El laberinto del corazón

Abro la puerta de la pieza . La Mayra está envuelta en una bata de toalla blanca sentada en un sillón, rodeada de regalos. Hoy cumple 27 y está de regreso en la clínica. No fue su corazón esta vez. Ahora fue una vena del cuello que le dio dolores de cabeza y un tremendo susto a todos los que la queremos tanto. Según me explicó ella por teléfono ayer, pedagógica y tranquilamente, se trata de algo que viene incluido en su paquete. “Mis venas son marca chancho, made in China”, suspiró. La Mayra siempre me sorprende con su azucarada forma de descarnar una verdad. Entro a la pieza con mi regalo entre las manos y la abrazo mucho rato. Le doy besos en su carita y le tomo su mano larga de dedos huesudos. Y ella, con sus 27 recién cumplidos, me sonríe feliz y me muestra la foto de un vedetto con globitos cumpleañeros en aquella parte que le trajeron sus amigas de la oficina para alegrarle el día. Dentro de la pieza, está su amigo, mi ex amigo. Ese que la primera vez, atinó y le salvó el pellejo a mi Mayra y que después de años yo tuve el descalabro de comprobar en primera persona que no era el caballerito adolorido que creíamos, sino otro malo disfrazado de perno ordenadito. Otro desdoblado más. Aunque no lo veo, tampoco lo pienso y lo saludo, como la damita que soy. A veces me sorprendo con mi buena educación. Porque quizás en este caso, debiera esperar hasta que se vaya, omitirlo o pegarle un buen combo en su carita de no rompo un huevo. Pero no lo hago. Mi amiga está enferma y eso es una tregua. A la picantería una no puede responder con picantería, menos en estas circunstancias. Y además, él está muy lejos de mí. Muy atrás y encapsulado en un mal recuerdo que dice Lapsus Mental Grave De Pepa. Desde entonces, han pasado muchas cosas. Muchísimas cosas y todavía no decido si son buenas o malas. Hay una buena, sí. Y como todo lo bueno, fue de improviso y como no lo tenía planificado. Así, ahora lo entiendo, son los laberintos del corazón.

Fue el último día de sol. El último regalo del verano. La Xime me llamó para que fuéramos a una fiesta medio VIP para ejecutivos arriba del cerro Santa Lucía. Ejecutivos jóvenes, solteros, minos. La idea inicial era hacer negocios y alianzas. Pero apenitas llegué a las faldas del cerro, y me encontré con un compañero de colegio, entendí que por ahí la cosa ya no iba. “Puro ponceo ejecutivo”, me dijo El Flaco. Nos reímos y entramos, sin miedo ni expectativas. Yo no estaba para ponceos, ni para conocer a nadie. No quería. Estaba armada hasta los dientes, pero feliz. Había decidido que con mis amigos la pasaba muchísimo mejor que cualquier pelagatos desconocido. Hasta que el escupo me dio directo en la cara y un chico de terno y corbata roja, me empezó a hacer reír. Y me hizo hablar como hace rato no lo hacía. Era divertido el personaje. Optimista, caballero, gracioso, parecía muy seguro de sí, pero tampoco sobrado. Le gustó mi cartera de charol rojo. Hablaba hasta por los codos y era Acuario, como yo. Pasamos la noche entera conversando y un poco más. Le advertí seria: no te acerques mañana. Estuvo bueno y rico todo. Gracias muchas. Pero improbablemente reapareció y entonces la película se puso 3D. Así fue. Por un rato. Un ratito corto. Porque lo malo de tener tantísima conciencia y no apagar la voz en off, o quizás de ser periodista y conocer a tanta gente, es que una termina sacando las fotos relativamente rápido. Y en algún momento ve con objetividad todo y a todos, aunque a veces yo pagaría porque no fuera así. O que el proceso fuera más lento y por lo tanto, las ganas nuevas duraran un poco más. Pero no. Yo veo al tiro. Y vi que, aunque el chico de corbata roja era un encanto, estábamos en etapas distintas. Él, divirtiéndose como chino, como cuando tuve 20. Yo, divirtiéndome también, pero ya de otras maneras. Y queriendo mi felicidad simplecita y tranquila. Sin angustias ni dudas. Sin tiras ni aflojas. Sin pendejadas. A punta de puras explosiones cotidianas de felicidad. Ambición pura, pero legítima. Ahí la película hizo rewind y volvimos a foja cero: buena onda sincera. Y yo, volví a recobrar mi pacífica normalidad.

