EQUIPAJE

En diciembre, me voy de casa. Tengo un departamento pequeño esperándome y un futuro calientito de brazos abiertos. Tengo vértigo en las ansias y una aventurera camuflada que me empuja a saltar al vacío. Tengo un oso de lana que confía en mí a ojos cerrados y un mundo secreto de papel que cuido con mis dientes chiquitos y mis uñas carcomidas. Tengo un metro setenta y cuatro de estatura y un puñado de amigas que a pesar de eso, me siguen haciendo cariño en el pelo. Tengo una madre luminosa que me ama con locura y por eso, me está dejando partir. Tengo dos hombres grandes que me arrullan y me enfocan mejor de lo que nunca pudo hacerlo mi padre. Tengo un coraje de gladiadora y nada de qué arrepentirme. Tengo una caja repleta de recuerdos, cartas viejas y mal escritas. Tengo una libertad desbocada en la lengua, en las manos y el corazón. Tengo el alma blanca y muchísimo miedo de que algún desalmado descubra ese secreto. Tengo 28 chicos en proceso, una deuda gigante con mis raíces perdidas, un viaje al centro de las minas del Bío Bío pendiente, un cenicero con dos colillas embetunadas de lápiz labial en el escritorio, una amenaza latente que esquivo día a día y un hoyito sin fondo que me heredó mi papá. Y de una cosa estoy cierta: nada de eso me sobra ni me falta. Todo está en el preciso lugar para cargarlo en mis espaldas y llevármelo en este viaje inicial.

De izquierda a derecha: Little May y su novio pequeño, Marito asomándose desde atrás, May, Francesa perdida en Chile, Pepa, Olga y Sergio.
WILD ON HUATULAME
Por Pepa Valenzuela

La Xime apenas alcanza los pedales de la camioneta full equipo que su papi nos pasó para venirnos a La Serena. Pisa el acelerador y el freno en las curvas con la puntita de los pies mientras damos vueltas por cerros inhóspitos, bordeando el embalse La Paloma. Llevamos una hora de viaje y de juego de trivia. Mientras la Xime maneja, vamos preguntándonos puras estupideces que la cultura pop nos dejó como dato Rossa en el cerebro para entretenernos: el contenido de la bolsa del doctor Chapatín (una torta de jamón), nombre real de Florcita Motuda (Raúl Alarcón) y de Chayanne (Elmer Figueroa). Menos mal ya estamos cerca de Huatulame. Allá nos espera May con su novio oriundo de Huatulame, Mario, para un asado familiar pre fiestas patrias. Mario dijo que tendría un cordero al palo enterito y que Huatulame, un pueblito perdido en la cuarta región que significa en un idioma ancestral Entre Cerros, existe y que además, es de lo más entretenido que hay. Y claro, nosotras santiaguinas descreídas, teníamos serias dudas al respecto. Por eso hoy, vamos a comprobarlo con nuestros propios ojos.

Dos, tres casas a lo lejos y frenamos al lado del camino. Al instante, Mario aparece aleteando al volante arriba un auto embarrado con nuestra amiga de copiloto. “¿Ven? Huatulame existe”, nos grita orgulloso y luego acelera para guiarnos hasta su casa de campo, rodeada de viñas bajo las que su familia, una tropa de amigos y huatulaminos for real, brindan con pisco sours. La Xime y yo nos miramos: Huatulame es real y además es fantástico. Hay un animal quemándose a lo lejos sobre las brasas, la mesa está llena de ensaladas, vinos y una ponchera de pisco sour bien fuertón y las cumbias-rancheras salen a todo lo dar de la radio instalada en el patio. Welcome Huatulame. En la fiestoca está la directora de la escuela de Huatulame que en un dos por tres nos cuenta sobre su vida y obra, un hombre curtido por el sol que da vueltas el cordero e insistentemente me dice “Quenita” y me pregunta por un tal Iván, los interactivos papás de Mario, chochos con tanta visita, una francesa que no cacha dónde está parada, un puñado de santiaguinos con pinta sport y una niña de botas con pompones que rápidamente me agarra la mano y me pide que la peine con un cepillo. La peino y luego ella me peina. Todos bailamos cumbias y tomamos vino. Comemos mote con huesillo y después torta de chocolate mientras el sol empieza a esconderse en Huatulame. Pero Mario nos tiene una última sorpresa y nos enseña su última adquisición silvestre: un tractor azul a escala nuevecito de paquete. Entonces todos se apelotonan alrededor del tractor para dar una vueltecita. La May frunce el ceño, amenazante. No quiere que Mario nos lleve medio copeteado arriba del aparato rural. Pero Marito es un entusiasta y comienza en tour en grupos. Hasta que por fin, nos toca a la Xime y a mí. Nos encaramamos cada una arriba de una rueda, abrazamos a Mario, agarramos vuelo por debajo de las viñas y sus filudos alambres hasta que de repente ¡paf! vamos hechas un cuete sobre el tractor. “¡Para Mario!”, grita la Xime. “¡Wild on Huatulame!”, grito yo. Entonces de nuevo ¡paf! Marito está tendido boca al cielo. El tractor se detiene. Un alambre lo paró en seco y tengo miedo de mirarlo a la cara. Con la Xime nos damos vuelta y lo vemos: Mario sangra desde la frente hacia abajo y tiene un feroz tajo entre los ojos. “Mírame Pepa, ¿tengo los dos ojos?”, me pregunta él. “Sí, sí, ahí están”. Entonces Marito, sangrante y aliviado, sigue manejando su tractor con la frente hecha pebre, feliz de no haber quedado tuerto durante este rally. Un rato más tarde, Sergio, el Samu de hecho en estos casos, vuelve con Mario desde la posta de Huatulame y cuenta que el paramédico estaba más huasqueado que el mismísimo herido. La May no lo encuentra chistoso. Nada de chistoso. Nosotras, nos vamos asustadas y medio saltonas después de la aventura. Y la Xime, que apenas alcanza los pedales de la camioneta full equipo de su papi, se devuelve despacito esta noche por los cerros nortinos.