DIAS DE INVIERNO

Son días de pena estos. Hace tanto frío que no dan ganas de salir de la cama hasta septiembre, claro, si no estuviera la maldita demolición dele que suene al lado de mi dormitorio. Tengo amigos estrellados que se acaban de dar de cabeza contra el muro de un mundo por donde no era tan fácil tomar el atajo. Se sienten atrapados, frustrados, tristes, sin memoria. No pueden recordar quienes fueron ni qué querían cuando éramos esos pendejos luminosos. Otros se rindieron y se acomodan como pueden a la vida, a costa de negocios, tarjetas bancarias, trabajos que no soñaron y ceremonias de matrimonio apoteósicas a las que sí invitaron a esos parientes colados que juraron jamás convidar por compromiso. Son días tristes estos. Mi amiga hada tiene años de sueño acumulado y ningún aplauso la está esperando a la vuelta de la esquina. Ella se conforma con dejar las cosas funcionando aunque nadie sepa que fue ella quien encendió el motor. Tengo un viaje al paraíso en la cabeza y a veces dudo de si efectivamente estuve ahí. Porque acá todo cuesta tanto, que me parece imposible que existan escondites en el mundo donde todo es como debe ser. Son días solitarios estos. Tengo una cita a ciegas el fin de semana que sé con absoluta certeza que será un fiasco, una carta con 13 viejos nudos en la garganta que hace un año no entregué y un amigo que adoro para callado. Soy una tumba donde el resto escribe sus epitafios, escucha sus oráculos y se va. Son días tan muertos estos. Tengo un hermano que toma ravotril y un pronóstico esotérico de amargura. Una madre que aprieta los dientes porque sabe que de este hoyo en el que estamos metidas, no nos puede sacar. Amigas que no entienden que la frustración se está comiendo mi estómago y creen que mis ausencias son pura mala voluntad. 0,1% de opciones que me den un crédito en el banco para comprarme un departamento que en 10 años más se va a caer a pedazos. Mil ideas de viajes por otras geografías humanas y ningún presupuesto que aguante. Una antorcha de estrella que me recuerda que Mohamed puede estar ahora mismo transando su vida a manos de un espalda mojada. Demasiadas amigas que se van para el otro lado del mapa y que sé que será difícil volver a ver. Suficiente tiempo esperando a que el destino me reviente en la cara o al menos, que reviente yo delante de él. Pero son tan de pena estos días que ni siquiera tengo energía para hacerme estallar sin tener que separarme de la estufa donde escribo estas tristes líneas de invierno.