La guitarra del joven Camboya

Le gustan los colores de hombre y casi nunca sale de ellos. Es un hombre azul, café, negro, gris y blanco. Tiene tanto pelo que sabe que jamás se quedará pelado, aunque hace un par de años le aparecieron unas canas que él mira con cierto orgullo. Le tiene miedo al ridículo, prefiere la privacidad de sus conversaciones nocturnas y quedarse a solas en el departamento de Santiago para componer melodías a las que no logra ponerles palabras. Es despilfarrador: la plata se le va entre los dedos cuando lo está pasando bien, o sea, cuando está sentado en algún bar rodeado de pocos, pero buenos amigos. Le gusta la cerveza y el ron con blanca, ojalá Ginger Ale. También, jugar videos y pool, pasar los domingos enteros en pijama y preguntarles a sus enfermos si son o no son felices. Cocina con mucho aceite y se trastorna con el puré cremoso. A veces pasa 48 horas despierto, por culpa de turnos, trabajos, pacientes hechos bolsa y doctores jodidos que le hacen la vida a cuadritos. Él resiste el sueño, pero una vez en él, no logra ni quiere salir de él. Ahí se ve en familia, apatotado, quizás en Los Chinos, conversando un bajativo hasta las cinco de la tarde. Pero sobre todo, se ve con ella: su guitarra. Camboya se imagina cantando con ella en brazos, los ojos cerrados y su voz ronca en el aire. Interpretando melodías con sabor a tierra, Víctor Jara, Inti, Latinoamérica y amores a pata pelada. Se ve sin el delantal blanco ni la caminada Aquí te las traigo Peter, sino chascón, con un buzo patitieso, pero tocando – en cualquier escenario donde le presten atención – su guitarra. O su tiple. O sus congas. Escuchando a ciegas y para siempre el sonido de las cuerdas que hace poco descubrió que amaba más de lo que él mismo había presupuestado.
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DESENCHUFADA
Track 106: Te dejo Madrid, Shakira
Por Pepa Valenzuela

Ostias. Acá estoy sentada en un sofá rojo rodeada de zumbidos de zetas y eses traposas en un departamento en pleno corazón de Madrid. Una colorina con la cara llena de pecas y sandalias verdes, está sentada a mi lado con una cerveza en la mano y cada vez que me mira la cara de pollo asustado, me levanta su vaso en señal de brindis. Begoña es española, tiene la voz ronca y la cara llena de risa. Hace tres horas me esperaba en el aeropuerto con un cartel donde decía mi nombre y aparecía una bandera chilena con la estrella en el lado equivocado. Algo que ella misma había hecho, según me contó después. Porque Begoña será durante todo este año mi compañera de trabajo y de departamento. El diario nos juntó y ahora parece que nada podrá separarnos: Begoña habla a mil por hora, es hiperactiva y ya se jura mi mejor amiga. No sabe nada que la verdadera, Doña Cata, está en cayéndose del mapa, pero todavía está. Por lo menos para mí. “Tía, traes una cara de terror. Soy Begoña, periodista, vegetariana y me gusta la cerveza. Vamos a vivir juntas”, me soltó mi nueva compañera, apenas salí arrastrando mis maletas en el aeropuerto.
Le sonreí medio tímida, me presenté y le dije que efectivamente estaba muerta de miedo. Que en mi país con suerte llegaba a los peajes y que esta cruzada de continente todavía me tenía los cables pelados. Que ahora me daba cuenta de que soy era una huasa perdida en el Viejo Continente y que no sabía qué bicho me había picado para virarme tan lejos. Pero Begoña entendió la mitad de lo que le dije. “Tía, pero qué divertido hablas tú”, me dijo e inmediatamente me agarró del brazo y me llevó hacia su auto, un escarabajo rojo y destartalado.
Diablos. Para Begoña, y probablemente para todos los habitantes de este país, hablo mapudungún. No entienden mis cachai, ni mis huevones, ni ninguno de mis chilenismos. Soy una extraterrestre que cayó directamente desde el Tercer Mundo.
Begoña no paró de hablar en el auto mientras manejaba como una maníaca. Temí por mi vida. Pero ella parece no temerle a la muerte. Begoña es una chica muy valiente que mientras conducía estilo rally, me habló de las mil maravillas que esta ciudad me tiene deparadas, de lo mentirosos que son los hombres españoles y de las delicias que sólo tendré el privilegio de probar aquí. También me contó de su vida: Que tenía una tropa de diez hermanos que vivían en Barcelona y que ella se había venido a probar suerte en el diario después de haber dado tumbos por varias vocaciones frustradas. Begoña fue diseñadora de vestuario, cantante de medio pelo, traductora y luego, derivó al periodismo. Nada raro. La mayoría en el gremio rebota en esta cancha sin tener idea qué quieren de sus vidas, con la sospecha de que en esto harán de todo un poco. Y eso es verdad. Después se vive, literalmente, haciendo de todo un poco.
El asunto es que llegamos al centro de Madrid y me bajé como un pollo mareado del escarabajo. Increíblemente Begoña seguía dele que suene con su bla bla. Y yo, de despistada, mareada y agradecida de estar viva, sólo pude pedirle que subiéramos luego a ese edificio antiguo porque quería acostarme un rato. “¿Estás loca? En un momento vienen más amigos del diario para darte la bienvenida”, me lanzó Begoña y me dio un empujoncito en la espalda que casi me tiró de narices al suelo. Por eso, ahora figuro con la cara adolorida de tanto sonreír sin saber qué diablos decir. Coño, tíos. Acá estoy, muerta de susto, rodeada de españoles interactivos y conviviendo con una colorina que necesita ritalín a la vena. O sea, completamente desenchufada.