ARRIBA LAS FALDAS
Amiguitos, amiguitas, personas felices todas: qué plancha y qué poco modesto difundirlo, pero tengo una noticia que me tiene el ego inflado y con cosquillas en la guata. No, no estoy esperando una Pepita (toque madera tres veces, por favor) ni tampoco me caso (aunque hace algunos meses agarré un ramo de novia saltando como ninja por los aires, y aún no pasa nada), sino que debuto como columnista en Reportajes de Las Últimas Noticias (www.lun.com) este domingo y seguiré escribiendo por – espero – varios domingos más, una columna llamada Arriba Las Faldas. ¿Busca actualidad, humor, ironía en una personaje femenino puntudo y simpaticón? Bueno, clikee este domingo www.lun.com Reportajes. Con todo el corazón, Pepatón el domingo. No lo olvide: su click es mi sueldo.

PEGA, MONO, PEGA
Por Pepa Valenzuela

De la pobla, el Mono era el menos camorrero. El que paraba las peleas en los carretes de sus amigos de pantalones anchos y pañuelos en la cabeza, con sólo ponerse de pie. El que guapeaba con una sola mirada a los lanzas que vivían en la casa del frente y a los garreros vecinos que de vez en cuando se agarraban a peñascazo limpio en avenida Grecia. En su barrio, todos sabían que el Mono era un profesional del combo. Que un solo puñete suyo, era capaz de mandar a cualquier cristiano para el otro mundo, y por eso le tenían respeto. El Mono era un boxeador profesional y hasta el más choro de la población lo tenía claro.
Eso decía mi nana, la flamante madre del cabro que a los cinco años, cuando un par de lumpen le robó su bicicleta, juró transformar su rabia en algo útil y se dedicó a boxear. El Mono entrenó durante toda su infancia a duras penas. Partía todos los días con sus marraquetas para el almuerzo a estadios municipales y al Centro de Alto Rendimiento a pelear contra un destino que de a poco aplastaba a sus vecinos, amigos y primos a punta de sueldos indignos y guaguas no deseadas. Pero en el ring de su esfuerzo constante, el Mono veía cómo su contrincante se iba haciendo cada día más pequeño. Comenzó a ganar medallas, campeonatos sudamericanos, galvanos y cientos de diplomas. Mientras cocinaba un charquicán en la cocina de mi casa, mi nana contaba con orgullo que jamás le habían volado un diente y que algún día su chiquillo iba a ser un campeón nacional, de esos que salen en la tele y saludan desde un balcón de la Moneda al lado del Presidente de turno. Pero pronto el enemigo fue creciendo y se transformó en un monstruo con guantes de plomo. Los buzos, el equipo y las giras eran mucho más caras de lo que al Mono le pagaban por carpintear y de lo que a mi nana le pagábamos por mantener nuestra casa en orden. Los entrenadores, cansados de hacer malabarismos por conseguir recursos del Estado, empezaron a tirar la esponja. Y el Mono, convertido en un chico recién salido del liceo, se dio cuenta de que las horas de entrenamiento no llevaban tallarines ni la fruta fresca que vendían en la feria a su mesa. Aunque era una promesa del boxeo nacional, nunca había billete para llevarlo al estrellato deportivo. Ni siquiera, para que pudiera prepararse sin tener que trabajar construyendo edificios en barrios pirulos de lunes a sábado.
Hace un par de años que no veo al Mono ni a mi nana. Una de las últimas veces que hablé con ella, me confesó que a veces le daban ganas de ser dealer. Que había muchas viejas en su barrio que vendían cosas para la mente, como decía ella, y se hacían la América. Y que así su chiquillo seguiría boxeando en vez de estar marcando el paso. Ahora sé que el Mono trabaja cuando se le da la gana, que ocasionalmente se cae al frasco y que cuando está así, arriba de la pelota, tira combos al aire y tensa los músculos del cuello, como si aún estuviera en un ring. Mientras en la pantalla de mi televisor, una rubia de chaqueta de cuero muestra unos papeles tratando de mostrar su probidad y luego, desfilan diputados y señores bien terneados que juran de guata no tener un peso destinado a los deportistas nacionales. Hablan de contratos raros, de cifras con las que yo podría vivir la mitad de mi vida echada para atrás y de un lío que al final nadie entiende. Con aspecto circunspecto y cara de compungidos intentan salvar sus trabajos y reputaciones del barro que les cayó encima dando explicaciones que en realidad, me importan un pepino. Porque mientras los veo aletear y hacerse los ofendidos por las preguntas de los periodistas agujas, pienso en el Mono. En que quizás el 1% de la plata que se pelaron los honorables, lo hubieran ayudado a esquivar el golpe que lo mandó de un paraguazo, de regreso a patear piedras en las calles de su población. Pero esa plata ya está gastada. Alguna empresa ya creció, alguien ya cambió el auto o enchuló su casa con futuros ajenos. Y al Mono nadie va a ir a darle explicaciones del porqué le arrebataron su posibilidad de triunfo con la mentira del bajo presupuesto. Bien lo sabía él: cuando el puñetazo logra noquearte, es imposible levantarse para volver a dar la pelea.