PEGA, MONO, PEGA
Por Pepa Valenzuela

De la pobla, el Mono era el menos camorrero. El que paraba las peleas en los carretes de sus amigos de pantalones anchos y pañuelos en la cabeza, con sólo ponerse de pie. El que guapeaba con una sola mirada a los lanzas que vivían en la casa del frente y a los garreros vecinos que de vez en cuando se agarraban a peñascazo limpio en avenida Grecia. En su barrio, todos sabían que el Mono era un profesional del combo. Que un solo puñete suyo, era capaz de mandar a cualquier cristiano para el otro mundo, y por eso le tenían respeto. El Mono era un boxeador profesional y hasta el más choro de la población lo tenía claro.
Eso decía mi nana, la flamante madre del cabro que a los cinco años, cuando un par de lumpen le robó su bicicleta, juró transformar su rabia en algo útil y se dedicó a boxear. El Mono entrenó durante toda su infancia a duras penas. Partía todos los días con sus marraquetas para el almuerzo a estadios municipales y al Centro de Alto Rendimiento a pelear contra un destino que de a poco aplastaba a sus vecinos, amigos y primos a punta de sueldos indignos y guaguas no deseadas. Pero en el ring de su esfuerzo constante, el Mono veía cómo su contrincante se iba haciendo cada día más pequeño. Comenzó a ganar medallas, campeonatos sudamericanos, galvanos y cientos de diplomas. Mientras cocinaba un charquicán en la cocina de mi casa, mi nana contaba con orgullo que jamás le habían volado un diente y que algún día su chiquillo iba a ser un campeón nacional, de esos que salen en la tele y saludan desde un balcón de la Moneda al lado del Presidente de turno. Pero pronto el enemigo fue creciendo y se transformó en un monstruo con guantes de plomo. Los buzos, el equipo y las giras eran mucho más caras de lo que al Mono le pagaban por carpintear y de lo que a mi nana le pagábamos por mantener nuestra casa en orden. Los entrenadores, cansados de hacer malabarismos por conseguir recursos del Estado, empezaron a tirar la esponja. Y el Mono, convertido en un chico recién salido del liceo, se dio cuenta de que las horas de entrenamiento no llevaban tallarines ni la fruta fresca que vendían en la feria a su mesa. Aunque era una promesa del boxeo nacional, nunca había billete para llevarlo al estrellato deportivo. Ni siquiera, para que pudiera prepararse sin tener que trabajar construyendo edificios en barrios pirulos de lunes a sábado.
Hace un par de años que no veo al Mono ni a mi nana. Una de las últimas veces que hablé con ella, me confesó que a veces le daban ganas de ser dealer. Que había muchas viejas en su barrio que vendían cosas para la mente, como decía ella, y se hacían la América. Y que así su chiquillo seguiría boxeando en vez de estar marcando el paso. Ahora sé que el Mono trabaja cuando se le da la gana, que ocasionalmente se cae al frasco y que cuando está así, arriba de la pelota, tira combos al aire y tensa los músculos del cuello, como si aún estuviera en un ring. Mientras en la pantalla de mi televisor, una rubia de chaqueta de cuero muestra unos papeles tratando de mostrar su probidad y luego, desfilan diputados y señores bien terneados que juran de guata no tener un peso destinado a los deportistas nacionales. Hablan de contratos raros, de cifras con las que yo podría vivir la mitad de mi vida echada para atrás y de un lío que al final nadie entiende. Con aspecto circunspecto y cara de compungidos intentan salvar sus trabajos y reputaciones del barro que les cayó encima dando explicaciones que en realidad, me importan un pepino. Porque mientras los veo aletear y hacerse los ofendidos por las preguntas de los periodistas agujas, pienso en el Mono. En que quizás el 1% de la plata que se pelaron los honorables, lo hubieran ayudado a esquivar el golpe que lo mandó de un paraguazo, de regreso a patear piedras en las calles de su población. Pero esa plata ya está gastada. Alguna empresa ya creció, alguien ya cambió el auto o enchuló su casa con futuros ajenos. Y al Mono nadie va a ir a darle explicaciones del porqué le arrebataron su posibilidad de triunfo con la mentira del bajo presupuesto. Bien lo sabía él: cuando el puñetazo logra noquearte, es imposible levantarse para volver a dar la pelea.

