo lo que había aprendido en años de cancha y calle, con los demás. Así son los hombres verdaderamente talentosos.
Guillermo amaba a Elvis Presley. Decía que la canción más romántica del mundo era You Were always On My Mind porque en el fondo “dice: fui un huevón culiado, maricón, te dejé botada, pero siempre estuviste en mi mente”. Le gustaban las viejas pin up y a casi todas las mujeres les encontraba a alguna gracia, aunque nunca se casó. Le daba miedo, cosa, como niño chico que era. También era un gozador: le gustaba comer gordas con papas cocidas en un restorancito frente al Forestal, tomarse sus buenos copetes y fumar como condenado mientras despotricaba en contra de quienes manejaban los medios. Se entusiasmaba tan fácilmente como caía en una pena negra que pasaba a solas en su departamento de soltero. Cuando la Telefónica acabó con la revista, saltó de las repentinas ganas de hacer proyectos nuevos, a sentir que no había espacios para él en ningún medio, en ninguna parte. Era tanta su pasión periodística que sin ella, se perdía. Hace más o menos dos meses, saliendo de la Universidad pasamos a una shopería de mala muerte a tomarnos un café. Para variar, despotricamos en contra de los medios, la crisis, ciertos editores. Ahí me dijo que había escrito a El Mercurio reclamando porque el cuerpo de Reportajes estaba “editado como las huevas” y que lo habían llamado para que lo corrigiera. Mientras se rascaba los rulos negros, me preguntó si debía aceptar o no a mí, una pendeja que podría haber sido su hija. Después nos fuimos en Metro hasta Copesa. Yo iba a Paula y él a una pauta en La Tercera. Guillermo se compró unas nueces y las masticó hablando a mil por hora dentro del vagón. Iba con un cuaderno, un lápiz bic y un libro en la mano. Nunca andaba con bolsos ni maletín. Hace dos semanas, antes de irme al norte, lo volví a ver. Junto con otros colegas estábamos preparando un proyecto en el aire, de esos que a él le gustaban tanto, y queríamos incorporarlo. Le dije que tenía algo que contarle, que estábamos maquinando algo. Guillermo estaba rodeado de alumnos como siempre, en el patio de la Universidad, fumando sus Malboro. “La raja, Pepa. Estoy listo para volver a empezar”, me dijo. Y quedamos de juntarnos a mi regreso. Pero no alcanzamos a vernos de nuevo. Porque entremedio, Guillermo se refugió en la soledad que había escogido, en su departamento de soltero y el corazón se le paró de un momento a otro y nadie estaba ahí para auxiliarlo. Y hoy, que voy a despedirlo, a comprobar lo que aún no creo, que ya no está, que ya no fumaremos ni despotricaremos juntos, que no trabajaremos en esos algos en el aire que nos gustaban tanto, que no arreglaríamos el mundo a punta de chuchadas, sólo siento que debía dejar esta crónica pequeña aquí. Por él, para dejar testimonio de un hombre maravilloso, imperfecto, que dejó una profunda huella en mi alma y al que siempre, siempre, extrañaré como este día.
Adiós don Guillermo. Hasta pronto amigo.
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7 pensamientos en “

  1. a)En resumen la pasó la raja su instancia en la Tierra…mejor aún deber estar gozándola en el Paraíso…bien por él y por ti por haber conocido a tipos, excepcionales como aquel.
    b)Me gustó haber regresado por acá..yo era uno de tus seguidores de aquella época de la Zona de Contacto…
    Saludos

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