Entonces, un buen día, un hombre grande me dijo que sólo quedaban tres canciones para bailar. Que quería bailarlas conmigo. Yo, más armada que nunca, no acepté su dulce oferta. Pero no sé por qué, no cerré la puerta. Y él empezó un peregrinaje hacia este territorio minado, lento, suave y paciente. Un peregrinaje, que él, asume como tal, como su apostolado. Dice que quiere convertirme en algo así como en una chica cuerda y dócil de pura buena voluntad que es. Que ésa es su misión a corto plazo. Y que cuando termine, se irá lejos, muy lejos de mí. Pero yo no le creo. A él no le veo intenciones serias de partir. Lo suyo, es más bien un desembarco. Y lo mío, un alojamiento que me va convenciendo día a día, pero sin fecha de vencimiento.

El amigo de la Mayra se va de la clínica. Ahí recién, podemos conversar tranquilamente con mi amiga. Entonces le cuento de estas últimas novedades, le explico que las sorpresas están ahí afuera y que apenas pueda le muestro la evidencia que he encontrado cuando menos lo esperaba. Ella, contenta, asiente. Y me dice que apenas salga de ésta, quiere comprobarlo con sus propios ojos. Yo también sé que pronto, muy pronto, lo va a comprobar. Pero esta vez en su propio y nuevo corazón.

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Apuntes sobre el territorio amoroso, parte III

He añadido algunos ítems. Crece y crece este manual puntudo, prejuicioso y subjetivo.

Acá les van otros pensamientos escogidos.

(¿Esto me convierte en una especie de Coelho con faldas? Dios quiera que no.)

1. En algunos casos, la simpatía excesiva es sospechosa. Si de pronto, nos empiezan a tratar con diminutivos o con demasiado afecto, puede ser porque el otro ya no nos ve con deseo, sino sólo con ternura mezclada con culpa por no poder amarnos de verdad.
2. El catolicismo aprensivo le hace pésimo a una sexualidad espontánea y divertida.
3. El tira y afloja es una lata, pero funciona. Aquí y en la quebrada del ají. A la edad que uno tenga. El tira y afloja es hasta ahora uno de los métodos más infalibles en la conquista amorosa.
4. La suerte de la mosquita muerta, la espontánea la desea.
5. Los hombres no son un misterio. Son nomás.
6. Las mujeres sí son un misterio. Cada cosa que decimos, viene con un subtítulo que o dice todo lo contrario, o insinúa el tema que de verdad queremos tratar.
7. A veces el duelo es una chiva diplomática para zafarse de otro nuevecito de paquete. Por muy fregado que uno venga de una relación anterior, cuando se quiere de verdad, se puede.
8. El miedo a volver a sufrir o volver a hacer sufrir es como ponerle pause a la propia película amorosa. Mientras subsista ese temor en pantalla, todo permanece inmóvil, sin cambios. Y con el protagonista temeroso que, a lo venezolano, queda completamente ciego hasta que no vuelve a creer y confiar. Recién ahí, se enciende de nuevo el botón play. Y el protagonista empieza a recuperar la visión paulatinamente.
9. Mirándolo por el lado amable: lo bueno de conocer pastel tras pastel es que una se encuentra cada vez mejor persona. (Aunque sea por comparación con los extremos). Y aunque eso sea peligroso, cursi y poco funcional para fines amatorios, igualmente es algo bonito de constatar.