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14 pensamientos en “

  1. Me dejaste pensativa; con muchas ideas revoloteando, pero mas que eso con el triste recuerdo de muchos futuros que no seran, por muchas vidas que quizas donde terminaran. Tu que tienes bandeja para llegar a mucha gente alza la voz por el resto. Tengo pena, pienso en mi hermana, que pudo ser campeona de canotaje y no pudo. Gracias por alumbrarme =)

  2. pu yo creo que los señores diputados se traspapelaron, igual que se traspapelan, los lanzas que te roban la cleta, o como se traspapelan los dealer en las esquinas, sipo un error lo comete cualquiera, no los vamos a condenar por un par de pesos, agradezcamos que están todos los días pelando el ajo en el congreso, eso si que es sacrificio po, lo menos que podemos hacer es asignarles más plata, si tranajan como burros, que el mono se las aguante ahora, y que agradezca que no fue futbolista.

  3. debo reconocerlo, solté una lagrima al final… este es un claro ejemplo de que los malditos honorables de honorables no tienen nada… es verdad, ahora que tienes espacio en un medio público, intenta difundir esta historia… de verdad… esta muy buena.

  4. Tremendo articulo. Concuerdo con alguien de mas arriba, deberias difundirlo. Ojala estos ladrones alguna vez tuvieran que pasar por algo asi para que vean el daño que le causan a tanta gente en este pais.

  5. Pepa, me sacaste las palabras de la boca. Manda lo q escribiste a la seccion editorial de algun diario!! creo que es el sentimiento exacto de los miles de giles que nos sacamos la cr… por lo que nos gusta (e.g estudiantes en el extranjero y deportistas solo por dar un ejemplo), y con una ayuda del estado lo podriamos hacer como corresponde por el bien de el mismo… Soy concertacionista y no me cabe duda de que pasaria lo mismo con Juanito o Pepito (perdon el alcance de nombre), pero ya es hora de reglamentar el gasto electoral como corresponde. Un abrazo

  6. buenisima historia pepa, deberias ir a leerla al congreso, a ver si los honorables se apiadan y sueltan d sus exiguos sueldos lo q se pelaron. hasta cuando vamos a tener q escuchar historias d promesas del deporte q quedan en eso? o d otros q deben emigrar y nacionalizarse en otros países para poder entrenar?ojala aparecieran más historias como esta.GrAnDE PEPAAA!!!!

  7. yo tarbajo todos los veranos con muchos “Monos” y m da mucha rabia pq los honorables no solo c roban la plata d los deportistas sino cm tu lo dijiste c roban los futuros d la gente q no tiene lo suficiente pa vivir y c tiene q quedar cn una triste y pobre subsitenciay lo peor es q por mas q hay instituciones y gente q trabaja n eso cm yo no `podemos hacer gran cosa no mucho mas q darles esperanzas y animo pa aguantar todo lo q les queda por subsistir

  8. wow.. me gusto la historia… lata por el Mono, lata por la gente que puede manejar un pco de plata y se desperfila totalmente, lo de chiledeportes es de pais bananeros y en el mio las bananas se importan :/

  9. Me gustò eso de la rabia que dijiste…Yo quiero tomar clases de boxeo o algo parecido, pero ese es otro cuento.Asì es no màs la cosa con “ChileRecortes” po Pepita… un lìo que nadie entiende, con “honorables” haciendose los ofendidos y deportistas mendigando para poder financiar sus viajes a campeonatos y cosas varias. Viste ese reportaje de los tipos que se fueron a bucear a Europa casi con lo puesto???… triiisteeeeee!, vergonzosooooooo!pero bueh!Saludosssssss !!!!

  10. Quizas es hora que así como los escolares se toamron sus escuelas; los deportistas DE VERDAD, esos que no van al Kamazu ni pololean con modelitos retrasadas, se tomen el Estadio Nacional, el CAR, el COCH…y todo lo que siempre les ha pertenecido.Y quizás podríamos contruir un nuevo estadio reciclando tanto cartel inútil de las campañas políticas…el deporte de engañar a la gente.

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